La mañana de este jueves 24 de septiembre, Flavio Garciandía estuvo en MARCO para acompañar a los medios durante un recorrido previo a la inauguración de “Autorretrato no autorizado”, la primera retrospectiva dedicada al artista fuera de Cuba. Lo hizo acompañado por el curador Tobias Ostrander, caminando entre cinco décadas de pinturas, ideas, contradicciones, humor y preguntas que parecen no tener una sola respuesta.
Garciandía, nacido en Caibarién, Cuba, en 1954, lleva tres décadas desarrollando su carrera en México. Entre 1995 y 2005 vivió en Monterrey, una ciudad a la que ahora regresa de una manera distinta: no como residente, sino como protagonista de una exposición que revisa buena parte de su trayectoria y de alguna manera se vuelve algo significativo al verlo recorrer MARCO y hablar de su trabajo en este momento de su vida. A pesar de no encontrarse en su mejor momento, como él mismo reconoció, quiso estar ahí, responder preguntas y compartir con quienes llegamos para conocer más de cerca su pensamiento.
Su obra, sin embargo, habla por sí misma.
Son 90 piezas que recorren desde mediados de los años setenta hasta 2020 y que permiten descubrir a un artista que nunca pareció demasiado interesado en quedarse quieto. Garciandía ha construido su carrera precisamente desde el rechazo a permanecer atado a un único estilo, explorando diferentes momentos y lenguajes de la historia del arte para convertirlos en materia de juego, crítica y reflexión.
Incluso el título de la exposición parece una provocación.
“Autorretrato no autorizado”.
Porque, si el autorretrato lo hace el propio artista, ¿cómo puede ser no autorizado?
La respuesta está justamente en la paradoja. Garciandía entiende que un artista puede retratarse sin necesariamente pintar su rostro. Sus contradicciones, sus cambios, sus obsesiones, su humor, sus decisiones y hasta aquello que rechaza pueden terminar construyendo un retrato mucho más complejo.
Durante el recorrido, una pregunta sobre el aburrimiento abrió otra de esas puertas inesperadas. Garciandía ha hablado anteriormente del aburrimiento que le produce repetirse y de su derecho a estar aburrido. Pero, ¿puede el aburrimiento convertirse también en una forma de investigación?
Para él, sí.
El aburrimiento puede convertirse en un terreno desde el cual aparece algo inesperado, incluso brillante. Y ahí aparece nuevamente el humor como herramienta para romper con aquello que parece demasiado solemne o establecido, por lo que su obra no permite caminar frente a ella de manera completamente pasiva.
Hay humor, pero también hay crítica, de la misma manera en que hay referencias a la historia de la pintura, pero también una mirada hacia aquello que ocurre alrededor.
Hay kitsch, exageración, cultura popular y una tensión constante entre lo que consideramos “buen” o “mal” gusto y hay también una postura política que no intenta esconderse.
En piezas como “Tropicalia II” y “Tropicalia III”, las hoces y los martillos aparecen mezclados con palmeras y una pintura que recuerda, en determinados momentos, al gesto de Jackson Pollock. La ironía vuelve a aparecer como mecanismo de lectura. También está “El Síndrome de Marco Polo”, realizada originalmente en 1986 para la segunda edición de la Bienal de La Habana y reconstruida para esta exposición.
Pero quizá uno de los conceptos que más permanece después de escuchar a Garciandía es el de libertad.
Para el artista, el arte no puede existir plenamente sin ella. Un creador que consigue expresarse con absoluta libertad transmite también algo de esa libertad al espectador y ahí la exposición deja de ser solamente una retrospectiva para convertirse en una conversación.
Una conversación entre el artista y quien observa. Entre Cuba y México. Entre el pasado y el presente. Entre lo que parece serio y aquello que puede convertirse en una broma. Entre la pintura y todas las posibilidades que existen cuando un artista se niega a repetirse.
Tobias Ostrander ubica a Garciandía dentro de una generación posmoderna que transformó radicalmente el arte desde el Caribe. Pero al recorrer la exposición queda también otra impresión: la de un creador que encontró en la pintura una manera de cuestionar las reglas de la pintura misma y quizá ese sea el verdadero autorretrato.
No el rostro.
No una imagen fija.
Sino todas las veces que un artista se atrevió a cambiar.
“Flavio Garciandía: Autorretrato no autorizado” inaugura este viernes 25 de septiembre en MARCO, con 90 obras que recorren cinco décadas de producción y una trayectoria fundamental para entender distintas transformaciones del arte cubano y latinoamericano y mientras uno sale de las salas, queda flotando una de las ideas que Garciandía compartió esta mañana: el arte, en el fondo, tiene que ver con la libertad.
Tal vez por eso un autorretrato pueda ser, paradójicamente, no autorizado.
Imágenes por: Arqueles Garcia
Comentarios
Publicar un comentario