Algunos artistas nacen con una guitarra entre las manos; otros se convierten en su instrumento. Pavel Cal es de los segundos. Su vida, como su música, es un viaje constante entre armonías, silencios, fronteras y emociones. Y es que hablar de Pavel no es solo repasar una carrera impecable de más de dos décadas, sino asomarse a un alma que ha hecho de cada nota un acto de amor, y de cada escenario, una extensión de su hogar.
Aunque su acta dice que nació en la Ciudad de México, su corazón se formó en Reynosa, Tamaulipas, la ciudad que lo abrazó de niño y a la que hoy honra con orgullo. “Me siento profundamente identificado con Reynosa, porque ahí crecí, hice amigos entrañables y, sobre todo, conocí al amor de mi vida”, me confiesa. Pavel no olvida de dónde viene, ni quién lo acompaña. Sabe que el arte se sostiene mejor cuando hay raíces firmes.
De Reynosa a Berklee: el salto de fe
Después de terminar la prepa, tomó una decisión valiente: seguir el llamado de la música. Fue aceptado en la prestigiosa Berklee College of Music en Boston, una meta que muchos sueñan, pero pocos alcanzan. Ahí comenzó a entender que la técnica y el corazón deben ir de la mano, que el virtuosismo no sirve si no hay intención. Y esa ha sido su brújula desde entonces: tocar con sentido.
El estar tan cerca de la frontera le permitió empaparse de lo mejor de dos mundos: los ritmos latinos que laten en su sangre y las corrientes del jazz, el soul y el R&B que cruzaban desde Estados Unidos. Esa dualidad marcó su estilo, y hoy lo vemos plasmado en cada arreglo, en cada solo de guitarra que fluye como río… como el Río Bravo, justamente, nombre de una pieza de su autoría que nos deja entrever la fuerza y la nostalgia de vivir entre dos culturas.
Una carrera junto a gigantes (y siempre con humildad)
Desde 1997, Pavel ha compartido escenario con artistas de talla internacional: Juan Gabriel, Alejandra Guzmán, OV7, Ana Bárbara, Kalimba, Edith Márquez, Ximena Sariñana, por nombrar solo algunos. Pero nunca se ha dejado cegar por los reflectores. Para él, el verdadero éxito es el que se construye en equipo. “Nuestro trabajo como soporte musical es lograr ese vínculo que permita sostener al cantante en escena, para que pueda jugar, soltarse, y generar magia con el público”, explica con la calidez de quien sabe que la música no es un acto individual, sino una danza colectiva.
Y qué decir de su largo camino junto a Sin Bandera, donde desde hace más de 20 años es el guitarrista oficial. Un viaje lleno de emociones, conciertos memorables y un público que vibra con cada acorde. La energía que se genera en esos shows no es cualquier cosa: “Después de un concierto ante miles de personas, es importante aterrizar. Todos nos relajamos, cenamos, platicamos. Es parte del equilibrio. Porque antes que músicos, somos personas que sienten y necesitan reconectar con la vida real”, me dijo en una de las partes más honestas de nuestra charla.
De la docencia al Grammy: el eco de su legado
Pocos saben que fue maestro de armonía de Natalia Lafourcade en la Academia de Música Fermata, allá por los años 90. Años después, volverían a cruzar caminos: Pavel hizo los arreglos para el tema “No más llorar”, incluido en el icónico álbum Hasta la Raíz, ganador del Grammy. También colaboró con Leonel García en el tema “Amor Pasado”, ganándose el reconocimiento como realizador y director del Mejor Álbum Folclórico del 2021 en los Latin Grammy.
Su sello está ahí, en esas canciones que tocan el alma sin necesidad de gritar. Su música sabe susurrar, acariciar, emocionar.
El Quinteto ARSA: volver a jugar, volver al origen
Entre giras, grabaciones y colaboraciones, Pavel se da espacio para sus propios proyectos, como el Quinteto ARSA, una fusión de jazz y libertad creativa que comparte con amigos músicos de Sin Bandera. “Para mí es vital seguir creando. Siempre tengo esa inquietud y me busco el tiempo para hacer mis propias piezas”, cuenta. Y es ahí donde lo vemos más libre, más él. Sin ataduras, sin fórmulas, solo jugando con sonidos como cuando éramos adolescentes.
La importancia del amor, del hogar y de los pies en la tierra
Una parte esencial de su historia es Any, su compañera de vida desde hace más de dos décadas. En un mundo donde el aplauso puede volverse adictivo, ella es su ancla, su calma, su verdad. “Es importante tener a alguien a tu lado que respete lo que amas, pero también que sea tu pila cuando vuelves a casa después de una gira o una noche de insomnio”, dice Pavel con los ojos brillando.
Habla de la música como quien habla del amor de su vida: con respeto, con pasión, con humildad. Y es ese equilibrio entre talento, disciplina y humanidad lo que lo hace tan especial.
Un artista que sigue tocando vidas
Hoy, cada vez que veo a Pavel sobre el escenario, me acuerdo de aquel chavo de 16 años sentado en las escaleras del CBTis #7, ensayando conmigo el coro de Rapsodia Bohemia, emocionado por los matices de las voces, por la grandeza de Queen, por el arte que ya empezaba a habitarlo.
El niño sigue ahí, pero ahora convertido en un artista que ha tocado miles de vidas con su música. Un creador que, sin alardes, ha sabido dejar huella en lo más importante: en el corazón de quienes lo escuchan.
¡Gracias por tu arte, tu amistad y por recordarnos que la buena música nunca pasa de moda!
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