Escuchar con el corazón: la lección que deja La chica de Colonia

De pronto hay frases que encierran toda una historia, chispazos o guiños que tocan esas fibras y penetran profundo.

"Se necesita tener oídos para escuchar música." Pero esto va mucho más allá de estas simples palabras. Me deja pensando en cómo el arte verdadero tiene la capacidad de atravesarnos, de utilizar todos nuestros sentidos y hacernos sentir. Sí, sentir, soñar, disfrutar y emocionarnos.

La música siempre ha sido la gran acompañante de la vida, al menos de la mía. Se encuentra en el canto de los pájaros, en la brisa que mueve las hojas de los árboles, en el sonido de la inmensidad del mar.

Quizá por eso nacemos con esa increíble capacidad de asombro, para encontrar la sutil belleza en las cosas sencillas que nos hace apreciar el valor de todos nuestros sentidos, capacidad que poco a poco se desvanece con el transcurrir de la vida. Pero la buena música tiene el don de despertarnos de ese largo sopor; de recordarnos quiénes somos cuando el ruido cotidiano nos hace olvidarlo. Y cuando su grandeza es tal que las palabras ya no alcanzan para nombrarla, solo queda cerrar los ojos, respirar profundo y permitir que cada nota nos atraviese hasta ese rincón donde habitan la emoción, la memoria y la certeza de que la vida, en toda su inmensidad, sigue latiendo dentro de nosotros.

Fui entusiasmada a la Cineteca al leer la sinopsis y saber que se trata de una película basada en hechos reales y, sobre todo, de la historia de una joven que no solo amaba la música, sino que supo ver, percibir y creer que la verdadera belleza se encuentra en esas grandiosas cosas que nos hacen eternos y vulnerables al mismo tiempo.

La chica de Colonia (Köln 75) nos lleva a los primeros años de Vera Brandes, una joven audaz y apasionada de apenas 18 años que se convirtió en la promotora de un concierto del que, hasta el día de hoy, se sigue hablando en Colonia. Aquella noche reunió al extraordinario pianista Keith Jarrett, quien, tras una intensa gira, ofreció en 1975 una interpretación que terminaría convirtiéndose en una de las grabaciones más importantes de la historia del jazz: The Köln Concert, considerada por muchos como la más extraordinaria grabación de piano solo jamás realizada.

La trama nos lleva por las historias de Vera y Jarrett, dos vidas que apenas se cruzaron durante un instante, pero cuyo encuentro dejó una huella imborrable en la historia del arte.

Vera supo escuchar y tuvo esa extraordinaria capacidad de ver y sentir lo que para otros resultaba imperceptible. Quizá porque creció en un hogar lleno de reglas y condiciones para el amor, donde el impulso por convertirse en quien realmente era nació, en buena medida, de la compleja relación con su padre. Todo ello en una época marcada por profundos cambios sociales y por una juventud que buscaba libertad de expresión frente a una generación que aún cargaba las heridas de la guerra y no lograba comprender aquella rebeldía.

Por su parte, Jarrett, un verdadero virtuoso del piano, transitaba por esa búsqueda interminable de sí mismo, intentando que ese don casi celestial pudiera llegar a personas capaces de apreciarlo en toda su dimensión. Europa representaba el escenario perfecto para ello, después de haber compartido camino con un gigante como Miles Davis.

Su ejecución es exquisita. Hay en su música una resonancia que parece tener la capacidad de alimentar el alma.

Son dos historias de pasión, de encuentros con el arte y de un profundo amor por el jazz.

Ese género incomprendido que, al mencionarlo, abre innumerables caminos de conversación. Muchos lo consideran música del pasado, pero sin lugar a dudas podrían estar más equivocados. Basta recordar a gigantes como John Coltrane, Louis Armstrong, Thelonious Monk o Ella Fitzgerald; incluso voces más contemporáneas como Amy Winehouse bebieron de esa tradición. Debo admitir que desconocía la historia de Keith Jarrett y descubrirla, junto con la de Vera Brandes, ha sido uno de los grandes regalos que me dejó esta película.

Por supuesto, al llegar a casa hice lo inevitable: escuchar ese maravilloso concierto grabado hace más de cincuenta años. Cerré los ojos y comprendí cómo los genios tienen la extraordinaria capacidad de hacernos volver a casa. A ese lugar donde habitan la belleza y lo sublime, a esos momentos donde te encuentras con tus seres amados y escuchas la lluvia o te encuentras en ese espacio seguro de tus recuerdos más queridos y amados; donde recordamos la importancia de apreciar las pequeñas cosas que nos rodean, incluso cuando vivimos inmersos en una sociedad llena de ruido y desolación.

Dirigida por Ido Fluk, La chica de Colonia forma parte de la 79 Muestra Internacional de Cine que se presenta en la Cineteca Nuevo León, y es una de esas películas que nos recuerdan que, para escuchar la música de verdad, primero hay que aprender a escuchar la vida.



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