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Fidelio en Monterrey: una noche avasalladora donde el amor cantó por la libertad

La noche del 25 de abril se vistió de gala de una forma distinta. No por la expectativa habitual del esplendor operístico, sino porque el Teatro de la Ciudad recibió a cientos de asistentes en un sold out para presenciar un momento histórico: el estreno en Monterrey de Fidelio, la única ópera de Ludwig van Beethoven.



Cuando normalmente uno llega a la ópera esperando vestuarios majestuosos, fastuosidad escénica y el deslumbramiento visual propio del género, esta vez el gran protagonista era otro: la propia temática. Una historia de libertad, de justicia y de amor. El amor como vínculo perfecto.

Confieso que, al mirar el escenario por primera vez, la escenografía me pareció casi precaria. Pero pronto reveló su sentido. Esa sobriedad, esos tonos oscuros y grises, esa atmósfera inhóspita, eran precisamente el mundo moral donde se desarrolla la historia: un territorio donde la oscuridad de las intenciones humanas intenta desaparecer la voz de la verdad y condenar a un ser humano a la ignominia y desde ahí era imposible no pensar en cuántas historias semejantes siguen vivas en nuestro propio país.


Cuántas voces enterradas.Cuántas verdades castigadas. Por eso Fidelio no podía representarse desde la suntuosidad, sino desde la dureza y funcionó.


La historia de Leonora —que se disfraza de Fidelio para infiltrarse y rescatar a su amado Florestán, encarcelado injustamente— conectó de inmediato con nuestra época. Su vigencia era imposible de ignorar.


En el centro de esa fuerza estuvo la Leonora de Dhyana Arom, una de las grandes revelaciones de la noche para el público regiomontano. Su interpretación tuvo algo más que virtuosismo: tuvo verdad.


Dhyana Arom asumió uno de los papeles más demandantes del repertorio alemán —una partitura ferozmente exigente por su extensión, resistencia y dramatismo— con una solvencia admirable. No es menor: Leonora es un rol donde la técnica sola no basta; exige heroísmo vocal y profundidad emocional y ella ofreció ambas cosas.

Su timbre vocal, la seguridad con que transitó los momentos de mayor tensión y una actuación de enorme fuerza teatral hicieron que su personaje se volviera el corazón palpitante de la obra. Pude ver en su Leonora una mezcla de vulnerabilidad y acero así como de ternura y coraje. Dhyana no sólo cantó bellamente: sostuvo el drama.

Salí encantada con su fuerza escénica y con su capacidad de expresarlo todo.



Luego la música. Durante más de dos horas la intensidad sonora conducida por el maestro Guido Maria Guida al frente de la Orquesta Sinfónica de la UANL nos envolvió por completo.

En una conversación previa en rueda de prensa —a la que agradezco a Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León— el maestro Guido habló de Beethoven como un revolucionario adelantado a su tiempo. Explicó cómo en la escena de la prisión la atmósfera opresiva nace de una construcción sonora audaz: contrabajos y contrafagot en registros sombríos, cuerdas con sordina, un motivo obsesivo de pocas notas que sostiene toda una tensión dramática.

Escucharlo describirlo y luego oírlo cobrar vida en el teatro fue comprender que en Fidelio la orquesta no acompaña: narra, respira y denuncia.


La escena carcelaria tuvo algo casi físico y después, tras el intenso encuentro entre los esposos, la música mutó.

Entraron los vientos. Se abrió la partitura.

Apareció otra luz.

Como si Beethoven hiciera respirar a la libertad.

¡Qué prodigio!


También me quedó muy presente lo compartido por Ramón Vargas sobre la ópera como la gran conjunción de las artes. Pocas veces se escucha una defensa tan apasionada del género. La llamó una lección de humanidad, de trabajo colectivo, de comunidad y se sintió exactamente así porque en esa sala llena había algo más que espectadores.

Había una comunidad vibrando con una misma historia.


El regreso de Ramón Vargas a un escenario operístico regiomontano sumó emoción a una producción de enorme nivel, acompañada por Jorge Lagunes, Hernán Iturralde, Sori Kim, voces locales y el Coro de la Compañía de Ópera de Saltillo.


Todo sostenido por una partitura monumental que le tomó a Beethoven más de una década construir y que, como su Fantasía Coral o la Novena Sinfonía, parece estar atravesada por un mismo pulso: libertad, hermandad y amor y que además fue un regocijo puramente sensorial.


Los timbales.

Los metales.

Los fagots.

Las cuerdas.

La nobleza de esos instrumentos dialogando con el drama.



Una música viva.

Avasalladora.

Impactante.



Salí del teatro pensando que algunas obras no envejecen porque hablan de lo esencial. Fidelio es una de ellas porque no cuenta sólo la historia de una mujer que salva a su amado.

Cuenta la historia de la lealtad enfrentando al poder, de la verdad sobreviviendo a la sombra y del amor venciendo a la crueldad.



Y en estos tiempos, escuchar eso en Beethoven no se siente como memoria. Se siente urgente.

Imágenes por: Arqueles García


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