Carmina Burana, es una explosión sonora que parece recordarnos, una y otra vez, que la vida nunca permanece inmóvil.
En la víspera de su presentación en la Arena Monterrey, el director Eduardo Díaz Muñoz reunió a los solistas Anabel de la Mora, Ricardo Herrera y Daniel Vargas para hablar de una obra que, casi nueve décadas después de su estreno, sigue conmoviendo con la misma fuerza con la que inicia: el implacable llamado de O Fortuna.
Pero la rueda de prensa fue mucho más que una invitación al concierto. Fue una conversación sobre el arte, la condición humana y esa extraña capacidad que tiene la música para poner en palabras aquello que ni siquiera sabemos explicar.
Para Díaz Muñoz, Carmina Burana no es solamente la cantata escénica más célebre del siglo XX; es un retrato de la vida misma. Recordó que Carl Orff construyó la obra a partir de 24 poemas medievales escritos por los goliardos, estudiantes y clérigos que desafiaban al poder a través de versos cargados de ironía, amor, crítica social, sensualidad y celebración de los placeres terrenales.
“La vida es eso: una rueda de la fortuna. A veces estamos arriba, a veces abajo. Crecemos para después decrecer”, explicó el director al desmenuzar el simbolismo que atraviesa toda la obra. No es casualidad que termine exactamente donde comienza: el círculo nunca deja de girar.
Con evidente entusiasmo, Díaz Muñoz confesó que llevaba ocho años soñando con dirigir Carmina Burana al frente de la Orquesta Sinfónica de la UANL. “Desde que llegué dije: esta obra la quiero hacer con nuestra orquesta”, recordó.
Más allá de la fidelidad a la partitura, el maestro habló también del riesgo permanente que implica interpretar música en vivo.
“Los compositores saben perfectamente lo que escribieron. Donde uno mete la cuchara es en las intensidades, en los tempi, en los matices. Me gusta jugar con el peligro, con esa orillita donde, si te vas un poco más, nos caemos todos. Ahí ocurre la magia.”
Y precisamente esa magia fue el hilo conductor de una rueda de prensa donde los cuatro artistas hablaron con la cercanía de quienes, después de una intensa semana de ensayos, ya se sienten parte de una misma familia musical.
La soprano Anabel de la Mora, quien ha interpretado la obra en innumerables ocasiones, confesó que jamás deja de sorprenderla.
“Siempre me preguntan si no me aburre cantar Carmina Burana. La verdad es que no. Cada orquesta, cada coro y cada director hacen que sea una experiencia distinta.” Su personaje vive el conflicto entre el amor puro y el deseo, una dualidad que, aseguró, resume buena parte de la esencia humana que atraviesa toda la cantata.
Para el contratenor Daniel Vargas, encargado del célebre personaje del ganso que será servido en la taberna, la escena es quizá la más surrealista de toda la obra. “Me están quemando… entonces tengo que sufrir un poquito”, dijo entre risas, sin dejar de reconocer que detrás de ese momento aparentemente cómico existe una enorme exigencia vocal y emocional.
El barítono Ricardo Herrera llevó la conversación hacia un terreno profundamente humano. Al ser cuestionado sobre cuál de los grandes temas de la obra resonaba más con él en este momento de su vida, respondió sin dudar: “La fragilidad de la vida. Conforme pasan los años entiendes que todo puede cambiar de un momento a otro. Y aun así seguimos amando, soñando y creando. Eso es un milagro.”
Sus palabras parecieron resumir el espíritu completo de Carmina Burana: celebrar la existencia precisamente porque es efímera.
Al despedirse, Eduardo Díaz Muñoz volvió al punto de partida.
“La música finalmente es emoción. Puedes llegar de mal humor y salir transformado. Esta obra conmueve, penetra y deja una enseñanza.
Quizá por eso insistió, una y otra vez, en la misma frase.
“¡No se la pueden perder!”
Porque cuando O Fortuna vuelva a sonar en la Arena Monterrey, la rueda seguirá girando y durante unos minutos, todos estaremos dentro de ella.
La cita es este jueves 9 de julio en Arena Monterrey.
Imágenes por: Arqueles Garcia
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