El sábado 22 de agosto, el Auditorio Río 70 recibió nuevamente a Aranza, una artista que llegó poco después de las 9:00 de la noche vestida de dorado, cubierta de lentejuelas y con una sonrisa que dejaba ver la emoción de reencontrarse con una ciudad que la esperaba desde hacía tiempo.
No llegó solamente una cantante.
Llegó una intérprete con años de escenario, con una voz reconocible y, sobre todo, con un profundo respeto por las canciones y por su público.
Aranza recordó que el año pasado no había podido presentarse en Monterrey por circunstancias ajenas a ella. La aclaración fue recibida entre gritos, aplausos y declaraciones espontáneas de amor por parte de un público que demostró cuánto la había extrañado.
Ella respondió como mejor sabe hacerlo: cantando.
Desde el inicio comenzó a construir una noche de romanticismo, nostalgia y grandes voces. Su repertorio recorrió canciones de Lupita D'Alessio y Armando Manzanero, además de piezas de compositores que han dejado una huella profunda en la música mexicana.
“Señora”, “Mentiras”, “Gata bajo la lluvia” y “Cómo han pasado los años” fueron llevando al público de una emoción a otra.
Pero fue justamente “Cómo han pasado los años” la que adquirió una dimensión distinta.
Aranza habló de sus padres enfermos y les dedicó la canción. De pronto, aquella letra que habla del paso del tiempo dejó de ser solamente una canción conocida: se convirtió en una confesión.
En el teatro hay momentos que no necesitan explicación y ese fue uno.
Después vinieron “Como yo te amé”, “Contigo aprendí” y “Lejanía”, hasta llegar a “Urge”, de Martín Urieta y entonces Aranza hizo algo que resume perfectamente la artista que es.
Bajó del escenario y caminó hacia el público.
Cantó entre las butacas, escuchó voces, recibió peticiones y permitió que la distancia entre artista y espectador desapareciera. Incluso llegó hasta el segundo piso, donde saludó, cantó y se tomó fotografías.
No parecía una estrella intentando acercarse a su público.
Parecía una artista que verdaderamente quería estar con su público.
En ese recorrido apareció también Yago, cuya voz masculina sorprendió a los asistentes y añadió otro de esos momentos inesperados que terminan convirtiéndose en parte de la memoria de una noche.
Aranza volvió al escenario y siguió con “Cómo se cura” y “Finge que no”.
Después llegó Myriam, quien tuvo un momento para cantar en solitario antes de regresar junto a Aranza para interpretar “Detrás de mi ventana”.
Dos voces, dos personalidades y una canción que permitió apreciar la sonoridad de ambas.
El repertorio continuó con “Como fue” y después continuo Aranza con “Para no volver”, de Carlos Macías, “Una sola voz”, “Compás de espera” y “Dime” y mientras las canciones avanzaban, el público parecía viajar hacia otra época.
Una época de letras románticas, melodías cuidadas y voces que no necesitaban adornos para sostener una historia.
Aranza conoce perfectamente ese territorio y es capaz de transitarlo con una bella naturalidad.
Una canción llevaba a otra. Una melodía despertaba un recuerdo. Una frase abría una puerta hacia una época en la que muchos aprendimos a sentir el amor a través de la música.
Para quien escribe, fue también volver a sentirse niña y recordar aquellas canciones que parecían hechas con delicadeza, con profundidad y con una intención muy clara: hacer sentir.
Eso es lo que Aranza todavía consigue y lo hace desde algo que parece sencillo, pero que en realidad es extraordinariamente difícil: cantar bien, elegir bien las canciones y entregarse por completo.
Su regreso a Monterrey dejó una certeza.
El público quería volver a verla y ella entendió perfectamente qué venían a buscar, no solamente un concierto.
Querían una noche de esas que ya casi no ocurren.
Una noche donde el intérprete respeta la canción, donde la voz está al frente y donde el público también tiene permiso de ser parte del espectáculo.
Aranza fue de las que bajó del escenario, caminó entre su gente, cantó a capela, escuchó peticiones y compartió emociones.
La noche terminó, pero quedó flotando esa sensación tan particular que dejan los grandes espectáculos: la certeza de haber presenciado algo genuino porque Aranza nos regaló algo más que canciones: nos devolvió por unas horas a un tiempo que creíamos perdido.
Definitivamente ahí está la verdedera magia de una gran intérprete: en hacernos recordar que algunas canciones no pertenecen al pasado.
Simplemente siguen esperando a que alguien vuelva a cantarlas.
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