La música siempre ha tenido una forma misteriosa de colarse entre las grietas de la vida. A veces llega como un susurro que acompaña la madrugada. Otras, como un relámpago que hace brillar todo lo que somos.
Yo crecí en una casa donde la música no era un accesorio: era lenguaje cotidiano.
No existía el silencio absoluto, sólo guitarras despertando el día, tríos afinando la memoria, voces que se volvían paredes, ventanas, respiración. Desde muy pequeña aprendí a reconocer lo auténtico. No por teoría, no por técnica… sino porque lo real se siente primero en el pecho, donde la emoción golpea antes que la razón.
Led Zeppelin, Earth, Wind & Fire, Alan Parsons construyendo constelaciones de sonido, Astrud Gilberto flotando como brisa de verano, Stevie Wonder como un universo que late por sí mismo. Todas esas voces me enseñaron que la música no es algo que escuchas: es algo se vive y sin saberlo, ahí se estaba formando el centro de mi vida.
Llegar una hora antes al Auditorio Banamex fue parte del ritual. Ese instante donde todo empieza a tomar forma antes de la primera nota. Ahí, entre mesas altas, pequeñas barras listas para atender a clientes sedientos y el ir y venir de cervezas, bebidas y snacks, se escucha el murmullo de quienes saben que están a punto de presenciar algo especial. No es un público cualquiera: son personas conscientes de estar frente a la historia viva de la música.
En los rostros se dibuja una emoción compartida. No importa la edad. Hay generaciones completas reunidas por un mismo latido. Ese es el poder de estos conciertos: unir tiempos, memorias y sueños en un mismo espacio.
Christopher Cross: abrir la ventana del alma
A las 9 en punto, Christopher Cross tomó el escenario acompañado de sus coristas, vestidas con elegantes vestidos largos en tonos rosas, un saxofonista, pianista, guitarrista y baterista que, sin necesidad de grandes pantallas ni despliegues tecnológicos, llenaron el recinto de calidez y matices precisos.
Con sombrero gris oscuro y traje negro, Christopher se mostró profundamente agradecido de regresar a México. Compartió que una de sus canciones nació después de un viaje a África, una experiencia que —dijo— cambia la vida y se le cree, porque su música siempre ha tenido esa cualidad: la de venir de lugares profundos.
El Auditorio Banamex, completamente sold out, lo arropó con ovaciones y coros sinceros, algo que lamentablemente no pudo suceder días antes en el Palacio de los Deportes, donde lo hicieron comenzar media hora antes, cortando un poco la magia del encuentro. Aquí, en Monterrey, el tiempo se respetó como se respeta a los grandes.
Uno de los momentos más emotivos llegó cuando tradujo Open Your Window al español —Abro mi ventana— como un gesto de respeto y amor hacia el público mexicano, haciendo un delicado dueto con una de sus coristas. Entre flores rosas, blancas y amarillas, nopales y flamingos decorando el escenario, la música se volvió puente, idioma compartido, abrazo colectivo.
El setlist fue un viaje directo al corazón:
All Right, Never Be the Same, I Really Don’t Know Anymore, Walking in Avalon, Alibi, Sailing —fascinante y maravillosa—, Arthur’s Theme, Abro mi ventana, The Light Is On, No Time for Talk y Ride Like the Wind.
No pudo haber mejor guía para abrir este recorrido hacia las profundidades del alma.
La espera antes de Toto
Tras media hora de preparación de equipos, mientras el público se acomodaba nuevamente en sus asientos, el ambiente se llenó de guiños musicales: Hungry Like the Wolf y Rebel Yell sonando como recordatorio de que los ochenta siguen vivos, palpitando en la memoria colectiva y entonces apareció Toto.
La banda que no nació del escenario, nació del estudio, de las manos invisibles que sostienen el pulso del mundo desde el fondo: los músicos de sesión. Alquimistas silenciosos capaces de convertir ideas en sonido, de darle forma a canciones que recordamos incluso sin saber por qué.
Escuchar Africa, Rosanna, Hold the Line es abrir una puerta al pasado sin dejar de habitar el presente. Son canciones que siguen brillando porque no fueron hechas para una época: fueron hechas para el alma.
La música es un idioma universal, y no es una frase ligera. Los compases, los ritmos, las armonías pueden alinearse con nuestros latidos, penetrar la piel, provocar esa “piel chinita” que no necesita traducción. Desde Pitágoras y su idea de que la música es el lenguaje de las matemáticas, hasta estudios modernos de neurociencia, seguimos preguntándonos qué hace especial a una canción. No es sólo la estructura perfecta: es la emoción que despierta. No es casualidad que Africa haya sido señalada por estudios científicos como una de las canciones más “perfectas” jamás creadas. Pero más allá de la teoría, la noche del 19 de diciembre, lo que ocurrió fue algo completamente humano: sentir.
El concierto
Después de su presentación en el Palacio de los Deportes el 16 de diciembre, Toto llegó a Monterrey para recordarnos por qué son gigantes. El setlist fue un recorrido impecable: Child’s Anthem, Carmen, Rosanna, 99, Mindfields, Pamela, I Won’t Hold You Back, Georgy Porgy, I’ll Be Over You, Stop Loving You, I’ll Supply the Love, Hold the Line y cerrar, como debe ser, con Africa.
Cada canción fue un disparador de imágenes, emociones, recuerdos. Hablar de Toto es hablar de una época donde la vida se vivía a otro ritmo. De un siglo que rompió estereotipos, desde la liberación femenina hasta la llegada a la luna, desde el blues y el jazz nacidos del dolor hasta el pop que iluminó los años ochenta.
Formados a finales de los setenta en California, estos músicos de sesión —muchos de ellos contratados por Quincy Jones para tocar en Thriller de Michael Jackson— definieron gran parte del sonido pop/rock de los ochenta. No es exageración: es historia.
Regresar a casa
Mientras sonaban esas canciones, me vi de nuevo jugando con mi hermano en casa de mi abuela, escuchando discos en el estéreo de mi tío, melómano de corazón. Sentí esos brazos que ya no están, pero que siguen abrazándome a través de la música. Ese lugar seguro que me formó, que me enseñó que el arte sana, transforma y conmueve hasta las lágrimas.
La alineación de Toto ha cambiado con los años, pero Steve Lukather y Joseph Williams continúan liderando el proyecto con el mismo espíritu. Elegancia, precisión, sensibilidad. Pueden tocar hard rock, jazz, soul, pop… porque lo saben todo, porque han vivido dentro de la música.
Este concierto no fue sólo un espectáculo. Fue un viaje musical a través de épocas, continentes y memorias. Fue cerrar 2025 con broche de oro, después de haber presenciado a gigantes como Alan Parsons, Chicago y Earth, Wind & Fire.
Hay bandas que no pasan de moda porque entran por el corazón y Toto…siempre ha permanecido ahí y eso lo podemos asegurar las más de 8000 almas que estuvimos presentes unidas por este fabuloso gusto musical que se sigue preservando en las nuevas generaciones como la joven pareja con la que me topé saliendo del recinto junto a su pequeña hijita de 5 años, lo que me hizo suspirar y esbozar una sonrisa al saber como bien dice la canción de Fito Paez... "¿Quién dijo que todo está perdido?".
Imágenes proporcionadas por: Ocesa/Apodaca Group
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