Hay momentos que no se pueden explicar, solo se sienten en el pecho como una vibración sagrada. Como cuando por fin, después de años de soñarlo, escuchas en vivo la música que te formó, que te sostuvo cuando no sabías hacia dónde ir, cuando el arte era tu única brújula. Este ha sido ese año.
Ver a Alan Parsons fue como abrir una ventana al alma del sonido. Un artista, un genio, un ingeniero de la emoción y la perfección sonora. Lloré. No por tristeza, sino por esa belleza abrumadora que pocas veces se vive tan de cerca. Porque sí, los genios existen, y a veces están frente a ti, moldeando frecuencias como quien escribe poesía en el aire.
Luego, Chicago. Una banda legendaria, con ese pulso de época, con ese eco de juventud que me hizo volver a los días donde la vida era un enigma y la música, un refugio. Escucharlos fue tocar la historia con los dedos, y también con el corazón.
Y hoy… hoy recibo la noticia que me sacudió de nuevo: Toto viene a Monterrey. Esa increíble banda que no solo se escucha, se siente en la piel, en la sangre.
Referentes absolutos de calidad, de virtuosismo, de arte bien hecho. Desde hace años lo deseaba y el próximo 19 de diciembre será una realidad para escribir una nueva página en la historia musical de muchas almas, que como yo crecimos con los acordes inolvidables de Toto.
Corrían los 80. Yo era apenas una niña, pero ya sentía algo especial cuando sonaban temas como “Africa”, “Rosanna”, "99", "Georgy Porgy","Stop Loving You" o “Hold the Line”. No sabía aún mucho del mundo, pero sus armonías me enseñaron a escuchar con atención, a distinguir una guitarra brillante, una voz poderosa, un arreglo que te eriza la piel.
Fue con Toto que entendí que la música no solo se oye, se vive, se respira, se guarda en el pecho y hoy a décadas de distancia, sigo reconociendo en ellos una virtuosidad que cualquier músico aplaude. Porque el arte, cuando es auténtico, trasciende el tiempo y se convierte en legado.
Toto no es solo una banda, es una fenómeno atemporal. En escena nos muestra su técnica impecable con un repertorio que toca las fibras más profundas.
Su sonoridad es perfección, sentimiento y técnica a partes iguales y lo que me queda claro es que el verdadero arte, cuando se vive así, es capaz de transformar vidas y logra que te reencuentres con la esencia misma del rock, del soul, del pop más fino con ese toque clásico que les distingue y que llega al alma para dejar entrar un poco de eternidad.
¡Bienvenido a Monterrey, Toto!



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