Annie en Monterrey: una historia que volvió a cantar, emocionar y llenar de nostalgia al Auditorio San Pedro



Existen historias que no envejecen y pieden cambair los escenarios, las generaciones  o los actores que les dan vida, pero cuando vuelven a aparecer frente a nosotros conservan intacta esa capacidad de hacernos sonreír, cantar y recordar.

Justo eso me ocurrió la noche del miércoles 19 de agosto en el Auditorio San Pedro, con el inicio de la breve temporada de Annie, uno de los musicales más queridos por varias generaciones.

Desde la llegada de los invitados a la alfombra roja se podía percibir que no sería una noche cualquiera. El público regiomontano esperaba con entusiasmo esta nueva producción de un clásico que muchos llevamos guardado en la memoria desde la infancia. En medio de la llegada de los artistas tuvimos oportunidad de conversar brevemente con algunos de ellos, entre ellos Myiam Montemayor, Lord Marco Polo, Edwin Luna —quien compartió emocionado que su hija forma parte de la obra—, Ignacio Llantada, La Turbulence y una muy querida Mónica Huarte, quien recibió el cariño del público regiomontano desde su llegada.

Y entonces se abrió el telón.

La historia de aquella pequeña huérfana de Nueva York volvió a cobrar vida con una producción de gran nivel, encabezada por Mónica Huarte como la señorita Hannigan y Héctor Suárez Gomís como Oliver “Daddy” Warbucks.

La puesta en escena es, sencillamente, de esas que consiguen que uno deje de mirar el reloj.


Las voces, la música, las coreografías, los escenarios y el trabajo de un elenco que reúne talento regiomontano y figuras nacionales consiguen construir un espectáculo que se siente grande, cuidado y profundamente entrañable.

Uno de los momentos que más fácilmente despierta recuerdos es el de las niñas del orfanato con “It’s the Hard Knock Life”, o “La vida es dura”. Para quienes crecimos con la película de Annie, resulta casi imposible no viajar en el tiempo. En mi caso, fue inevitable regresar a principios de los años 80, cuando descubrí aquella película que me maravilló por todo: la historia, las canciones, los personajes y, por supuesto, aquella pequeña de rizos rojos que siempre parecía tener una sonrisa y una esperanza a prueba de todo.


De pronto escuchar “Tomorrow” y una fascinante ristra de recuerdos de mi niñez. Soñando con l cine, el teatro, la magia. Al escucharla de nuevo desde una butaca, pude entender por qué Annie continúa encontrando un lugar en el corazón de tantas personas. También recordé que, años después, la película se convirtió en una de las favoritas de mi hija. Ahí estaba nuevamente esa sensación de compartir una historia entre generaciones y eso es, finalmente, lo maravilloso del teatro.

Que una historia pueda contarse una y otra vez y seguir provocando emociones. Que una canción pueda transportarnos a otra época. Que un niño pueda descubrir por primera vez lo que nosotros conocimos hace décadas.

El recinto estaba lleno de personas que reían, cantaban, gritaban y se emocionaban desde sus butacas. Y entre ellos, muchos niños, descubriendo quizá por primera vez a Annie, a Sandy, a Daddy Warbucks y a todos esos personajes que forman parte de la cultura popular.

Y hablando de Sandy… imposible no mencionarle. El adorable perro que acompaña a Annie, llamado Kali en la vida real, se convirtió también en uno de los pequeños grandes protagonistas de la noche. Su presencia fue tan simpática que terminó robándose, literalmente, parte del corazón del público.

La función comenzó poco después de las 8 de la noche y terminó cerca de las 11. Tres horas que pasaron prácticamente sin sentirse, pero, sobre todo, salimos sorprendidos gratamente por la calidad de una producción que demuestra el enorme talento que existe en Monterrey y la posibilidad de compartir escenario y aprendizaje con grandes intérpretes nacionales.


Annie no solamente es un musical sobre una niña huérfana que sueña con encontrar a sus padres. Es una historia sobre esperanza, familia, solidaridad y la posibilidad de creer que mañana puede ser mejor.

Quizá por eso sigue funcionando, porque en tiempos en los que necesitamos recordar las cosas que nos hacen bien, volver a una historia como esta se siente casi como regresar a casa.

La temporada es breve y estará en el Auditorio San Pedro hasta el 23 de agosto.

Y sí: vale la pena verla.

No solamente para reencontrarse con un clásico, sino para comprobar que algunas historias, cuando están bien contadas, nunca dejan de emocionarnos.



Imágenes cortesía Arqueles García

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