De Corea a Monterrey: La Coreañera encuentra en la cumbia un idioma universal

¿Qué ocurre cuando una tradición familiar coreana se encuentra con la cumbia mexicana y colombiana? En el caso de La Coreañera, la respuesta tiene forma de acordeón.

Durante su rueda de prensa en Monterrey, la artista habló sobre una historia personal que ayuda a entender por qué su propuesta musical resulta tan particular: su identidad creció entre dos culturas y encontró en la música un territorio donde ninguna tenía que quedar fuera.

La influencia más temprana llegó de su abuela, quien nació en Corea del Norte y escapó cuando tenía nueve años. Entre los recuerdos que conservó de aquella infancia estaba la música de acordeón, un instrumento con un significado especial dentro de esa tradición.

Así comenzó una conexión que acompañaría a La Coreañera desde niña.

En casa estaba presente la cultura coreana; fuera de ella, su vida cotidiana transcurría en un entorno marcado por la cultura mexicana. El resultado fue una identidad musical que no necesitó escoger un solo camino.

Primero estuvo el piano y la música clásica. Después apareció con mayor fuerza el acordeón y, con él, la cumbia.


La cumbia como punto de encuentro

La artista contó que comenzó a tocar distintos estilos y géneros hasta encontrar una conexión particular con la cumbia mexicana y colombiana.

La razón también era sencilla: le gustaba bailar.

Su proceso creativo parte muchas veces de imaginar el movimiento. Antes de pensar en una melodía, piensa en cómo podría bailarse, cómo funcionaría con una pareja o cómo reaccionarían sus amigos.

Es una filosofía que convierte la música en una experiencia colectiva.

Pero detrás de esa aparente espontaneidad existe una formación sólida. Su paso por la música clásica le dejó herramientas que hoy utiliza en su proyecto, mientras que la cumbia le abrió una puerta hacia una relación más directa con el público.

La Coreañera reconoce que, en algunos momentos de su formación clásica, llegó a sentir que ese mundo podía ser demasiado cerrado para alguien que quería experimentar con diferentes estilos.

En lugar de abandonar una parte de su historia, decidió unirlas.

La música clásica, explica, le ha enseñado elementos que ahora utiliza en su proyecto; al mismo tiempo, la música popular puede llevar nuevas ideas a una orquesta o a un escenario clásico.

Monterrey tenía que estar en el mapa

Si había una ciudad mexicana especialmente importante para presentar esta propuesta, Monterrey era una parada natural.

La artista habló con entusiasmo de la relación de la ciudad con la cumbia colombiana y del lugar que ocupa el acordeón dentro de la cultura musical regiomontana.

Su admiración por Celso Piña quedó todavía más clara al mostrar un acordeón que recibió de Hohner y que lleva la firma del músico regiomontano.

Para La Coreañera, Celso no es solamente una referencia: es un maestro cuya música forma parte de la banda sonora de su propia historia.

Por eso, tocar sus canciones en Monterrey adquiere una dimensión especial. Es encontrarse con una tradición que ella ha admirado desde fuera y que ahora puede vivir desde uno de sus escenarios más emblemáticos.

También destacó su cariño por la tradición vallenata y por la manera en que el público regiomontano ha abrazado las raíces colombianas del género.


Una misión que todavía cruza el Pacífico

El siguiente paso parece apuntar hacia el lugar de donde parte una de las raíces más profundas de su historia: Corea.

La Coreañera confesó que uno de sus grandes deseos es llevar su proyecto a su país de origen familiar y presentarlo ante un público que poco a poco ha mostrado mayor apertura hacia otras culturas.

La artista percibe una creciente curiosidad por la música y los ritmos latinos en Corea, y sueña con que algún día la cumbia también encuentre un espacio en ese territorio.

La idea resulta casi circular: una música que llegó a su vida a través de los recuerdos de su abuela podría ahora regresar a Corea transformada por todo lo que aprendió en México.

Ese es quizá el elemento más poderoso de su propuesta.

La Coreañera no presenta la fusión como una simple combinación de sonidos. La convierte en una historia de pertenencia: una mujer que encontró en el acordeón una conexión con su familia, en la cumbia una forma de expresarse y en México un territorio musical que también siente propio.

Entre orquestas, cumbias, piano, acordeones y nuevas fronteras por conquistar, su proyecto sigue demostrando que la música puede hacer algo que pocas cosas consiguen: convertir dos mundos distintos en una misma canción.

Imágenes por: Arqueles García

RUEDA DE PRENSA


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