Llegar temprano al segundo día del festival fue casi un acto de fe. Mientras algunos buscábamos instalar un pequeño cuartel improvisado en la sala de prensa, otros compañeros ya corrían directo hacia los escenarios, como si el tiempo dentro de Pa’l Norte tuviera otra velocidad. Había una certeza compartida en el aire: sería un día grande. No cualquier jornada, sino una de esas que se quedan adheridas a la memoria con acordes de guitarra eléctrica. Y sí, el nombre de Slash rondaba como promesa.
Confieso que había algo profundamente personal en todo esto. Mi camiseta de Guns N’ Roses —con el bullet clásico— no era solo merch: era un puente directo a la adolescencia, a esos días en los que MTV dictaba el pulso emocional y los posters colgaban como manifiestos en la pared. Volver a escuchar esos riffs en vivo no era nostalgia: era reencuentro.
La jornada arrancó después de las dos de la tarde, con una energía que no tardó en encenderse. La Pegatina convirtió el inicio en una fiesta colectiva; Paty Cantú, magnética, sorprendió al invitar a The Warning, y el público respondió con una ovación que se sentía física. The Warning, por su parte, no tocaron: arremetieron. Potentes, precisas, incendiarias. El escenario Tecate Light vibró con su fuerza.
El recorrido musical fue tan diverso como intenso: desde el desparpajo de Miky Huidobro y Judeline, pasando por la entrega de Los Peces Raros, hasta la elegancia alternativa de Nothing But The Thieves. Enjambre, siempre sólidos, ofrecieron uno de esos sets que abrazan. The Whitest Boy Alive fue un oasis sonoro en el acústico, mientras Simple Plan desbordó el Tecate Original —literalmente—, dejando claro que su convocatoria pedía un espacio mayor.
La noche avanzó con contrastes: el caos controlado de Turnstile, la nostalgia indie de Love of Lesbian celebrando tres décadas, el poder de Cypress Hill que incluso se trasladó a la rueda de prensa con anécdotas que mezclaban cumbia y barrio. Entre pasillos, entrevistas y carreras entre escenarios, el festival también se vivía en esos encuentros breves, casi íntimos, con los artistas.
Y entonces, el momento. Tras una espera que tensó cada segundo, Guns N’ Roses apareció ante más de 60 mil almas. El rugido fue inmediato. “Welcome to the Jungle” abrió como un portal, y durante más de dos horas desfilaron himnos que no envejecen: “November Rain”, “Don’t Cry”, “Paradise City”. Axl, incansable; Slash, eterno, dueño absoluto de cada riff.
Sí, el tiempo deja marcas, incluso en la voz. Pero lo esencial permanece intacto. Porque el rock, cuando es verdadero, no depende de la perfección: vive en la emoción que provoca y la noche del sábado 28 de marzo, mientras las luces caían sobre el escenario y la multitud seguía cantando, quedó claro que hay sonidos que no solo se escuchan… se vuelven memoria viva.
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