Antón Araiza: el teatro como espejo de nuestra responsabilidad



Entre el escenario, la cámara y la producción, Antón Araiza entiende la actuación como un oficio que exige tiempo, disciplina y, sobre todo, sensibilidad. En Monterrey, el actor llegó con Los Hardings, una obra que convierte una tragedia ferroviaria ocurrida en Canadá en una incómoda pregunta sobre la responsabilidad humana.

Hay preguntas que el teatro no responde: las deja abiertas, suspendidas en el aire, para que el espectador se las lleve consigo al salir de la sala. Los Hardings, de la dramaturga canadiense Alexia Bürger, pertenece a esa clase de obras. A partir de una tragedia ferroviaria ocurrida en Lac-Mégantic, Canadá, en 2013, el montaje pone sobre la mesa temas como la negligencia, las omisiones, el conformismo y la responsabilidad individual frente a las tragedias colectivas.


En el montaje, dirigido por Sandra Félix y presentado en el marco del Festival de Teatro Nuevo León, Antón Araiza interpreta a un agente de seguros, uno de los tres hombres llamados Thomas Harding cuyas historias terminan conectadas por el accidente.


Para Araiza, regresar a Monterrey con la obra tuvo un significado especial. Hacía más de una década que no participaba en el festival y ahora volvía no solamente como actor, sino también como parte del equipo de producción.

“¿Por qué no hablar cuando sabemos que hay algún problema?”, plantea el actor al reflexionar sobre el corazón de la obra. La pregunta atraviesa Los Hardings: ¿qué hacemos cuando advertimos que algo está mal?, ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad?, ¿qué ocurre cuando preferimos guardar silencio para no convertirnos en “la oveja negra” de una situación?

Una tragedia que podría ocurrir en cualquier lugar

Uno de los aciertos del montaje, explica Araiza, es que la historia suceda en Canadá. La distancia geográfica permite al público acercarse a la tragedia sin quedar atrapado de inmediato en la discusión sobre un caso específico mexicano.


Y, paradójicamente, esa distancia termina acercándonos.

“Todos vivimos esa negligencia porque es humana”, reflexiona.

La obra habla de Canadá, pero el espectador inevitablemente piensa en México. En accidentes que pudieron evitarse, en decisiones que fueron ignoradas, en advertencias que nadie quiso escuchar y en responsabilidades que aparecen demasiado tarde, cuando el daño ya está hecho.

Para Araiza, ahí reside buena parte de la fuerza de la propuesta: en reconocer que muchas tragedias parecen inevitables únicamente después de que suceden. Sin embargo, cuando se revisan sus antecedentes, aparecen señales, omisiones y decisiones que pudieron haber cambiado el desenlace.

La obra, dice, “nos avienta a la cara” esa pregunta.

Construir a un hombre detrás del traje

Araiza fue el primero de los tres actores en leer el texto. En un principio parecía destinado a interpretar al conductor del tren, pero algo en su voz llamó la atención de la directora Sandra Félix.

Su manera de decir los textos tenía cierto desparpajo y cinismo, cualidades que podían funcionar para el agente de seguros.

El personaje, a primera vista secundario, termina adquiriendo un peso fundamental. Es un hombre aparentemente controlado, metódico y exitoso, pero debajo de esa superficie existe una profunda fractura.

Araiza imaginó incluso su mundo cotidiano: un departamento de acero inoxidable, un refrigerador impecable, una vida perfectamente cronometrada, smoothies preparados en licuadora y una existencia aparentemente ordenada.

Todo bajo control.

Hasta que deja de estarlo.

El cuerpo y la voz fueron fundamentales para construirlo. El actor buscó llevar esa frescura y ese cinismo al escenario, hasta llegar al momento en que el personaje ya no puede sostener la fachada.

Es entonces cuando aparece la ansiedad, la culpa y la contradicción de alguien que reconoce que su trabajo puede contribuir a una injusticia, pero que al mismo tiempo se justifica porque de ese trabajo vive.

Ahí el personaje deja de ser solamente “el agente de seguros” y se convierte en algo mucho más incómodo: un reflejo de las pequeñas concesiones que las personas hacemos cuando nuestros intereses entran en conflicto con nuestros principios.


Nombrar a quienes ya no están

Hay otro momento de Los Hardings que Araiza considera particularmente importante: los nombres de las personas fallecidas en la tragedia.

La obra está dedicada a quienes murieron y a quienes resultaron afectados por el desastre. Para el elenco, pronunciar esos nombres no debía ser simplemente un ejercicio de memorización.

Era una forma de devolverles presencia.

“Queríamos justo que fuera eso, ser nombrados”, explica Araiza.

En medio de una historia sobre estadísticas, responsabilidades y consecuencias, los nombres recuerdan que detrás de una tragedia colectiva siempre existen vidas concretas. Personas con historias, familias y proyectos que dejaron de existir.

El gesto es sencillo, pero poderoso: detener la ficción por un instante para recordar que aquello que ocurrió no fue únicamente un acontecimiento histórico, sino una suma de vidas humanas.

Teatro, cine y televisión: tres maneras de respirar

Con más de 20 años de trayectoria y más de 40 montajes teatrales, Araiza ha transitado por el teatro, el cine y la televisión, además de desempeñarse como dramaturgo, director y productor.

Para él, cada lenguaje exige un instrumento distinto.

En el teatro, el cuerpo debe alcanzar todos los rincones de la sala. La voz, los movimientos y la energía tienen que viajar hasta la última butaca.

La cámara, en cambio, permite algo completamente diferente: reducir la escala hasta convertir un gesto mínimo en una acción narrativa.

Un silencio puede decirlo todo.

Una respiración puede convertirse en parte de la escena.

“Si yo respiro, la gente se va a dar cuenta que estoy respirando”, explica al hablar de la intimidad que permite el cine.

Esa diferencia también alimenta su trabajo teatral. El aprendizaje de una disciplina termina filtrándose en la otra. El silencio que funciona frente a una cámara puede modificar la manera de habitar un escenario; la conciencia corporal del teatro puede enriquecer el trabajo frente al lente.

Y está también la televisión, particularmente las telenovelas, un terreno que Araiza reconoce disfrutar por su ritmo y por la posibilidad de habitar situaciones que difícilmente formarían parte de la vida cotidiana.

El trabajo invisible detrás del telón

Pero hablar con Araiza de teatro implica necesariamente hablar de producción.

Porque detrás de una función hay mucho más que actores sobre un escenario.

Hay meses de preparación, ensayos, documentación, traslados, oficinas, instituciones, publicidad y una larga cadena de personas que hacen posible que finalmente se abra el telón.

Araiza considera que el público debería conocer más de esa parte invisible.
Una entrada de teatro puede parecer costosa cuando se observa únicamente desde la butaca, pero el precio debe sostener una estructura mucho más amplia. Y cuando una compañía viaja, como ocurrió con Los Hardings, los ingresos deben distribuirse entre todos los integrantes del equipo.

“Se nos enseñó poco a ser autogestivos”, señala.

Para él, comprender esa realidad también implica cambiar la relación del público con el arte. Los descuentos, las cortesías y las promociones tienen consecuencias económicas reales para las producciones.

No existe una cortesía “en el universo” que no tenga un costo para alguien.

Por eso su invitación es directa: apoyar el teatro comprando boletos y entendiendo que acudir a una función no es solamente consumir entretenimiento. Es contribuir a que un proyecto artístico pueda existir.

El arte como parte de la canasta básica

Quizá una de las ideas más contundentes de la conversación aparece cuando Araiza habla de la función social del arte.

Ir al teatro, a un museo o a escuchar música, sostiene, tiene algo elemental: nos sensibiliza.

Nos recuerda que somos humanos.

En una época marcada por la violencia y la normalización de la tragedia, esa capacidad de sentir al otro adquiere un valor que va mucho más allá de lo cultural.

Para Araiza, el arte debería formar parte de esa “canasta básica” que muchas veces se considera innecesaria.

Porque sensibilizar también puede ser una forma de resistencia.

Lo que le falta al teatro mexicano

Araiza no idealiza el medio. Reconoce que existen problemas de oportunidades, espacios y acceso, pero también pone la mirada sobre la propia comunidad artística.

Habla de autocrítica.

De exigencia.

De preparación.

De dejar de asumir que el reconocimiento simplemente corresponde porque alguien siente que lo merece.

Ser actor, afirma, es un oficio que requiere años. Lo compara con otras profesiones que exigen práctica antes de permitir que alguien asuma responsabilidades mayores.

También considera fundamental aprender a gestionar proyectos, buscar recursos y desarrollar herramientas de autogestión.

La carrera artística, en su perspectiva, no es sencilla ni tiene por qué serlo. Hay que trabajar, prepararse y encontrar maneras de construir las oportunidades que no siempre llegan por sí solas.

“Usa lo que tienes”

Después de más de dos décadas interpretando personajes, queda una pregunta inevitable: ¿qué parte de Antón Araiza aparece siempre sobre el escenario?

Su respuesta apunta hacia la infancia.

Hacia aquello que somos antes de aprender a ocultarlo.

Pero también hacia la capacidad que ofrece la actuación de vivir otras posibilidades: decir lo que jamás diríamos, experimentar lo que nunca experimentaríamos y tratar de comprender a personas que existen muy lejos de nuestra propia realidad.

Un actor observa.

Guarda gestos, voces, comportamientos, silencios.

Y luego los transforma.
Araiza habla incluso de pequeños tics personales que pueden convertirse en herramientas para construir un personaje. Porque para él actuar consiste, en buena medida, en poner todo lo que uno tiene —y también aquello que quisiera tener— al servicio de una historia.

Después de todo, esa es una de las grandes posibilidades del oficio: vivir muchas vidas sin dejar de ser uno mismo.

Los Hardings todavía tiene historia por contar

La presentación en el Festival de Teatro Nuevo León fue una sorpresa para el equipo de Los Hardings. Después de haber estrenado en Ciudad de México en 2024, el montaje continuó encontrando espacios y públicos.

Araiza adelanta que existe la intención de volver a presentar la obra, posiblemente con una temporada de entre ocho y doce funciones, dependiendo de la disponibilidad del elenco.

Mientras tanto, el proyecto continúa buscando escenarios.

Y quizá esa sea la mejor manera de cerrar la conversación: una obra sobre una tragedia que pudo evitarse sigue viajando para encontrarse con nuevos espectadores.

Porque Los Hardings no habla solamente de un accidente ocurrido en Canadá.

Habla de las veces que vemos venir algo y decidimos no intervenir.

De las veces que callamos para no incomodar.

De las decisiones pequeñas que pueden terminar teniendo consecuencias enormes y, sobre todo, de una pregunta que permanece mucho después de que se apagan las luces:

¿Qué responsabilidad tenemos frente a aquello que ocurre a nuestro alrededor?

El teatro no ofrece una respuesta definitiva.

Pero mientras haya actores respirando frente a nosotros, quizá todavía exista la posibilidad de hacernos la pregunta.
**Imágenes tomadas de las redes sociales del artista**

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