“El arte no va a cambiar el mundo… pero lo va a volver más habitable.” AGL
Hay charlas que se sienten como apuntes en una libreta ajena, y otras que son como entrar a una casa donde cada objeto tiene historia, perfume, piel, alma. Así fue dialogar con el maestro Alejandro Rosales Lugo en una charla que no se mide por preguntas, sino por intensidades. Este encuentro nació de la imperiosa necesidad de ir más allá del currículo y conocer al hombre detrás de su obra, de ese niño que soñó con ser artista y que ha entendido que el hacer arte es una forma permanente de amar creando un bien social como una necesidad tan vital como el aire y respirar.
Rosales no responde, pinta. Con palabras, con memoria, con pasión desbordada. Habla de arte como quien habla de sobrevivencia. De cuerpos como galerías vivientes. Del deseo como un músculo estético. “El arte no es novedad, es necesidad”, dice, con la certeza de quien lleva décadas caminando entre el color y la palabra, entre el lienzo y la sombra.
Conversar con él no es simplemente llevar a cabo una entrevista a un artista culto; es adentrarse a una corriente subterránea de sensibilidad, donde la poesía se entrelaza con la pintura, el cuerpo humano, la política y la literatura con los latidos punzantes del erotismo.
La visión desde un estudio tamaulipeco
En ese universo creativo hay lugar para todos los misterios: el amor, la muerte, la memoria, la soledad, los laberintos de Borges, la rayuela de Cortazar, el oscuro deseo de Buñuel, las regiones trasnparentes de Fuentes, los saxos de jazz, las calles de Paris, los amores que duelen o el polvo constante de Tamaulipas...todos logrando coincidir en esos encuentros fortuitos en una noche imposible en la Alameda Central.
"El cuerpo es una galería ambulante", y la frase se queda rebotando como eco vital. "El cuerpo es una antología, una estampa tan antigua, tan nueva y tan distinta...hay que entender eso". Y así, como quien tiene la habilidad de trazar y dibujar con palabras, va delineando una idea poderosa: el arte no está en el objeto, sino en la mirada. No está en la técnica, sino en la herida. El arte es una comunión que empieza desde uno mismo y nos hace respirar donde el amor se convierte en ese punto de unión inalterable.
Regalos inesperados en una pandemia
Durante la pandemia, cuando todo se silenció, Alejandro notó algo hermoso: la gente volvió a mirar. A mirar el cine, los libros, las pinturas. “Se vendía más arte porque la gente estaba en su casa, viviendo su casa”, cuenta. “El arte fue contención. Fue medicina. Fue abrazo.”
Su frase es fulminante y precisa: “Si te vas a contagiar de algo, que sea de arte. Es el mejor contagio del mundo.”
Lo dice sin solemnidad. Más bien con esa chispa de sabiduría traviesa que solo los grandes conservan. Es el mismo tono con el que recuerda sus años dando clases en La Salle, donde enseñaba diseño gráfico con periódicos franceses bajo el brazo para hablar del tamaño de las letras y el tamaño del pensamiento. “Allá se lee. Aquí, a veces, se grita más de lo que se reflexiona” porque para él el arte no se trata de novedad ni de ocurrencias estéticas, sino de una búsqueda constante de sentido. "El arte es la figuración humana, es expresión constante...no tiene que ser nuevo (jamás lo es), tiene que ser verdadero." Por eso se ríe de quienes repiten las mismas fórmulas creyendo que descubren el hilo negro.
El cuerpo como poema, la pintura como acto amoroso
Rosales ha pintado más de cien exposiciones, escrito libros, ilustrado revistas, y aún así conserva algo que pocos conservan: humildad asombrada. “No soy un gran poeta… pero ahí estoy”, dice, casi susurrando, mientras recuerda con cariño cuando participó en la imprenta unitaria de la UNAM siendo apenas un joven hambriento de belleza.
Pero si hay algo que atraviesa toda su obra —y esta charla— es la convicción de que el arte no está en el objeto, sino en la mirada. No está en la técnica, sino en la herida. "Cada poema es un canto a una mujer", confiesa. "Y muchas de mis pinturas y poemas también". No desde la figura fácil ni la trampa del cliché sino desde una erótica profunda, casi cósmica y no como novedad, sino como sustancia universal, por eso no es casualidad que se encuentre incluido en la Antología de la Poesía Erótica Mexicana junto a nombres monumentales.
Locura, orgasmo y creación: la delgada línea
Le pregunto si alguna vez pensó en detenerse. Y se ríe, se ríe como quien se sabe atrapado en su vocación sin remedio. “Nunca. Es lo que soy.”
Entonces habla de Wilhelm Reich con "La función del orgasmo" (1927), de cómo una vida plena y orgásmica —en el cuerpo, en el arte, en el pensamiento— nos hace más felices y más creativos. Cita a Freud, a Alfonso Reyes, a Dali. Mezcla lo histórico con lo íntimo.
“El arte es un gesto humano.” Una forma de amar, de resistir, de no volverse loco en un mundo cada vez más ensordecedor. “Solo los amorosos coinciden”, dice. Y uno siente que esa frase debería estar escrita en las entradas de los museos, o en los cuadernos de los adolescentes que todavía sueñan con crear.
Para Alejandro, la lectura, el arte y el amor son trincheras contra la banalidad, Son ventanas abiertas al mundo y al mismo tiempo, espejos donde podemos observar sin miedo. En un país donde todo parece diseñado para hacernos olvidar lo esencial, él insiste en la belleza, en la pasión, en la obra bien hecha con técnica, estudio y escuela porque cree en confortarse con los grandes, no para imitarlos, sino para entender lo que uno mismo está haciendo. "Si solo te confrontas con los pequeños, jamás crecerás." y su lección es simple y demoledora: sin arte, estaríamos muertos.
Un museo como ofrenda: el legado que viene
Rosales tiene un nuevo sueño: abrir una galería-museo en Tamaulipas, a sus 80 años. Sí, le da risa. Pero también le da sentido. Porque su tierra, dice, “tiene hambre de arte, de belleza, de encuentros reales”.
Y si algo deja claro en esta conversación es que no se necesita ser joven para soñar: se necesita soñar para seguir siendo joven.
“El arte no va a cambiar el mundo… pero lo va a volver más habitable.”
Y uno sale de esta charla distinto. Más ligero. Más lúcido. Más enamorado de la locura de crear.
Porque conversar con Alejandro Rosales Lugo no es solo conocer a un artista: Es mirar por la rendija del alma a un hombre que ha hecho del arte su forma más profunda de respirar.


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