Almodóvar puede repetirse las veces que quiera y traer a su reparto a las actrices o actores que desee, porque sabe a la perfección qué se requiere para dar vida a esos personajes maravillosos, sensuales, dolidos, intensos, sofocantes, reales y que terminan convirtiéndose en espejo de muchos de nosotros.
El artista es, de alguna forma, el ente presente en toda la obra de Almodóvar. ¿Y cómo no serlo?
Él mismo es un ser atravesado por una sensibilidad histriónica intensificada en colores primarios que, con el paso del tiempo, va cediendo cada vez más espacio y protagonismo al verde.
Desde escritores, actrices, bailarinas, cantantes y gente del entretenimiento, en sus más de 25 filmes ha retratado los sinsabores, las luchas internas, físicas y emocionales, así como la diversidad, en toda la extensión de la palabra, de lo que significa ser humano.
Amarga Navidad llega a destiempo de la fecha que anuncia su título, pero se entiende rápidamente por qué. Es una película trazada en distintos actos, momentos, tiempos y vidas. Regresa la figura de un escritor-guionista escribiendo desde esa necesidad imperante de vaciarse y retratar lo que sucede a su alrededor. Pero, a diferencia de muchas de sus películas previas, Almodóvar nos habla esta vez desde la autoficción, desde la postura de quien escribe, siente, escucha, percibe y es capaz de crear, aunque muchas veces traspasando los límites de la realidad de las personas que le acompañan, generando tensión, pero sobre todo dolor.
Este artista, interpretado aquí por Leonardo Sbaraglia, quien ya había aparecido en Dolor y Gloria, es ahora Raúl, un escritor lleno de fama acumulada en el pasado que no ha logrado crear algo nuevo en años, pero que comienza a trabajar de manera incesante mientras su querida y confiable Mónica (una impecable Aitana Sánchez-Gijón), representante durante más de veinte años, ha decidido abandonar el trabajo por circunstancias personales.
Raúl es una persona profundamente sensible, que escucha, percibe y se apropia de historias para escribirlas, porque un escritor es justamente eso: alguien que observa, analiza, siente hasta la última capa de la piel y puede percibir al ser humano que le rodea. Pero aquí surge un planteamiento particularmente interesante: ¿hasta dónde se tiene derecho a escribir sobre personas cercanas que pueden sentirse expuestas?
No es la primera vez que sucede. Resulta inevitable pensar en La Côte Basque, 1965 y en el conflicto de Capote con las mujeres de la alta sociedad neoyorquina.
Amarga Navidad aparece incluso como un cuento corto en El último sueño (2023), en una escena contundente y conmovedora donde dos amigas rotas por el duelo se reúnen para escuchar a Chavela Vargas, esa musa que permanece de forma constante en la filmografía del director. Puede entenderse de inmediato por qué, a partir de esa premisa, terminaron construyéndose varias historias dentro de una narrativa estratificada.
Para Raúl y Elsa (Bárbara Lennie), la escritora dentro de esta estructura de cajas chinas, escribir es mucho más que una necesidad. Es, claramente, aquello que el propio Capote describía como una “vocación que encadena de por vida al autor a un amo noble pero despiadado”, idea que el mismo Almodóvar evocó en Todo sobre mi madre (1999).
Ambos artistas escriben además como una forma de procesar el duelo, el dolor constante que incluso desemboca en ataques de pánico. Al inicio pareciera que el tema central es la ansiedad y la incapacidad de procesar las heridas y las pérdidas, pero como toda gran obra, comienzan a aparecer matices casi imperceptibles, aunque no para quien conoce la filmografía del director.
Surgen entonces destellos sugerentes y precisos que revelan a un Almodóvar en plena madurez, capaz todavía de construir personajes divertidos y memorables. Ahí aparece, durante unos pocos minutos, una fascinante artista que hizo de la autenticidad su mayor manifiesto estético: Rossy de Palma, cuya presencia nos remite inmediatamente a distintas películas del universo almodovariano.
A partir de ahí comienza a entretejerse otra trama paralela a la que vive Mónica y su pareja, pero desde la ficción que finalmente termina siendo también la nuestra como espectadores. Almodóvar se muestra, con el paso de los años, más introspectivo y, al mismo tiempo, más dispuesto a revelar los procesos creativos, las inseguridades, la vulnerabilidad y la genialidad que habitan dentro de él en esta narrativa en abismo.
Hable con ella también regresa a la memoria a través de una historia dentro de otra historia, y aun así el resultado continúa siendo excepcional e intenso.
Almodóvar revisita situaciones que ya hemos disfrutado en películas anteriores, como la inquietud constante del escritor presente en La flor de mi secreto, Dolor y Gloria o La habitación de al lado, al mismo tiempo que intensifica aquí el proceso de las pérdidas y esos sentimientos alojados en las hendiduras del alma.
Todo queda expuesto ante nuestros ojos y nos sacude mediante escenas gloriosas y sutilmente trazadas, donde el mar y la arena oscura funcionan como un contraste perfecto para que el color vuelva a convertirse en protagonista del paisaje inhóspito.
Para quienes hemos acompañado su obra desde aquel lejano 1980, resulta evidente que Almodóvar ha aprendido a precisar las emociones y a demostrar un dominio absoluto de los matices emocionales. Consigue que Elsa, Patricia (Vicky Luengo) y Natalia (Milena Smit) habiten historias paralelas profundamente identificables.
Logra que el espectador se reconozca en cada silencio, en cada mirada y en cada gesto.
De alguna manera sabe que su genialidad sigue vigente, pero también es capaz de experimentar el mismo miedo que cualquiera: pensar que la creatividad puede agotarse, sentir la angustia de perder el lenguaje con el que alguna vez entendió el mundo.
Amarga Navidad aborda las relaciones humanas sin necesidad de centrarse en géneros. Para mí, esa es precisamente la visión de un genio. Presenta el amor —o las múltiples versiones del amor— en toda su variedad. Hay quienes entregan más, quienes reciben más y quienes simplemente sobreviven al intercambio.
La vida acomoda personajes igual que las novelas, con diálogos contundentes y momentos que parecen arrancados directamente de la realidad.
Almodóvar lleva años hablándonos de esto. Nos trae el dolor por la partida de una madre, el duelo de saberse sensible, de crecer, de madurar y de comprender que existe un reloj que sigue avanzando y nos resta días.
Quizá por eso ya no están aquellas irreverencias de juventud. Quizá por eso quienes amamos su obra entendemos esos destellos maravillosos que aparecen en un cameo de Rossy de Palma, en la música extraordinaria de Alberto Iglesias o en ese “villancico”, como el propio Almodóvar define a Amarga Navidad, interpretado por Chavela Vargas.
La película está sostenida por actuaciones sobrias y profundamente conmovedoras. Especialmente la de Mónica, cuyo personaje es habitado con una convicción tan poderosa que por momentos desaparece cualquier distancia entre ficción y realidad.
Las palabras y las reflexiones nos muestran a un Almodóvar capaz de desnudarse una vez más dentro de ese tejido universal y único que comenzó de manera transgresora desde La ley del deseo.
Esa misma ley continúa imperando: la de la creatividad, la del arte que abraza, aprieta, sacude, sofoca y libera.
Todo ello traducido visualmente en el vaivén de las olas sobre una arena profundamente negra, tan negra como el dolor que rodea a las mujeres de esta historia.
La vida es frágil, igual que las relaciones humanas.
La vida es tan dura y tan inmensa que a veces nos sobrecoge.
Por eso construimos capas de protección.
Y eso es justamente lo que demuestra esta nueva película: un universo narrativo lleno de pliegues y profundidades que convierte cada escena en un territorio emocional donde el espectador —especialmente aquel que ama el universo almodovariano— no tiene más opción que acompañarla.Sabines lo entendió al escribir Los amorosos. Y Virginia Woolf también cuando afirmó que: “No puedes encontrar paz escapándote de la vida”.
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