Al momento de saber que llegaría la noche del 3 de septiembre supe que tenía que prepararme para disfrutar de un concierto de esos que sin pedir permiso, te llevan de regreso a lugares que creías olvidados.
Eso ocurrió anoche en la Arena Monterrey, donde Marrano Rosa presentó A Pink Floyd Happening: The Dark Side of Our Pulse y convirtió el recinto en un enorme universo de imágenes, sonidos, recuerdos y emociones y sí, fue un increíble y alucinante happening.
Desde que comenzaron a aparecer las primeras imágenes y las atmósferas empezaron a envolver el lugar, quedó claro que no estábamos solamente frente a una banda interpretando canciones de Pink Floyd. Estábamos entrando en un viaje.
Y qué viaje.
On the Run, Time, Hey You, Keep Talking, Coming Back to Life, Learning to Fly, Another Brick in the Wall, Us and Them, Wish You Were Here y Eclipse.
Canciones que ya forman parte de la memoria colectiva, canciones que fueron parteaguas y que, para muchos de nosotros, significan muchísimo más que una simple pieza musical.
A mí, por ejemplo, Wish You Were Here me llevó hasta el carro de mi abuela.
Recuerdo haber escuchado aquella canción por primera vez en un disco de 8 tracks. Mi abuela no tenía necesariamente aquel material porque Pink Floyd fuera su grupo favorito; el responsable era mi tío, un verdadero conocedor musical. Pero poco importaba de dónde había llegado aquel gran artefacto que hoy en día solo muy pocos recuerdan este formato. Lo importante era que ahí estaba yo, escuchándolo, descubriendo que una canción podía abrir una puerta hacia otro lugar.
Desde entonces siempre me ha maravillado lo que la música —y las cosas verdaderamente creadas con calidad y talento— pueden provocar en las personas sensibles y anoche volvió a suceder.
Marrano Rosa nos metió de lleno al universo de Pink Floyd con una calidad técnica que se sintió en cada detalle. Las texturas, las atmósferas, los cambios de intensidad y esos solos que necesitan precisión pero también sentimiento estuvieron ahí.
Y Learning to Fly… simplemente magistral.
Pero hubo un instante que hizo que todo cobrara todavía más sentido.
El cantante habló de una chica que durante años ha seguido y apoyado a la agrupación y que actualmente está enfrentando una enfermedad. Entonces decidieron dedicarle Learning to Fly y de pronto la canción era otra cosa porque se convirtió en un abrazo, un poderoso mensaje y una forma evidente y clara de decirle: estamos contigo.
Ahí es cuando uno entiende por qué seguimos necesitando la música, porque la música acompaña, porque recuerda, une y tiene la capacidad de hacernos llorar cuando ni siquiera sabíamos que necesitábamos llorar y porque, en momentos como ese, uno entiende aquello que tantas veces olvidamos: que una canción puede tocar fibras que ninguna conversación consigue alcanzar.
También fue hermoso mirar alrededor y ver a tanta gente reunida por una misma razón: escuchar buena música.
Personas emocionadas con cada tema, reconociendo cada acorde, disfrutando de una ejecución hecha con talento y respeto y eso también merece celebrarse.
Músicos orgullosamente regiomontanos haciendo justicia a una de las obras musicales más importantes de todos los tiempos.
Al final salimos felices. Con esa sensación extraña y maravillosa de haber hecho un viaje enorme sin movernos de la ciudad.
Nos llevaron por recuerdos, por canciones, por imágenes, por historias y por emociones.
Y sí, Marrano Rosa logró conectar con los recuerdos y emociones que fueron sacudidas de manera magistral ante buenísimas ejecuciones musicales, coros y el poder del rock progresivo y atmosférico.
Dicen que viene Animals por su 50 aniversario y si anoche fue una probadita de lo que puede ocurrir cuando la música, la memoria y el talento se encuentran en un mismo escenario, habrá que estar ahí porque algunos conciertos terminan cuando se encienden las luces y este definitivamente no fue así, nos acompañó hasta nuestras casas logrando esa sensación donde la piel se eriza cuando recibe los estímulos correctos para lograr una gran sonrisa de satisfacción de escuchar arte.
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