Jamiroquai: el groove que nos voló la cabeza, disparó las endorfinas y dejó al cortisol fuera de la pista

 


La noche del miércoles 23 de septiembre en la Arena Monterrey comenzó después de las 8:00 con un DJ compartiendo música increíble para irnos poniendo a tono. Después llegaron algunas fallas técnicas con la iluminación y tuvimos que esperar un poco más a la voz que acaricia y rasga del fascinante Jay Kay, pero nada de eso importó, porque el verdadero mood ya estaba listo.

Miles de asistentes se esmeraron, en su mayoría, con atuendos alusivos a esta increíble banda inglesa que, como siempre —al menos desde mi propia mirada—, trae propuestas que nos vuelan los sesos con ese toque de excentricidad y mística que proviene de una explosión de imágenes y ritmos que simplemente no permiten que puedas quedarte quieto.

Lo suyo siempre estuvo más relacionado con el funk y, quizás, con un sonido menos inglés y más internacional, que coqueteó con aquella etiqueta de los años 90, menos definida, llamada acid jazz, volcada hacia la música bailable.

Su blue-eyed soul británico y finisecular, con gestos funk, pinceladas disco y del jazz, tomó rápidamente un carácter propio, personal, en el buen groove de una banda afilada. Aunque aquella formación fundadora duró apenas unos años y Jay Kay terminó sosteniendo el proyecto prácticamente como solista, Jamiroquai sigue siendo hasta nuestros días una referencia absolutamente particular que nos sigue llegando duro al corazón.

El concierto tuvo un setlist de 12 canciones y duró casi dos horas.

Me quedé esperando “You Give Me Something”, pero no importa. “Talullah” me hizo viajar en el tiempo.

Pasadas las 9:30 comenzó finalmente el espectáculo y con él la efervescencia de sus fans, que esperaban encontrarse con este verdadero ícono que sigue haciendo historia y atrayendo también a nuevas generaciones.

El escenario se llenó de luces y, en la pantalla, un juego visual representaba una ciudad en movimiento para iniciar con “(Don’t) Give Hate a Chance”. Después llegó “Little L” y la vibra escaló a los niveles más altos para continuar con “High Times”, “Space Cowboy” y “Alright”.

El funk y el groove volvieron a ser protagonistas, de la misma manera que cada uno de los sombreros icónicos y distintivos del fabuloso Jay Kay, las luces y las distintas jerseys que fue cambiando durante el concierto. Todos esperábamos esos movimientos tan característicos que nos prenden y nos hechizan.

Y qué decir de los músicos y esas voces.

De una altísima calidad de factura, hicieron que cada beat y cada nota produjeran ese efecto arrollador que solo sucede con la buena música en el cuerpo, volviéndolo completamente sensorial y disfrutable.


Era un cúmulo de emociones.

Volteaba de pronto a ver los rostros de los asistentes cerca de mí y sentía exactamente ese mismo efecto. Reconocí incluso a distintos artistas de bandas locales que, obviamente, puedo entender que querían estar ahí porque lo que sucede en un concierto en vivo de Jamiroquai te deja no solo deseando más, sino llevándote a otros niveles de felicidad y apreciación musical.

Después llegó “Talullah”, con un bajo increíble que, para mi gusto, es una exquisita pieza. Sencillamente una verdadera belleza que te derrite y que prepara el terreno para una noche llena de sensualidad.

La energía cambió entonces con “Disco Stays the Same”, “Travelling Without Moving”, “Canned Heat”, la locura fascinante de “Cosmic Girl” y después ese funk preciso de “Love Foolosophy”, cuando la vida parecía mucho más sencilla.

Este es el sonido de un mundo que ya no existe. Un sonido que pertenece a principios de los 2000, pero que, en lugar de quedarse atrapado en el ayer, consigue transportarte a esa época.

¡Jamiroquai probablemente tiene algunas de las líneas de bajo más brutales de la historia!

Y entonces llegó “Virtual Insanity”.

La locura.

La emoción.


Ese momento en el que Jay Kay vuelve a hacernos respirar de esa forma tan característica mientras baila y parece flotar, como si realmente utilizara sus poderes de hechicero para mantenernos suspendidos en el tiempo.

A casi 30 años de aquella fabulosa pieza, sigue sin perder vigencia. Una vez más, pienso que estuvieron adelantados a su época, sobre todo ahora que vivimos prácticamente dentro de una forma de vida virtual llena de locura.

La canción, el video, el concepto, la filosofía, las críticas sociales, las melodías pegadizas...

Nunca me canso de escucharla y verla cerrar un concierto de esta magnitud en Monterrey me dejó prácticamente temblando de placer.

Jamiroquai es, sin duda, uno de los proyectos más singulares que nos ha dejado aquella generación de músicos capaces de mezclar funk, acid jazz, disco, soul y sonoridades electrónicas para construir algo que no se parecía a nada más.

Simplemente excelso.


Y sí: ¡Este tipo y su banda se adelantaron a su tiempo! y  alegra haber formado parte de esa época.

Jay Kay: sigues siendo nuestra estrella mágica. Esa que, de alguna manera, terminó representando a tantas almas a través de Napoleon Dynamite, en esa película que quizá solo unos cuantos entendimos desde ese lugar extraño, entrañable y profundamente nuestro.

Y hoy, después de verte bailar frente a nosotros, entendí algo que quizá siempre estuvo ahí: este boogie es real.

Que la locura no siempre es virtual, que a veces la música puede movernos literalmente de lugar y que, aunque hayan pasado casi 30 años, todavía podemos sentir que el tiempo se detiene cuando comienza a sonar ese bajo y entonces, entre luces, groove y nostalgia, solo queda agradecerte por recordarnos que todavía podemos “fall in love again” con una canción, con una época, con la música y, por qué no, con aquella versión de nosotros mismos que alguna vez también quiso bailar sin importar nada más.


Imágenes de Arqueles García 


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