Puede quizás no ser el favorito de muchos, pero sí tener una forma auténtica de apreciar el mundo a su alrededor donde las historias se llenan de personajes oscuros, góticos, rotos, impredecibles, fantásticos y profundamente humanos.
Aunque Beetlejuice no es de mis cintas favoritas, representa una parte importante de mi experiencia cinematográfica desde la infancia: la ambientación, los colores y esas familias disfuncionales donde nunca sabías si la intención era hacerte reír o todo lo contrario.
Entrar al espacio inspirado en Edward es como atravesar la puerta hacia un sueño melancólico suspendido en el tiempo. Por un instante, uno deja atrás la realidad para caminar entre los contrastes de ese universo: la inocencia y la oscuridad, la fragilidad y la diferencia. Estar ahí, rodeada de escenarios que evocan el castillo solitario en lo alto de la colina, los jardines imposibles y la atmósfera profundamente nostálgica de la historia, provoca la sensación de formar parte de ese cuento extraño y hermoso que marcó a toda una generación. Cada figura se convierte entonces en algo más que un recuerdo: es la posibilidad de habitar, aunque sea por unos minutos, el mundo de Edward y esa sensibilidad única con la que Burton transformó la soledad en belleza.
Me hubiese encantado encontrar personajes de Big Fish, que en lo personal confieso es mi favorita. Esa percepción errónea de un hijo incapaz de relacionarse con su padre, un hombre que vive de relatos y recuerdos fantásticos que parecen imposibles de creer porque hemos perdido la capacidad de asombro.
Pero dentro del recorrido sí podemos toparnos con los Oompa-Loompas y sonreír recordando esa canción que todos podemos reconocer, es también encontrarte con Emily y Victor Van Dort de Corpse Bride; con la oscura historia de Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street; con la intensidad de colores y personajes icónicos como la Red Queen, capaz de pulverizarlo todo, y el Mad Hatter: exótico, ambiguo, sonriente, lleno de color, excéntrico, hiperactivo y charlatán de Alice in Wonderland.
También aparece el mundo extraño de The Nightmare Before Christmas y la música envolvente y fascinante de Danny Elfman, quien ha sabido entender la mente de ese genio de las historias porque él mismo es otro genio: el del sonido, el de la capacidad de llenar espacios con notas musicales que permanecen en la profundidad del corazón.
Me hubiese encantado encontrarme con Sally. Creo que ella, junto a Edward Scissorhands y el universo de Big Fish, representa a algunos de mis personajes favoritos.
Sally, la deuteragonista de The Nightmare Before Christmas, es una muñeca de trapo amable e inteligente creada por el Dr. Finkelstein; el interés amoroso de Jack Skellington y una figura marcada por sus premoniciones de desastre, su independencia y esa extraordinaria capacidad de recomponerse a sí misma una y otra vez.
Hay algo profundamente humano en ella: una tristeza serena, melancólica, hecha de retazos y cicatrices, como muchos de nosotros en esta vida y quizá por eso resulta tan entrañable, porque aun rota conserva la capacidad de reconstruirse, de volver a unirse pieza por pieza sin perder la dulzura, la sensibilidad ni la esperanza.
“Diría que la sala de Oyster Boy. Si realmente prestas atención a los dibujos en la sala de Oyster Boy, puedes ver todos los personajes característicos de Tim, como Voodoo Girl y Toxic Roy. Ves todos estos personajes que tienen mucha picardía, que son incomprendidos, y que realmente resumen la imaginación de Tim.
También diría que hay una sala llamada People, llena de diferentes bocetos. Me gustan porque creo que son personas que él ve en la vida real, quizá mientras espera en el consultorio del dentista, y simplemente dibuja a alguien. Él observa a una persona y luego la transforma en personaje. Creo que esos dibujos muestran verdaderamente la imaginación de Tim.”
Es maravilloso poder acercarse un poco a esta mente creativa y revolucionaria en un recorrido breve pero profundamente significativo. Porque, al final, como escribió Walt Whitman:
“Soy inmenso, contengo multitudes”.
Todas esas vidas que salen a nuestro encuentro —películas, historias, libros y personajes— terminan construyéndonos. Nos hacen únicos, irrepetibles, hechos también de retazos, fantasía, melancolía y asombro.
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