Aún recuerdo claramente ese momento a mediados de los años 90. Yo con casi 20 años y con el mundo a mis pies (según mi propia perspectiva), mientras recorría la pequeña ciudad fronteriza de donde soy originaria tuve el encuentro fortuito con un póster que promovía la última cinta del cineasta manchego del cual solo había leído y escuchado en pláticas con amigos que amaban el arte, el cine y la poesía igual que yo. Era en ese discreto y pequeño refugio de artistas, escritores y maestros donde escuché el nombre de Pedro Almodóvar. El director escandaloso, provocador, incisivo, atrevido y desafiante, así que devoré libros, revistas para conocer más de este personaje que sin lugar a dudas rompía todos los esquemas y me encantó porque ser parte de una ciudad como la mía, el ser sensible de alguna forma nos convertía en seres transgresores y opuestos a la cultura de la machaca donde el arte era más un susurro que una presencia.
Eran ya los años 90 y Almodóvar había logrado llegar más allá de las salas cinematográficas de las grandes ciudades y pude comprobar en ese primer encuentro las grietas de la estructura del cine convencional donde aquí sin tapujos era mostrada la vida cruda y a la vez cargada de poesía. Fue prácticamente presenciar un fenómeno insólito. Un cine atrevido, sí, pero lleno de humanidad. Usando sin discreción una paleta visual de colores intensos, heridas abiertas, vulnerabilidad y belleza. Era como si de repente alguien hubiese tomado todas esas emociones que a veces son difíciles de describir o nombrar y las hubiese convertido en escenas con personajes honestos y reales mientras la chispa visionaria logró además dar una segunda oportunidad a la amargura irónica de una Chabela Vargas a través de esa voz aguardentosa que le añadía una dimensión más profunda a las tramas. Así que ahí, me capturó.
Y después de unos años, llegó Todo sobre mi madre.
Una cinta que no solo me conmovió: me traspasó. No hace falta ser madre para entender el dolor que ahí se respira. Basta haber amado, haber perdido, haber sentido. Porque Almodovar no solo es un excelente narrador de historias, tiene la particularidad y talento de cantarlas, llorarlas y vestirlas de rojo brillante con azul de hospital. Detrás de cada personaje hay una constelación de heridas y deseos que se entrelazan como si cada cinta fuera un capítulo de una novela infinita espejeándonos y que se vuelve más robusta con el transcurrir del tiempo.
Con el tiempo descubrí que en La flor de mi secreto ya germinaba esa historia materna. Que Todo sobre mi madre no surgió de la nada, sino como una prolongación emocional de aquel texto que aún no terminaba de escribirse. Como si cada filme estuviera alimentando a los otros en un proceso de autoconstrucción emocional y estética. Eso lo entendí mejor después de leer "El último sueño", donde el propio Pedro revela cómo todas sus películas están conectadas por una raíz profunda, aunque a veces no lo supiera desde el principio. No todo estaba trazado con precisión, pero la intuición ya marcaba el camino.
Las pistas están ahí: Hable con ella y ese “amante menguante” que, en una de las escenas más extrañas, absurdas y conmovedoras del cine, se reduce para entrar al cuerpo de la mujer que ama. Surrealista, sí. Pero también es una metáfora bellísima del deseo que se anula a sí mismo, del amor que se hace diminuto para no hacer daño, o para existir dentro del otro y del deseo que consume desde adentro mientras nos habla del abandono, el silencio y las pérdidas una vez más.
Y así, una a una, cada película va dejando migas de pan que llevan al corazón de un universo único. Los guiños a Truman Capote en sus personajes de pluma afilada, la estética onírica heredada de Buñuel, las mujeres que podrían ser heroínas de Tennessee Williams, la pasión contundente de Lorca, las casas que parecen escenarios de teatro, y ese Madrid que es a la vez refugio, cárcel, altar y teatro.
Pedro Almodóvar no solo hace cine. Teje una autobiografía emocional donde todos, en algún momento, nos reconocemos. Nos presta sus colores para que miremos nuestros propios recuerdos, sus diálogos para hablar con nuestras sombras, su dolor para legitimar el nuestro.
Volver a disfrutar de sus películas es, para mí, como leer un diario íntimo escrito en neón y sangre. Un espacio donde lo marginal es centro, lo femenino es fuerza, y la verdad —aunque duela— es siempre bienvenida y su libro es de alguna forma la manifestación del arte usándose a sí mismo como terapia, como exorcismo, como un acto de amor propio. Una voz que se desdobla en sus obsesiones, en sus contradicciones, en esa necesidad de narrarse desde el margen, desde el deseo, desde el tabú.
Porque narrar la vida desde otros ojos también es una forma de sobrevivirla.
Y ahí está la clave de todo su cine: una voz que se fragmenta para poder contarse mejor. Una verdad que solo puede surgir desde lo torcido, lo incómodo, lo poético. Una vida que, aunque a veces no se entiende, se siente y quienes lo vemos, no salimos ilesos. Salimos más conscientes, más rotos, más libres.
Si algo he aprendido viendo sus películas es que la vida es como su cine: cruda, saturada, desbordada… pero también profundamente humana. Un eterno retorno a lo que somos cuando se apagan las luces y solo queda el corazón latiendo frente a la pantalla.
Dedicada con cariño a mis amigas/hermanas Guerrero, a su hogar que me cobijó siempre y a grandes amigos y camaradas que compartimos horas de sueños, lucidez y fiesta llena de pasión y sobre todo, arte.

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