"No cualquiera puede convertirse en un artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier lado y a veces es difícil imaginar el origen más humilde"... comparte el critico Anton Ego en Ratatouille y entonces entiendes el significado sublime de un texto.
Hay palabras que se te quedan tatuadas en el alma, y yo conservo una en especial: “Nunca pierdas la capacidad de asombro.” Una frase que alguien muy querido me regaló y que con el tiempo se volvió un mantra, una promesa que aún intento cumplir porque asombrarse no es ingenuidad. Es resistencia.
En un mundo que a menudo nos quiere endurecer, que nos empuja a sobrevivir sin sentir, seguir asombrándose ante lo cotidiano es una forma de rebelión luminosa.
A veces, mientras manejo o simplemente me pierdo observando la ciudad en donde vivo, me invade un silencio profundo. No el ruido cotidiano, sino ese silencio interno que abre la puerta a la reflexión.
Hoy vivo en una ciudad hermosa, majestuosa, llena de montañas que parecen guardianes eternos y cada vez que las veo, no puedo evitar viajar hacia atrás, hacia esa versión más pequeña de mí, esa niña que aprendió a encontrar belleza en los lugares menos evidentes, en medio del centralito de una ciudad fronteriza entre la escasez y el miedo, entre el puente al "otro lado" y la realidad punzante del abandono en sus múltiples facetas para una ciudad.
Esta reflexión nace de la memoria, de esa ciudad que dejé atrás. Una ciudad que no saldría en un cuento de hadas ni inspiraría películas románticas. Allí, lo que más se escucha son historias de muerte, de desamparo y de violencia que se volvió rutina mientras deambulan por la ciudad camionetas que citan que la ciudad está "imparable", una iniciativa llena de ironía e incongruencia por parte del actual alcalde.
En esa pequeña ciudad fronteriza, el dolor es tan cotidiano que la gente aprende a hacerse dura, como si la piel supiera blindarse para sobrevivir y donde la esperanza se esconde en rincones disfrazándose de fuerza para no romperse.
Y aun así, algo dentro de mí —quizá una semilla que Dios plantó— nunca dejó de mirar con asombro. Ni cuando el mundo era árido ni cuando el alma se sentía sola. Siempre, en lo más oscuro, hubo algo que me hacía detenerme a observar, de seguir creyendo que, incluso en medio del concreto y la pérdida que todavía hay belleza y que muchas veces, las personas más radiantes vienen de los lugares más rotos.
Hay además escenas que se quedan vigentes en el alma y en ocasiones surgen de lugares inesperados… como una película animada: Ratatouille. Ese momento en que Anton Ego —oscuro, serio, intimidante— se transforma frente al poder de una sola cucharada de memoria, con esa reflexión que se ha vuelto eco en mi corazón:
“No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede venir de cualquier lugar.”
Y eso me atraviesa profundamente porque hay quienes venimos de esos lugares que no salen en postales, de pueblos donde el polvo es más abundante que los sueños, donde la violencia se volvió cotidiana y sin embargo, ahí también nacen artistas, personas con una sensibilidad profunda capaces de ver belleza en medio del caos más absoluto.
Desde niña, al viajar en carretera, solía observar esos pequeños pueblos olvidados por el mapa. Me preguntaba cómo era la dinámica de la gente ahí, sin los servicios que yo tenía por sentado. Ahora lo entiendo: quizá no tenían muchas cosas materiales, pero sí poseían algo más valioso: la capacidad de mirar, sentir y apreciar lo mínimo porque a veces lo más puro está lejos del ruido, y lo más resplandeciente puede nacer de lo más oscuro.
Y entonces está el arte. Como bálsamo, espejo y refugio silencioso. A veces en forma de una cinta cinematográfica, o un libro, otras veces como un platillo que remueve la memoria, o en forma de una canción que no sabías que necesitabas.
Es en ese instante cuando el alma busca un rincón donde respirar, que llegan las historias que no solo entretienen sino que te devuelven a ti y pienso en Ratatouille, claro, ese momento sutil y poderoso en que Anton Ego se deja derrumbar por el recuerdo de su infancia y lo convierte en un ser humano sensible con la capacidad de seguirse sorprendiendo, o como en Agua para Chocolate, donde lo culinario se vuelve vehículo de emociones y una forma de liberar lo que a veces no se puede decir en donde muchos nos hemos sentido identificados o en El festín de Babette, una joya donde una mujer aparentemente insignificante transforma, con su cocina, la vida emocional de todo un pueblo. No con palabras, sino con sabor, cuidado y entrega.
Personajes que pueden parecer pequeños a ojos del mundo, son los que más nos enseñan y son capaces de demostrar que muchas veces la grandeza no es estruendosa porque muchas veces la transformación ocurre en silencio y de eso se trata: de aprender a observar, detenernos y dejar que las obras de arte, las escenas que nos tocan, las palabras que resuenan, nos devuelvan la esperanza.
Porque sí, la realidad puede ser brutal y el mundo doler, pero en medio del ruido hay luces, hay belleza, y aún hay tiempo para asombrarse y el arte no es solo distracción. Es memoria, resistencia y una forma de recordarnos que todavía podemos sentir, mirar con ternura y encontrar belleza con la que contar.
No está en dónde vienes, sino en cómo miras y disfrutas lo que tienes a tu lado.

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