Omphalos: cuando el cuerpo se convierte en cosmos

Salir de la Gran Sala del Teatro de la Ciudad después de ver “Omphalos”, el pasado 19 y 20 de septiembre, fue hacerlo con la sensación de haber presenciado algo difícil de explicar con palabras. Fascinante, impresionante, alucinante e inquietante son apenas algunos intentos por describir una experiencia que, por decir lo menos, nos dejó profundamente conmovidos.

Durante esas dos funciones, alrededor de 2 mil 200 personas se sumergieron en el cosmos creado por el coreógrafo y director Damien Jalet, una pieza construida a partir de su investigación sobre distintos mitos universales, incluidos aquellos pertenecientes a los antiguos pueblos que habitaron lo que hoy conocemos como México y ese universo comenzó literalmente en la oscuridad.

Cuando las luces de la sala se apagaron y poco a poco apareció el primer resplandor, tuve la impresión de que no estaba comenzando simplemente una función, sino un acto de creación. La oscuridad se transformó en materia, la materia en movimiento y el movimiento en vida.


Cuatro cuerpos para comenzar el universo

Cuatro figuras irrumpieron en escena. Cuatro presencias que podían leerse como puntos cardinales, fuerzas primigenias o incluso como una referencia inquietante a los cuatro jinetes del Apocalipsis. Vestían trajes futuristas en tonos sólidos —azul, rojo, dorado y plata— y aparecieron sobre una enorme estructura que se convertiría en uno de los grandes protagonistas de la pieza.

Aquella plataforma, lejos de ser un simple elemento escenográfico, parecía tener vida propia.

Se inclinaba, ascendía, descendía y cambiaba constantemente de posición mientras los intérpretes la habitaban con una agilidad que por momentos parecía imposible. Sobre ella, el cuerpo humano adquiría otra dimensión: se estiraba, resistía, se suspendía y desafiaba la gravedad.

La precisión de los movimientos era hipnótica, pero  había algo más: el cuerpo también parecía convertirse en instrumento musical.

El sonido no acompañaba la acción; dialogaba con ella, la provocaba y, en muchos momentos, parecía determinarla. La música original y el diseño sonoro de Marihiko Hara y Ryūichi Sakamoto construyeron una atmósfera envolvente, profunda, a ratos casi ritual, donde cada respiración, cada golpe y cada desplazamiento parecían formar parte de una misma composición.


Cuando nace la humanidad

Poco a poco comenzaron a aparecer otros seres.

Al principio, casi como criaturas en estado de gestación, emergían conectados entre sí mediante telas que nacían desde sus cabezas. Se movían lentamente, con movimientos suaves, orgánicos, impulsados por un ritmo que nunca dejaba de crecer y entonces la escena se transformó.

Dieciséis cuerpos ocuparon aquella gran plataforma inclinada a aproximadamente 45 grados. Verlos moverse sobre esa superficie era contemplar una especie de coreografía imposible: cuerpos que encontraban equilibrio donde parecía no existirlo, que se sostenían unos a otros y que respondían con absoluta precisión a cada cambio sonoro y espacial.

Por momentos, tuve la sensación de que el tiempo se había detenido.

No había prisa. Sólo cuerpos, sonido, luz, espacio y una tensión que crecía lentamente.

Ahí comprendí que “Omphalos” no pretende simplemente contar una historia. Propone sentirla.

La carga de estar unidos

Uno de los momentos que más me impactó fue observar cómo esa conexión entre los cuerpos comenzaba a convertirse también en una carga.

Para liberarse, tenían que unir fuerzas, apoyarse, ceder, resistir y desprenderse de una parte de aquello que los mantenía unidos.

La tela que inicialmente parecía representar nacimiento, conexión o pertenencia comenzaba a adquirir otro significado: podía ser vínculo, identidad, dependencia, memoria o peso.

Y mientras los cuerpos luchaban por conquistar su propia libertad, aparecía una pregunta inevitable: ¿cuánto de aquello que nos une también puede impedirnos avanzar?

La danza contemporánea alcanzaba ahí una dimensión casi filosófica.

Los intérpretes no sólo ejecutaban movimientos de extraordinaria dificultad física. Parecían cargar con algo invisible. Una fuerza que los empujaba hacia abajo, que los hacía resistir y que finalmente los conducía, una y otra vez, hacia el vacío.

La libertad, en “Omphalos”, tampoco parecía ser un destino permanente.

Era una conquista momentánea.

El cuerpo como materia, memoria y misterio

La iluminación de Víctor Zapatero fue fundamental para construir este universo. La luz no sólo revelaba cuerpos: los esculpía. Los hacía aparecer y desaparecer, los convertía en siluetas, sombras, figuras suspendidas en un espacio que parecía no pertenecer completamente a nuestro mundo.


La dramaturgia de Cecilia Navarrete terminó de articular ese viaje entre lo mítico, lo corporal y lo contemporáneo.

Y es precisamente ahí donde encuentro una de las mayores virtudes de “Omphalos”: su capacidad para hablarnos de algo ancestral utilizando un lenguaje absolutamente contemporáneo.

No hace falta conocer todos los mitos que inspiraron la obra para sentirse atrapado por ella.

Basta con mirar.

Basta con escuchar.

Basta con dejarse llevar.

Porque frente a nuestros ojos el cuerpo humano deja de ser únicamente cuerpo y se convierte en materia, memoria, fuerza, resistencia y misterio.

Hay un conocimiento profundo en esos cuerpos. Un dominio extraordinario del equilibrio, de la respiración, de la tensión muscular, del peso y de la gravedad. Cada movimiento parece llevar detrás horas, años, quizá toda una vida de entrenamiento.

Pero lo verdaderamente poderoso es que esa técnica nunca se siente fría.

Hay honestidad.

Hay entrega.

Hay vulnerabilidad.

Una ovación que también fue parte del espectáculo

La respuesta del público durante las dos funciones fue contundente. Al terminar, las ovaciones de pie reconocieron no sólo la calidad de la obra, sino la entrega física e interpretativa de quienes la hacen posible.

Y quizá la mejor prueba estaba afuera del teatro.

Al acercarme a algunas personas después de la función, encontré rostros emocionados, conversaciones encendidas y esa sonrisa que aparece cuando uno siente que acaba de vivir algo especial.

La gente hablaba de lo que había visto, de los cuerpos, de la música, de la plataforma, de las imágenes que permanecían en la memoria.

Y eso me pareció significativo.

Porque “Omphalos” no termina cuando cae el telón.

Se queda.

Se queda en la mirada y, de manera extraña, también en el cuerpo.

Después de verla, uno observa de otra manera algo tan cotidiano como caminar, respirar, inclinarse o simplemente permanecer de pie. La pieza consigue recordarnos que detrás de cada movimiento aparentemente sencillo existe una maquinaria extraordinaria.

Y quizá esa sea la gran revelación de “Omphalos”: que el cuerpo humano todavía guarda territorios que no terminamos de conocer.

Durante poco más de una hora, en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad, Damien Jalet y su extraordinario equipo nos permitieron asomarnos a uno de ellos.

Un lugar donde el cuerpo se vuelve cosmos, donde la gravedad puede convertirse en lenguaje y donde la danza deja de ser únicamente movimiento para convertirse en una experiencia física, emocional y profundamente humana.

Una experiencia inquietante, sí. Pero también hermosa y  difícil de olvidar.



Imágenes por: Ale Sobrevilla


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