"En el arte no hay edad, ahorita es el momento perfecto para llevar mi voz y compartir cada aprendizaje desde la música que nos une"
Su más reciente sencillo, Eres Luz, no es una novedad en el sentido industrial de la palabra. Es, más bien, una confesión compartida. Un acto de entrega. Una conversación íntima que, con el tiempo, decidió abrirse para otros. Escrita hace siete años tras la muerte de su padre, la canción permaneció en silencio durante mucho tiempo. No porque no fuera importante, sino porque dolía demasiado. Algunas canciones también necesitan madurar en la sombra.
“Eres Luz fue una conversación íntima con mi papá”, confiesa Valle y esa intimidad se siente. No hay dramatismo forzado, no hay impostación. Hay quiebres reales, respiraciones que pesan, palabras que no buscan cerrar heridas, sino acompañarlas. En su voz no hay prisa ni espectáculo; hay verdad. “Esta canción no es para que me califiquen como cantante, es para que se sienta”. Esa mirada atraviesa toda su obra. Las canciones de Valle dialogan entre sí como capítulos de una misma conversación: amor, pérdida, gratitud, conciencia, maternidad, servicio. “Es mi biografía”, confiesa, “pero también la de muchos”.
La producción, a cargo de Memo Méndez-Guiú y Joel Alonso, entiende perfectamente ese lugar. El piano, las cuerdas y las capas vocales construyen un paisaje sonoro que no invade, sino que sostiene. Cada arreglo parece respetar el silencio entre las notas, como si supiera que ahí también habita la emoción. La voz de Valle no se alza por encima del oyente: camina a su lado.
Pero Eres Luz no es una excepción dentro de su obra. Es parte de una conversación más amplia que Valle ha venido construyendo a lo largo de más de dos décadas. Sus canciones dialogan entre sí como capítulos de una biografía emocional donde aparecen el amor, la pérdida, la maternidad, la conciencia y el servicio. “Es mi historia”, dice, “pero también la de muchos”.
Valle ha habitado la música desde distintos frentes: compositora, ingeniera de grabación, productora. Ha colaborado con figuras fundamentales de la música mexicana, aprendiendo de cada encuentro y aun así, ha conocido la invisibilidad, el cansancio, las ganas de rendirse. Especialmente en una industria que sigue cargando estructuras patriarcales, pero hay algo que siempre la ha traído de vuelta: la necesidad del alma. Esa voz interior que no se calla.
Hubo un momento en que eligió pausar. Ser madre se convirtió en su prioridad absoluta. Sus hijos llegaron a través de la adopción, y hablar de ello no es para Valle un discurso, sino una vivencia profunda que atraviesa su música y su manera de estar en el mundo. “Mis hijos son mi sueño hecho realidad”, afirma con serenidad. “No existe la familia normal. Todas las familias son distintas y todas son igual de válidas”.
Esa mirada amorosa y consciente también define su forma de entender el arte. Para Valle, la música es servicio. Vive en Tepoztlán, rodeada de naturaleza, comunidad y causas sociales. Es voluntaria en una casa hogar, participa activamente en proyectos con impacto comunitario y suele llevar su música a espacios donde sanar también es una forma de resistir. “Que la canción abrace, que ayude a llorar, que acompañe: para eso está”.
En un tiempo donde la industria privilegia la velocidad y la juventud eterna, Valle crea desde la madurez sin pedir permiso. “En el arte no hay edad”, dice. Hoy escribe desde la experiencia, desde lo vivido, desde la conciencia que llega cuando una deja de huir del dolor y aprende a mirarlo de frente. No para negarlo, sino para elegir dónde poner la mirada. “El dolor es inevitable”, reflexiona, “pero el sufrimiento es opcional”.
Quizá por eso su música no busca respuestas rápidas. Ofrece algo más honesto: compañía. Un espacio donde el duelo puede respirar, donde la tristeza no se esconde y donde la gratitud aparece, incluso en medio de la pérdida, como un pequeño acto de luz.
Eres Luz no promete sanar, pero acompaña. No explica la ausencia, pero la nombra con amor. Y en ese gesto, Valle confirma que hay canciones que no suenan en la radio, pero sostienen el corazón y eso, en estos tiempos, es un acto profundamente político y profundamente humano.
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