Crecí en la frontera norte de México. Durante gran parte de mi infancia y juventud, la cultura estadounidense formó parte de mi cotidianidad de una manera tan natural que pocas veces me detuve a cuestionarla. Vivir a unos metros de Estados Unidos significaba cruzar la frontera para comprar ropa, hacer compras de fin de semana, ver espectáculos o simplemente convivir con una realidad que parecía estar siempre al alcance de la mano y aunque nunca dejé de sentirme mexicana, reconozco que muchas veces miré más hacia el norte que hacia mis propias raíces.
Por eso me sorprendió tanto lo que ocurrió mientras investigaba sobre Cantares de México y observaba algunos videos e imágenes de esta puesta en escena creada por Laura Díaz, algo comenzó a despertar dentro de mí. No fue solamente admiración por la belleza visual del espectáculo. Fue una sensación mucho más profunda, difícil de explicar con palabras, prácticamente algo dentro de mí reconoció un lenguaje antiguo.
Sentí una especie de regreso.
Un regreso a las historias que escuchaba de niña, a las canciones que parecían acompañar reuniones familiares, a los colores, los aromas y las emociones que forman parte de esa identidad que a veces olvidamos porque asumimos que siempre estará ahí.
Quizá por eso Cantares de México resulta tan conmovedor porque no intenta enseñarnos quiénes somos.
Nos lo recuerda.
Y en una época donde las nuevas generaciones tienen acceso inmediato a cualquier cultura del planeta, donde todo cambia constantemente y donde las tendencias parecen durar apenas unos días, esa labor adquiere un valor enorme.
Mientras escuchaba a Laura contar historias sobre su infancia, sobre la naturaleza, los árboles, el mar y los caminos que la llevaron a construir este proyecto, pude apreciar que se trata de una mujer a la que se le ha concedido el don de enseñar a mirar la belleza donde otros solamente ven rutina y comprendí que eso mismo ocurre con el arte.
El verdadero arte no crea emociones: las despierta.
Cantares de México parece construir precisamente ese tipo de encuentros.
Pero ¿Qué nos hace verdaderamente mexicanos?
La respuesta probablemente no está en una definición única.
Tal vez está en nuestras contradicciones, en nuestras cicatrices, en nuestras celebraciones, en nuestras canciones y en esa capacidad extraordinaria que tenemos para levantarnos una y otra vez.
Tal vez está en la memoria colectiva que compartimos aunque hayamos nacido en lugares distintos, porque al final, ya sea desde la frontera norte, desde el centro del país o desde cualquier rincón de México, existe algo que nos conecta.
Una raíz común.
Una historia compartida.
Una identidad que sigue viva.
Y gracias a proyectos como Cantares de México, esa identidad encuentra nuevas formas de seguir contándose.
Antes de despedirse, Laura deja una idea que permanece mucho después de terminada la entrevista: conocer nuestras raíces no significa vivir anclados al pasado, sino comprender la historia que nos sostiene para seguir construyendo el futuro. Porque la identidad, como los grandes árboles, continúa creciendo mientras sus raíces permanecen firmes bajo la tierra.
Quizá por eso Cantares de México logra conectar con públicos tan diversos. Durante más de una década, esta puesta en escena ha tejido un puente entre generaciones a través de la música, la danza y las historias que nos han dado forma como nación. Cada cuadro guarda horas de investigación, encuentros con comunidades, diálogo con artesanos y un profundo respeto por las tradiciones que siguen latiendo en cada rincón del país. En sus últimas funciones de temporada en el Teatro Reforma, el público no solo presencia un espectáculo; participa de una experiencia que despierta recuerdos, provoca emociones y deja la sensación de haber recorrido, por unas horas, el alma misma de México.
Comentarios