Había algo distinto flotando en el aire la noche del jueves 22 de abril en la Arena Monterrey. No era solo expectativa… era memoria, era una verdadera emoción suspendida, era ese tipo de amor que no se olvida y entonces apareció Ricardo Montaner, vestido de sencillez, con tenis blancos y el alma abierta.
Foto MarcosGutiérrez
Desde el primer acorde de Yo que te amé, el tiempo dejó de importar. Cada nota fue un hilo invisible que nos unía con quienes fuimos, con quienes amamos, con lo que aún guardamos en silencio. Cuando llegó ¿A dónde va el amor?, el recinto entero pareció inclinarse hacia su voz, como si todos compartiéramos la misma pregunta sin respuesta.
El piano desdoblaba maravillosos recuerdos de juventud y canciones como Castillo azul nos envolvieron en una nostalgia luminosa, de esa que duele suave porque Montaner no canta: confiesa, susurra, se quiebra… y en ese quiebre nos encontramos todos.
El repertorio avanzó entre clásicos como Quisiera, Sólo con un beso, ¿A dónde va el amor? interpretaciones que destacaron por su carga íntima y la precisión musical de su banda, incluyendo momentos donde el piano y los arreglos de cuerdas envolvieron al recinto en una atmósfera casi cinematográfica.
Hubo un momento profundamente humano antes de La cima del cielo. Habló de la soledad de las giras, del peso de la distancia… y luego sonrió al decir que esta vez sus hijos estaban con él. “Hoy no me siento solo”. Y nadie en ese recinto lo estaba. Fue ahí donde anunció que regresará en julio, como si prometiera que esta historia aún no termina.
La noche también respiró alegría: cuerpos moviéndose con “Cachita”, risas compartidas, miradas cómplices. Pero incluso en el baile, el amor seguía presente, latiendo en cada rincón.
Todos de alguna manera empezamos a viajar: a amores pasados, a recuerdos guardados, a versiones de nosotros que creíamos olvidadas. Luego vinieron Será, Yo sin tí, El poder de tu amor, Me va a extrañar… y bueno, piel chinita garantizada.
De esas noches donde terminas sonriéndole a desconocidos, donde todo el mundo está en la misma sintonía, donde entiendes que la música sí puede tocar el alma y que logra que más de 12 mil almas sean conectadas por algo invisible. Sintiendo sin miedo.
Y te vas con una certeza: vas a querer volver en julio.
Porque al final, quizá el amor no se va…quizá se queda, para siempre, viviendo en la voz de quien lo canta.
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