Había algo especial en el aire. Una mezcla entre nostalgia, emoción y ese tipo de felicidad que solo llega cuando lo que esperas desde hace años por fin sucede. Así se vivió el regreso de La Barranca a Monterrey este sábado 5 de julio con un Foro Tims repleto de corazones listos para cantar, recordar y dejarse llevar.
Como un presagio en penumbra, el concierto inició envuelto en misterio. Mientras la cortina oscura permanecía cerrada, una melodía ajena - y sin embargo profundamente cómplice- se deslizó en el recinto: Marche en la de Ennio Morricone. Era como un llamado solemne a los espíritus de la música para llegar y tomar asiento. Entonces, en un suspiro de luces difuminadas el telón cedió como velo antiguo y reveló a la banda en su altar sonoro.
Los primeros acordes de "Indestructible" lo transformaron todo, rompiendo el umbral entre lo cotidiano y lo sagrado y en el momento que Aguilera pronunció: “Atizando la hoguera”, eso mismo sucedió. Despertó memorias, sensaciones y un amor colectivo que no paró de gritarle “¡Te amamos!” desde la pista y entonces se agolparon los recuerdos de aquellos años 90 cuando me encontraba trabajando en un programa de radio y un buen amigo llegó con El fuego de la noche, se trataba del debut de esta agrupación que sonaba como un conjuro largamente gestado con un lenguaje propio cargado de loops, guitarras increíbles, tambores prehispánicos, ecos de jazz eléctrico y voces murmurantes como si provinieran desde el interior de la tierra y en ese momento me encontré con "Reptil" con esa pulsión mecánica y oscuridad poética para seguir con "Ruinas", las mismas que te llevaban en un viaje sonoro que hablaba de la búsqueda del espíritu, del origen, de lo ancestral y lo eléctrico y con "Quémate lento", la cual nos guió por ese sendero de brasas emocionales donde cada palabra se percibía como una herida brillante y para quienes han entendido que algunas pasiones no se gritan: se dejan quemar, despacio por dentro.
Cuando Aguilera comunicó que llevaría a cabo un experimento en este concierto para tocar completito El fuego de la noche, el rugido de alegría y fascinación de los presentes se dejó sentir y entonces el ritual dio inicio para empezar a arder en los corazones de los que estábamos ahí trayéndonos 30 años de letras llenas de misterio, belleza, rabia y urgencia barroca para escuchar temazos como "Quémate lento", "Chan Chan", "El alacrán" y "El mezcal".
El reconocido productor, guitarrista, cantante, compositor y creador de Mitocondrias -su proyecto en solitario- nos regaló una noche especial que podía sentirse en la piel e interactuó constantemente con su público contando anécdotas con sus apreciados camaradas Alfonso André y Federico Fong.
A lo largo del concierto, hubo agradecimientos, sonrisas, aplausos y un público entregado que se sabía parte de esta historia. "Es una celebración para ustedes", repetía Aguilera, reconociendo que fue justo en esta ciudad que en 2005 grabó un disco en el estudio El Cielo. Para honrar ese recuerdo, nos compartió una canción de aquel momento y los aplausos no se hicieron esperar, para después escuchar complacidos "Diosa", "Don Julio", "El síndrome" y muchas otras más.
3 décadas, trece discos, muchos riesgos, así como cambios, algunas desconexiones, pero sobre todo una fidelidad brutal al arte de la música, a la búsqueda, a esa forma de ejecutar gloriosamente cada instrumento que al unirse logran esa atmósfera especial que solo La Barranca ha podido generar creando su propio universo y quienes la seguimos lo sabemos: hay algo en las letras, en cada acorde, en las guitarras, en es mística que nos toca por dentro como el imán que de noche sigue atrayendo las estrellas en un manantial que va trascendiendo para abrazarnos en la penumbra agitada de esa vibración antigua que genera un puente entre lo que fuimos y podemos ser cuando la música nos recuerda que también estamos hechos de tierra, de luz, de sombras y fuego. Monterrey no solo aplaudió-agradeció.


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