ROSALÍA: una experiencia ultrasensorial que nos quitó el aliento



19 de agosto de 2026 | Arena Monterrey. El regreso de Rosalía Vila Tobella a Monterrey pertenece a esa última categoría.

Casi cuatro años después de su visita anterior, la artista española volvió a la Arena Monterrey para presentar LUX, su nueva etapa creativa, y lo hizo con una producción que por momentos dejó de sentirse como un concierto para convertirse en una experiencia escénica total: danza, orquesta, iluminación, vestuario, cámara, arquitectura, religión, confesión y una protagonista que parecía saber exactamente dónde debía mirar el público en cada segundo.

Como alguien que disfruta especialmente la estética visual, hubo algo que me atrapó desde el primer momento: Rosalía no solamente interpreta sus canciones; construye imágenes alrededor de ellas y en esta gira parece haber llevado esa obsesión muchísimo más lejos.

La luz apareció como un personaje más. El cuerpo de los bailarines se convirtió en parte de la escenografía. Las cámaras no estaban ahí únicamente para que las personas de las últimas filas pudieran verla: eran otra forma de narrar el espectáculo. Había momentos en los que parecía que estábamos viendo cine en tiempo real.

No hay duda de que es una estrella, pero quizá lo más interesante de verla en vivo es entender que no parece estar interesada únicamente en deslumbrar. Quiere transformar aquello que toca.



Una artista que hace de la reinvención una forma de existir

Rosalía ya había demostrado que no le interesa permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar.

Con El mal querer, proyecto que nació también de su investigación académica sobre el flamenco, consiguió llevar una tradición profundamente arraigada hacia un lenguaje contemporáneo. Después llegó Motomami, y con ella otra ruptura: pop, reguetón, electrónica, hip hop, vulnerabilidad, fuerza y una estética que terminó convirtiéndose en un universo propio.

Ahora, con LUX, la transformación parece mirar hacia otro sitio.

La propia Rosalía ha hablado de esta nueva dimensión desde la gratitud y la devoción. En una entrevista con Rolling Stone, explicó que siente que Dios la ha bendecido y que quiso responder a ello haciendo un disco y esa idea se siente en el escenario.

El espectáculo tiene algo de ceremonia. No necesariamente religiosa en un sentido literal, sino en la manera en que construye una atmósfera de contemplación, entrega y asombro.

La primera parte está dedicada enteramente a LUX: “Sexo, Violencia y Llantas”, “Reliquia”, “Divinize” y “Mio Cristo Piange Diamanti”. Desde ahí queda claro que esta no será una noche convencional.

No hubo demasiado espacio para recuperar el aliento.

Cuatro actos para entrar en su universo

El concierto se construyó en cuatro actos, y cada uno tenía una identidad visual propia.

Cambian las luces, los colores, los vestuarios, los peinados y la energía. Pero sobre todo cambia la manera en que Rosalía se relaciona con el espacio.

En el segundo acto aparecen “Saoko”, “La Fama” y “Combi Versace”, y el espectáculo adquiere otra velocidad. Es inevitable recordar a Motomami y a esa Rosalía que convirtió la contradicción en una de sus principales herramientas artísticas.

Pero entonces llega el tercer acto.

La Perla.

Aquí el concierto se vuelve todavía más íntimo.

Rosalía abre espacio para las confesiones y convierte al público en parte de la narrativa. Uno de los momentos más inesperados fue la participación de Samy Rivers, streamer regiomontana, dentro de esta especie de confesionario.

También hubo un intercambio con un fan cuyo letrero decía: “Demandé a La Perla (mi papá)”.

Son momentos que rompen la distancia entre la superestrella y las miles de personas frente a ella. Por unos minutos, el enorme espectáculo parece convertirse en una conversación.

Definitivamente está es  una de las mayores virtudes de Rosalía: puede construir una producción gigantesca sin perder completamente la sensación de cercanía.

Cuando un concierto empieza a parecer cine

Si algo me llevo particularmente de esta noche es la sensación de haber presenciado algo que rozó —y muchas veces sobrepasó— las fronteras del concierto tradicional.

La fotografía escénica, las luces y, especialmente, el trabajo de cámara, fueron fundamentales.

Había encuadres que parecían sacados de una película. Rostros en primer plano. Movimientos perfectamente sincronizados. Cambios de perspectiva. Silencios visuales. Explosiones de luz y todo parecía tener una razón.

Esto es fascinante cuando eres una persona que disfruta observar cómo se construye una imagen.

Porque puedes escuchar una canción y disfrutarla. Pero también puedes preguntarte: ¿por qué esa luz?, ¿por qué ese movimiento?, ¿por qué ese vestuario?, ¿por qué esa cámara está ahí?

Rosalía consigue que esas preguntas formen parte del espectáculo.

La artista incluso se permitió cantar en distintos idiomas, entre ellos árabe, alemán, italiano y catalán. Y ahí apareció otra de las cosas más bonitas de la noche: no necesitabas entender absolutamente cada palabra para entender lo que estaba pasando.

La emoción viajaba por otro lugar.

Por la voz.

Por el cuerpo.

Por la música.

Por la imagen.

Para el cuarto acto llegaron “Bizcochito”, “Despechá” y “Focu ‘Ranni” y es entonces cuando Rosalía apareció con un vestuario angelical.

Soltó el cabello y, desde la distancia, el tinte de la parte superior de su cabeza parecía dibujar una especie de rosario sobre ella.

Fue una imagen poderosa.

Después de atravesar la oscuridad, la confesión, el deseo, la violencia, la devoción y la fiesta, el cierre parecía apostar por una figura casi celestial.

La princesa se convirtió en ángel y la Arena Monterrey, por unos minutos, parecía estar contemplando una aparición.


Una masterclass disfrazada de concierto

Quizá lo más impresionante de esta noche no fue una canción específica.

Fue comprobar la cantidad de disciplinas que pueden convivir dentro de un mismo espectáculo cuando existe una visión artística clara.

Música.

Danza.

Moda.

Iluminación.

Escenografía.

Cinematografía.

Dirección escénica.

Performance.

Todo dialogaba.

Rosalía entiende algo que no todos los artistas consiguen: el escenario también cuenta una historia.

Y cuando todas las piezas están bien pensadas, el resultado puede sentirse mucho más grande que la suma de sus partes.

Por eso cuesta llamarlo solamente un concierto.

Fue espectáculo, sí. Fue música. Fue pop. Fue performance, pero también fue una especie de experiencia cinematográfica en vivo.

Al salir de la Arena Monterrey, la sensación no era únicamente la de haber escuchado a una cantante, sino de haber entrado durante unas horas a la cabeza de una artista que entiende perfectamente lo que quiere decir y, todavía más importante, cómo quiere que lo veamos.

Rosalía regresó a Monterrey más grande que aquella última vez.

Pero más que grande, regresó más libre.

Ya no parece estar intentando demostrar que puede reinventar un género.

Parece estar haciendo algo mucho más ambicioso: inventar su propio lenguaje.

Y si LUX representa el comienzo de una nueva etapa, después de esta noche queda claro que Rosalía todavía tiene muchos mundos por construir.

Y nosotros, por suerte, todavía podemos entrar a ellos.

Una pequeña muestra

Comentarios