Debo confesarlo: no soy una persona que se considere futbolera. Sin embargo, desde pequeña he disfrutado esa enorme algarabía que se apodera de las ciudades durante los Mundiales, esa celebración colectiva que por unos días consigue que miles de personas hablen el mismo idioma.
Pero estar esta vez dentro de un estadio, acompañada por una afición entregada a su equipo, fue otra cosa.
Me tocó vivir el ambiente desde el Volcán, en un encuentro en el que Tigres y Necaxa terminaron empatados 1-1, y desde que uno cruza ese túnel y entiendes que está entrando a otra dimensión.
Ahí no se llega solamente a ver un partido.
Se llega a entregar el corazón.
La música nos envolvió desde antes de que comenzara el encuentro. La batucada fue una de las grandes protagonistas y la porra, con sus cánticos, himnos y esa energía que parece no agotarse nunca, consiguió algo que pocas experiencias pueden provocar: levantar el espíritu.
Me dejó la piel chinita.
Porque mientras observaba a miles de personas cantar y animar a su equipo, pensé que eso que sucede en las gradas va mucho más allá de una camiseta.
Es comunidad.
Es pertenencia.
Es identidad.
Y es precisamente ahí donde comprendí un poco mejor algo que tantas veces he leído en los textos de Juan Villoro, un escritor al que admiro profundamente y que ha encontrado en el futbol una manera de hablar también de la vida.
Villoro, apasionado seguidor del Necaxa, ha utilizado en diversas ocasiones el futbol como una puerta hacia la memoria, la infancia, la familia y las relaciones humanas. En La figura del mundo, por ejemplo, habla de su padre y de cómo los partidos y ese amor compartido por el futbol terminaron convirtiéndose en recuerdos y puntos de encuentro.
Esta noche, desde la cancha, pude entenderlo de otra manera.
Porque quizá el futbol también es eso: encontrar un territorio común con otros.
Noventa minutos para olvidarlo todo
Hay algo fascinante en entregarse a un partido.
Durante esos 90 minutos —y todo lo que sucede alrededor— las preocupaciones cotidianas parecen quedar suspendidas.
El trabajo.
Los pendientes.
Las inquietudes.
Los problemas.
Todo se queda afuera.
Adentro solamente existe el juego.
Y aunque no me considero futbolera, esa sensación me resultó profundamente familiar porque quienes buscamos el arte en todo lo que nos rodea conocemos bien esa capacidad de una experiencia para transportarnos a otro sitio.
Mientras avanzaba el partido, se me agolparon en la memoria libros, películas y personajes.
Pensé en Rudy, en Duelo de Titanes, en esas historias donde el deporte termina siendo una metáfora de la vida: aprender a pertenecer, trabajar en equipo, enfrentar las dificultades, encontrar un propósito y entregar el corazón para conseguirlo.
Pero también pensé en algo mucho más cercano en Monterrey, porque aquí el futbol tiene una dimensión particular.
La vida parece dividirse entre Tigres y Rayados.
No hay demasiado espacio para el punto intermedio y pertenecer a uno u otro equipo se convierte en una parte de la identidad de miles de personas.
Esta noche entendí que no se trata solamente de portar una camiseta sino de ser parte de la historia de una ciudad que ama enloquecidamente el fútbol.
El guerrero en la portería
Uno de los personajes que inevitablemente llamó mi atención fue Nahuel Guzmán.
Hay jugadores que defienden una portería y hay otros que parecen asumirla como un territorio que deben proteger.
Su manera de moverse, de reaccionar, de manifestar su entrega y de vivir cada jugada tiene algo casi teatral.
En algún momento pensé en Once Were Warriors, aquella película neozelandesa cruda y profundamente emocional, y en la figura del guerrero como alguien que representa fuerza, pertenencia y compromiso con los suyos.
Nahuel tiene algo de eso.
Y esa noche, además, protagonizó uno de esos momentos que hacen que un partido se vuelva memoria: detuvo un penal, convirtiendo el instante en una explosión colectiva.
La grada respondió.
La música volvió.
La batucada volvió a crecer.
Y el Volcán volvió a rugir.
El futbol como regreso a la infancia
Después del encuentro tuvimos la oportunidad de escuchar en rueda de prensa a Víctor Manuel Vucetich, quien regresa por tercera ocasión para asumir el liderazgo de un equipo tan querido por su afición.
Su mensaje estuvo enfocado en el trabajo, en seguir preparando al equipo para los encuentros que vienen y en la exigencia que representa una liga competitiva y quizá ahí está otra de las grandes enseñanzas de este deporte porque definitivamente un equipo se construye con piezas.
Llegan directores técnicos, aportan experiencia, conocimiento y nuevas estrategias, pero existe una estructura que también pertenece a quienes llevan años siguiendo al club.
La afición conoce las piezas del rompecabezas.
Sabe cuándo cantar.
Cuándo empujar.
Cuándo celebrar.
Y, sobre todo, sabe cómo acompañar.
Al final, Tigres y Necaxa terminaron 1-1 pero para mí el resultado fue apenas una parte de la historia.
Porque salí del estadio con otra mirada.
Con la certeza de que el futbol puede ser una experiencia artística, emocional y profundamente humana.
Como ha escrito Villoro: “El fútbol nos permite el regreso involuntario a la infancia, donde no hay nada más importante que el juego” y quizá el arte hace exactamente lo mismo.
Nos permite volver a mirar.
A emocionarnos.
A sorprendernos.
A jugar.
A sentir.
Esta noche, durante más de 90 minutos, miles de personas cantaron, brincaron, gritaron, sufrieron y celebraron juntas.
Yo llegué sin considerarme futbolera y me fui entendiendo un poco mejor por qué tantas personas aman este deporte porque quizá el futbol no consiste solamente en ganar.
A veces consiste en pertenecer, compartir, recordar y entregar el corazón durante 90 minutos y eso, definitivamente, también es una forma de arte.
Imágenes de Arqueles García
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