No hay manera de escuchar "Eternamente" o "Sin ti no sé continuar" sin que un nudo en la garganta aparezca. Para quienes crecimos en los noventa, esas canciones eran parte de nuestra vida diaria: en la radio, en los cassettes, en las fiestas, en la madrugada cuando todo dolía más. Eran himnos de juventud, y lo siguen siendo, solo que ahora los escuchamos con una mirada distinta, porque sabemos que Xava Drago ya no está con nosotros.
La música conecta cuando viene del corazón, y eso era lo que pasaba con Xava y Coda. No importaba si estabas roto, feliz, confundido o enamorado: su voz siempre encontraba la manera de llegar directo. Esa honestidad artística fue lo que nos unió como público y lo que nos hizo estar atentos a cada noticia sobre su salud, esperando, como si fuéramos familia, que los tratamientos funcionaran y que pudiera seguir cantando.
Algo que siempre he admirado de la escena nacional del rock es su capacidad de unión. Lo vimos tras el terremoto del 85, lo vivimos en los 90 cuando bandas se sumaban a distintas causas, y lo seguimos viendo hoy: más allá de los egos y las luces del escenario, siempre ha habido una camaradería real, un apoyo sincero. Coda y sus contemporáneos nos demostraron que, en el fondo, el rock no es solo música: es humanidad compartida.
Hoy nos duele la pérdida, pero también celebramos el legado. Porque Xava se queda en nuestras memorias y en esas canciones que ahora, más que nunca, son himnos eternos. 🙌

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