“Seguimos teniendo las mismas ganas de comunicarnos persona a persona. Ahora lo hacemos desde un celular, pero la pulsión es la misma.” y ese hilo conecta directamente con los orígenes del movimiento que ayudó a gestar. Porque el ska mexicano —como él mismo insiste— no es sólo un género, es un movimiento cultural nacido en las periferias de la Ciudad de México, alimentado por el rock urbano, Maldita Vecindad, Tijuana No!, los hoyos funkies y una identidad que no pidió permiso para existir.
“El ska mexicano no es sólo ska. Es una fusión. Es un movimiento que se gestó en las periferias y que encontró una identidad propia.”
Rocotitlán: el veto que encendió una escena
Uno de los momentos más potentes de la charla llega al hablar de Rocotitlán, ese templo del rock noventero donde tocar significaba “existir”. Paradójicamente, fue el veto lo que empujó a Los Estrambóticos —y a muchas bandas más— a buscar otros territorios.
“Nos vetaron de Rocotitlán… y gracias a eso nació el movimiento del ska mexicano como lo conocemos.”
Expulsados del centro, encontraron refugio en las periferias, junto al rock urbano, Trolebús, Tex-Tex, El Haragán, Banda Bostik. Ahí, entre piedras, resistencia y escenarios improvisados, se empezó a cocinar una música distinta, híbrida, mestiza.
“No era rock and roll, no era ska puro. Era una pulsión. Una música de todas partes.”
Más allá de la música, Pino habla desde su formación en Bellas Artes y desde su obra gráfica reconocida por Corazón Chilango, donde el arte y la arquitectura se cruzan como memoria urbana.
“Si el arte no es social, no es arte. Tiene que servir, conmover, reflejar a la sociedad.”
Para él, componer una canción o diseñar una obra visual es el mismo acto: resolver, comunicar, mover algo en el otro. No es casualidad que cite a la literatura como su raíz más profunda. “Nunca he escrito un libro, porque todo termina convirtiéndose en canciones.”
Desde los cassettes que circularon de mano en mano hasta los conciertos maratónicos, la convicción sigue intacta: el arte tiene que servir, incomodar y acompañar porque como cantan Los Estrambóticos, “lo que se vive juntos no se olvida” y eso explica por qué su música no envejece: se transforma con la gente que la canta.
Tal vez Pino Ruelas nunca publicó un libro, pero su obra se lee en cada verso cantado y en cada imagen dibujada. Sus canciones están hechas de palabras que caminan el barrio, que piensan la ciudad y que regresan convertidas en coro colectivo. “Las historias no se guardan, se cantan”, dicen sus canciones y en ese acto de cantar juntos, la literatura encuentra cuerpo.
Monterrey: pasión, identidad y hermandad
Cuando la charla se traslada al norte, Monterrey aparece como una plaza única. No sólo por su intensidad, sino por la hermandad construida con bandas como El Gran Silencio, Cabrito Vudú y Los Skaterrestres.
"Monterrey es una ciudad hipnotizante, intensa. Es una de las plazas más especiales para nosotros.”
El próximo 27 de diciembre, Los Estrambóticos regresan por la puerta grande al Río 70, en un show cercano, de barrio y comunión real en "La última del año"
“Cuando ya no importa tu voz y lo que importa es lo que todos cantamos juntos, ahí pasa la magia.”
Más que un concierto, será un cierre de año cargado de historia, baile, mosh, celulares levantados y esa energía que sólo aparece cuando el arte deja de ser del artista y se vuelve de todos.
Wow amo que no pierden su sencillez gracias por tu talento
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