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Cuatro guardianes de la palabra llegan a Monterrey: una conversación sobre la belleza, el silencio y la esperanza

La mañana comenzó entre libros, conversaciones y reflexiones profundas en La Milarca, pero rápidamente quedó claro que lo que ocurrirá este 2 de junio a las 8:00 de la noche será mucho más que una presentación literaria.

Será un encuentro con la palabra.

La Milarca abrirá sus puertas para disfrutar de un viaje hacia el prodigioso trabajo de San Juan de la Cruz y la vigencia de uno de los grandes poetas de todos los tiempos con una pasión que hacía imposible pensar en él como una figura encerrada en los libros de historia. 

Maitines en el Cielo es un recital donde se entreteje el trabajo de cuatro creadores que reconocen la la noche oscura, del silencio, de la necesidad de encontrar espacios espirituales en una época obsesionada con lo inmediato para presentar esta experiencia  escénica dedicada a los últimos días de la vida de San Juan de la Cruz, el cual sigue conversando con nosotros cuatro siglos después.

Vivimos tan rodeados de notificaciones, videos de 15 segundos y ruido constante que a veces olvidamos algo muy simple: escuchar.

Escuchar de verdad.

Frente a nosotros estaban cuatro figuras fundamentales de la cultura española contemporánea: Carlos Aganzo, María Ángeles Pérez López, José María Muñoz Quirós y Amancio Prada.

Cuatro nombres que llegaron a Monterrey para hablar de un hombre que murió hace más de cuatro siglos, pero que curiosamente sigue teniendo muchísimo que decirnos: San Juan de la Cruz.

Nadie habló de él como una figura distante o encerrada en los manuales de literatura. Todo lo contrario.Hablaron del hombre como alguien que sigue acompañando nuestras dudas, nuestras búsquedas y nuestros silencios.

Durante la charla, Amancio Prada nos hizo entender en unos cuantos minutos el  por qué su nombre es fundamental cuando se habla de poesía y música en español. Con la serenidad de quien lleva toda una vida dialogando con los versos, explicó cómo descubre la música escondida dentro de los poemas. Dijo que canta aquello que lo enamora y luego hizo algo que transformó por completo la sala.

Cantó.

No fue un concierto completo ni una interpretación extensa. Apenas unos fragmentos. Pero fue suficiente para que el ambiente cambiara por completo. Durante unos segundos desaparecieron las cámaras, las grabadoras y las prisas. Solo quedó la voz, el poema y el silencio de quienes escuchaban.

Quizá ahí estaba la mejor explicación de lo que será Maitines en el Cielo.

No un espectáculo.

No una conferencia.

No una lectura convencional.

Un ritual.

Una experiencia construida con historia, poesía, música y emoción para acompañar los últimos días de este autor a través de la mirada de estos escritores y artistas que mejor conocen su obra.

José María Muñoz Quirós, presidente de la Academia de Artes, Ciencias y Letras de la Institución Gran Duque de Alba, recordó una de las enseñanzas más vigentes de San Juan de la Cruz:

Para llegar a donde quieres, has de ir por donde no quieres.

Y añadió una idea que resonó profundamente entre los asistentes: 
Para ir a la música has de partir del silencio. Para un escritor hay que partir de una hoja en blanco. La elocuencia está tanto en quien habla como en quien escucha.

Carlos Aganzo fue contundente al describir el momento histórico que vivimos:

Nuestro mundo occidental atraviesa una decadencia terrible, pero quizá precisamente por eso estamos necesitando de nuevo apoyos espirituales. San Juan de la Cruz puede ayudarnos muchísimo.

María Ángeles Pérez López profundizó aún más en esa idea al recordar que la oscuridad nunca es únicamente ausencia de luz:

Sentimos que San Juan de la Cruz tiene muchísimo que decirle a nuestro presente porque aspira a abrir luz entre las sombras, abrir silencio en medio del ruido y recordarnos que el amor sigue siendo una forma de entrega total.

Más que una rueda de prensa, la conversación se convirtió en una reflexión colectiva sobre el arte, la espiritualidad, la poesía y la condición humana. Cada respuesta parecía abrir una puerta distinta hacia la contemplación.
La conversación también abordó un tema inevitable: el lugar que ocupa hoy la poesía en una época dominada por algoritmos y métricas. Ante una pregunta sobre las audiencias, Carlos Aganzo respondió con una reflexión que provocó un profundo silencio:

Hablar de audiencia y de poesía es casi una blasfemia. La audiencia convierte a las personas en clientes. Nosotros buscamos otra audiencia: una audiencia interior, silenciosa y espiritual.

Lejos de mostrarse pesimistas, los cuatro creadores expresaron una enorme confianza en las nuevas generaciones.

Quizá una de las preguntas más hermosas de la tarde llegó al final: ¿qué esperan que el público se lleve consigo cuando termine Maitines en el Cielo?

José María Muñoz Quirós habló de abrir puertas hacia la belleza, la palabra y el conocimiento. María Ángeles Pérez López deseó que el público experimentara esa conmoción capaz de mover algo profundo dentro de cada persona, una invitación a preguntarse qué ocurrió durante ese encuentro y qué permanece después de él.

Entonces llegó el turno de Amancio Prada, quien respondió con la serenidad de quien ha dedicado toda una vida a escuchar la música escondida en los versos: "Pues que se queden con las ganas, con ganas de más, con una resonancia y que esa resonancia sea como la sensación de que hemos puesto una sonrisa en la faz del mundo."

La frase quedó suspendida unos segundos en el aire, como si resumiera el propósito último de la poesía: dejar una huella indeleble en quien la recibe.

Pero aún faltaba una última reflexión.

Carlos Aganzo tomó la palabra para recordar que la verdadera poesía no termina cuando concluye la lectura ni cuando se apagan las luces. Permanece.

Hoy voy a decir algunos versos de San Juan de la Cruz de esos que decíamos que la gente sienta cuando terminemos un no sé qué, que queda balbuceando y eso es lo que hay que sentir.

Después de escuchar a estos cuatro creadores reflexionar sobre el silencio, la belleza, el amor, la música y la espiritualidad, uno comprende que Maitines en el Cielo no busca ofrecer certezas ni respuestas inmediatas.

Su propósito parece ser otro: abrir un espacio para la contemplación, despertar preguntas que permanecen resonando mucho después de terminada la experiencia y recordarnos que existen emociones imposibles de explicar por completo porque  hay palabras, versos y canciones que no concluyen cuando se pronuncian. Permanecen habitando la memoria, acompañando el pensamiento y dialogando con quien las escucha.

Ese es, seguramente el "no sé qué qué, que deja a alguien balbuceando" al que se refería Carlos Aganzo.

Una resonancia íntima y silenciosa que continúa viva cuando todo parece haber terminado y que sigue acompañando a quienes se atreven a escuchar más allá del ruido.

Es precisamente esa sensación —indefinible y profundamente humana— con la que concluyó una tarde memorable en La Milarca.

Imágenes por: Arqueles García

Rueda de prensa




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