El invencible verano de Liliana: sórdido, brutal, sin analogías y directo a las entrañas

El invencible verano de Liliana, adaptación del libro de Cristina Rivera Garza, es una historia que nos sacude irremediablemente por dentro.

La noche del jueves 20 de agosto, el Teatro de la Ciudad registró lleno total para recibir una puesta en escena que, desde sus primeros momentos  dejó claro que no se trataba únicamente de una obra teatral. Era un encuentro con la memoria, con el duelo, con las preguntas que quedaron sin respuesta y con la vida de una joven que, aunque fue asesinada hace más de tres décadas, continúa encontrando nuevas formas de existir.

La adaptación, protagonizada por Cecilia Suárez, parte del texto ganador del Premio Pulitzer y coloca en el centro a quien verdaderamente importa: Liliana.

En un principio, el título puede parecer desconcertante. ¿Cómo puede ser invencible unahistoria marcada por la pérdida irreparable de una vida?

Pero mientras avanzan las palabras, la respuesta comienza a aparecer.

Liliana es invencible porque no desapareció del todo.

Se encuentra en la memoria de sus amigos, en las páginas del libro, en las palabras de quienes intentaron reconstruirla y ahora también en cada escenario donde su historia vuelve a ser contada.

Y junto a ella aparecen otras palabras que podrían intentar acercarnos a lo que sucede: imperdible, increíble, inaudito, indivisible, invisible. Es precisamente esta última la que provoca uno de los sentimientos más difíciles de sacudir: la certeza de que la justicia no pudo llevarse a cabo de este lado del cielo ante la monstruosidad de un crimen que arrancó demasiado pronto una vida y por años la dejó invisible. pero Cristina Rivera Garza, su hermana y ahora Cecilia Suárez deciden no dejarla encerrada en la categoría de víctima y esa es a mi parecer, una de las mayores virtudes de la adaptación.

Durante la rueda de prensa, la actriz habló de lo fascinante que fue descubrir a Liliana: una mujer culta, juguetona, libre, sonriente, llena de energía y con una enorme alegría por vivir.

Una joven que quería conocer el mundo, que soñaba con irse al mar, que deseaba viajar y tenía delante de sí una vida entera. Es esta puesta en escena justamente que nos permite como espectadores conocerla desde ese lugar.

Liliana es el nombre que sus amigos dieron a la libertad y al recordarla de esta manera, el escenario recupera algo que la violencia intentó arrebatarle: su identidad.

Porque antes de ser un caso, antes de convertirse en una historia de violencia, antes de ser una ausencia, Liliana fue una persona.

Una joven que tenía amigos, sueños, deseos, conversaciones y planes.

También fue alguien que permitió entrar en su vida a un ser oscuro y ese  contraste resulta devastador.

La obra no suaviza el dolor. No intenta hacerlo cómodo porque lo presenta con una fuerza que puede sentirse como un golpe.

Es como estrellarse de frente contra una verdad que duele. Una verdad que nos deja heridos, frustrados, conmovidos para dar paso al duelo, inevitable y silencioso, como otro gran protagonista de la historia.

Ese duelo que no termina cuando se acaba el funeral. El duelo que se instala en quienes permanecen. El que regresa pegando duro al tomar en las manos una fotografía, escuchar una frase, un recuerdo, una pregunta.

Es un duelo que duele precisamente porque no existe la posibilidad de volver el tiempo atrás y porque habrán palabras que nunca pudieron se pronunciarán de nuevo.

Respuestas que nunca llegaron o señales que hoy pueden parecer evidentes y que, en aquel momento, no lo fueron y que después de más de 30 años nadie ha sabido describirlo mejor que el gran Jaime Sabines.


La obra entra en ese territorio íntimo donde la memoria intenta reconstruir lo que ocurrió para encontrar algún sentido y ahí aparece también la enorme importancia de recordar.

Recordar no solamente para llorar.

Recordar para comprender.

Recordar para nombrar.

Recordar para que una vida no termine reducida al momento de su muerte.

Han pasado 36 años y la realidad que rodea la historia de Liliana continúa apareciendo cotidianamente con otros rostros y otros nombres. Los tiempos han cambiado. Las nuevas generaciones cuentan con conceptos que permiten nombrar determinadas formas de violencia con mayor precisión. Se habla de conductas, señales y mecanismos que antes quizá permanecían sin nombre y sin embargo, los hechos siguen ocurriendo.

Esa es una de las preguntas más duras que deja la obra.

¿Qué hemos aprendido si todavía tenemos que contar historias semejantes?

El teatro no responde de manera sencilla y tampoco pretende hacerlo, pero sí abre una conversación y quizá ese sea uno de sus mayores alcances.

La presencia de Cecilia Suárez resulta fundamental porque no intenta ocupar el lugar de Liliana. Lo que hace es abrir el espacio para que Liliana pueda aparecer porque evidentemente la verdadera protagonista no está sobre el escenario sino en la memoria.

Durante la función, el Teatro de la Ciudad permaneció atento, casi suspendido en un silencio que decía tanto como las palabras.

Una actriz.

Una historia.

Muchas voces y una vida que volvía a iluminar el espacio.


Recordé entonces en El violín rojo, aquella película de François Girard de 1998 donde un violín atraviesa distintas épocas y lugares, pasando de mano en mano y conservando algo de la esencia de quienes lo tuvieron cerca.

Liliana también parece viajar de esa manera porque cruza décadas, cruza ciudades, cruza generaciones.

Es ahora capaz de viajar desde las páginas del libro hasta el escenario y del escenario hacia cada persona que decide escuchar.

Liliana hoy es capaz de viajar porque alguien la recuerda, porque alguien pronuncia su nombre, porque alguien quiere saber quién fue y porque una vida no debería desaparecer simplemente porque una persona ya no esté.

Al terminar la función, el público respondió con aplausos que se extendieron durante varios minutos. Cecilia Suárez recibió el reconocimiento durante unos breves instantes y después se retiró.

Fue un gesto significativo, porque como bien lo entendió ella, el verdadero protagonismo no está en la actuación sino en Liliana, en su historia, en su memoria, en todas esas voces que forman parte del libro y que la puesta en escena consigue traer nuevamente al presente.

Quienes estuvimos ahí salimos conmovidos.

Algunos con lágrimas, otros con una sensación de vacío y reflexión que difícilmente desaparece al salir del teatro pero todos, de alguna manera, llevándonos una pregunta, porque la historia de Liliana ocurrió hace más de tres décadas, pero no pertenece únicamente al pasado sino que continúa hablándonos del presente.

Continúa recordándonos que existen más Lilianas.

Más jóvenes que sueñan con viajar, amar, estudiar, conocer el mundo y vivir y que la responsabilidad del arte no termina en conmovernos.

El arte es capaz de hacer conciencia, de incomodar y poner palabras donde antes había silencio.

Puede levantar la voz y también puede recordarnos que la prevención exige algo más que mirar una historia y sentir tristeza, por eso El invencible verano de Liliana encuentra una fuerza especial en el teatro.

Porque la memoria deja de ser únicamente una página y se convierte en presencia.

La paradoja resulta dolorosa: un libro reconocido con el Premio Pulitzer contiene fragmentos de una vida que fue destruida por la violencia, pero quizá también existe ahí una forma de resistencia.

La historia no terminó con el crimen sino que continúa siendo recordada, siendo nombrada y continúa viajando como fue su anhelo.

Este jueves comenzó un festival, sí, pero también comenzó otra cosa ya que durante unos minutos, el arte consiguió detener a un teatro lleno y obligarlo a mirar.

A escuchar.

A recordar.

A sentir.

Y tal vez esa sea una de las formas más poderosas de mantener viva una historia: permitir que vuelva a encontrarnos.

Liliana ya no puede viajar al mar, pero su historia sí y mientras alguien abra el libro, mientras alguien ocupe una butaca, mientras alguien pronuncie su nombre y decida conocerla, aquel verano seguirá siendo invencible.

Imágenes cortesía Arqueles García

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