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Gabriel de la Mora y la belleza de las cosas rotas

Entrar a La Petite Mort no se siente como entrar a una exposición. Se parece más a entrar lentamente en la cabeza de alguien.

Primero aparecen los cuerpos. Los restos. La memoria. Los vacíos familiares. Los huesos convertidos en presencia. La sensación constante de que algo desapareció, pero sigue respirando dentro de las piezas.

Y después, poco a poco, todo comienza a transformarse.

Porque eso hace Gabriel de la Mora durante toda la exposición: tomar aquello que parecía roto, gastado, erosionado o perdido… y convertirlo en algo extrañamente hermoso.

En MARCO, el artista mexicano presenta una revisión de más de veinte años de trabajo donde materiales aparentemente insignificantes —cáscaras de huevo, cabello humano, polvo, alas de mariposa, suelas desgastadas, cerillos quemados— terminan construyendo superficies hipnóticas, obsesivas y profundamente humanas.

Pero lo más fascinante no es solamente lo visual, es descubrir que toda la exposición funciona también como una especie de autobiografía emocional y gran parte de esa experiencia también ocurre gracias a la presencia profundamente humana tanto de Gabriel de la Mora como de Tobias Ostrander, curador de la muestra. Ambos recorren las salas con una sensibilidad poco común, hablando del arte no desde la distancia académica, sino desde la emoción, la curiosidad y el asombro genuino.

Se nota que aman profundamente lo que hacen.

En varios momentos del recorrido, De la Mora explicó que técnicamente podría haber seguido el camino más tradicional de la pintura y el dibujo.

“Dibujo muy bien, pinto muy bien… pero no era suficiente.”

Y justamente ahí comenzó todo.

Después de dominar la técnica decidió abandonar la idea convencional de pintura para explorar otros territorios, expandiendo el lenguaje pictórico hacia materiales imposibles, procesos obsesivos y superficies construidas desde el desgaste, el tiempo y la transformación.

“Todo mundo pinta. Entonces me pregunté: ¿qué puedo hacer yo?”

Esa necesidad de buscar nuevas posibilidades atraviesa toda la exposición.

Y quizá una de las piezas que mejor resume esa exploración es la serie de dibujos realizados literalmente a través del sonido fue imposible no quedarme completamente hipnotizada frente a esa pared.

Saber que las vibraciones de las bocinas, el aire y el sonido fueron capaces de construir esas imágenes resulta fascinante. No hay mano dibujando directamente. No existe el gesto clásico del artista sobre el papel. Lo que aparece es el registro físico de las ondas sonoras desplazando polvo sobre telas de bocinas antiguas.

“¿Cómo puedes hacer un dibujo sin el uso de la mano?”

La pregunta parece simple, pero abre toda la lógica de su trabajo porque De la Mora constantemente intenta ir más allá del control absoluto del artista. Muchas de sus piezas nacen precisamente de permitir que el fuego, el aire, el desgaste o el azar terminen interviniendo en la obra.

Y ahí aparece otra de las capas más honestas de toda la exposición: su manera de hablar sobre la neurodivergencia.

“La dislexia no es algo malo. Es otra manera de pensar.”

En uno de los momentos más íntimos del recorrido, el artista habló abiertamente sobre la dislexia, el autismo y cómo durante muchos años sintió que debía ajustarse a sistemas pensados para otras formas de aprendizaje.

Hasta que entendió algo fundamental: esa diferencia también había construido su mirada artística.

“La única forma de ser diferente es ser tú mismo.”

Entonces todo empieza a tener sentido.

Su obsesión por los patrones. La repetición. Las estructuras fragmentadas. Las superficies construidas con miles de piezas diminutas. La manera casi quirúrgica de observar materiales cotidianos que normalmente pasarían desapercibidos.

“Mi obsesión no la sufro… la disfruto.” compartió sonriendo.

Más que una frase ingeniosa, funciona como una declaración completa sobre su práctica artística.

Porque Gabriel de la Mora posee justamente eso: un ojo clínico capaz de encontrar belleza donde casi nadie más la ve.

En polvo. En desgaste. En una suela usada. En una cáscara rota. En las vibraciones invisibles del sonido y es por ello que La Petite Mort termina sintiéndose mucho más cercana a una experiencia emocional que a una exposición convencional.

El recorrido inicia entre muerte, pérdida y oscuridad, pero lentamente aparecen el brillo, los reflejos, las alas de mariposa, el color y la luz.

Como si toda la exposición estuviera diseñada para recordarnos que incluso las cosas fragmentadas también pueden transformarse en algo luminoso y quizá esa sea la sensación más poderosa al salir de MARCO.

Entender que nada permanece intacto.

Pero que incluso las ruinas, las rarezas y las cicatrices pueden convertirse en arte.

Gabriel de la Mora: La Petite Mort estará disponible en MARCO del 29 de mayo al 25 de octubre.

Imágenes por: Arqueles García

Gabriel de la Mora

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