“El tiempo es destructivo… pero la poesía me devuelve al valor del presente. Me devuelve a la vida.”
Así, sin solemnidad, pero con una hondura que atravesó la sala como un suspiro contenido, José María Muñoz Quirós se sentó a conversar en La Milarca el pasado viernes 6 de junio. No fue una rueda de prensa común. Fue más bien un encuentro de almas, un espacio suspendido en el tiempo donde las palabras se respiraron como si fueran incienso: lentas, esenciales, verdaderas.
Poeta español, Premio Castilla y León de las Letras, José María no escribe desde la distancia del pedestal. Es un poeta de tierra y cielo, de infancia, vino, silencio, lecturas profundas y paisajes amados. Cree en la palabra como en una casa donde caben tanto el dolor como la luz. Y nos recordó que la poesía, lejos de ser ornamento o consuelo tibio, es una herida abierta… y también su medicina.
“La poesía abre la herida, sí. Pero también la sana.”
Vivir con gozo: poética del instante
Al preguntarle sobre la función de la poesía en medio del vértigo moderno, y su respuesta fue clara y luminosa:
“El presente es fugaz, se resuelve con premura. Pero la poesía me ayuda a habitarlo, a detenerme. Me enseña a vivir con gozo.”
Ese gozo no es superficial: es un gozo profundo, de quien ha bebido la vida a sorbos grandes. Lo dijo casi como una receta para el alma: leer con hambre, mirar con asombro, perderse en paisajes, compartir el pan y el vino, abrazar a los amigos.
“La poesía es celebración. Y para celebrarla… se necesita música.”
Silencio sonoro: música como consuelo
José María habla de Bach con reverencia absoluta. En especial de la Pasión según San Mateo, que para él es prueba irrefutable de la existencia de Dios.
“Bach es el cielo. Cuando estás más solo, Bach es apetencia de un más allá.”
Pero no se queda en lo clásico. También evoca con cariño a Silvio Rodríguez o Pablo Milanés, a quienes llama “poetas con melodía”. La música, dice, le ofrece un refugio. Un espacio de expansión.
Porque la poesía también puede sonar.
La fe como mirada compasiva
“Me encanta Dios”, dijo con sencillez, cuando surgió el tema de lo espiritual.
“Soy católico. Pero lo que me interesa no es el dogma, sino la comprensión del otro. La fe como forma de mirar el mundo con compasión.”
Y esa compasión se vuelve lenguaje. Se vuelve forma de estar en el mundo.
Nos habló de la Biblia como escuela poética y moral: “No hay versos más hermosos que el Cantar de los Cantares o los Salmos. La Biblia inicia en la poesía, y por tanto… en la verdad.”
De Ávila, los cómics y los clásicos
Al hablar de su infancia, sus ojos se volvieron paisaje. Recordó a su padre comprándole tebeos, cómo el germen de la lectura empezó con la emoción de una historieta.
“Hay que empezar desde lo básico. Todo lo que se lee, vale. Luego vas aprendiendo a distinguir, a buscar calidad, a ir subiendo la escalera.”
Y aunque ahora transita con soltura a Borges, a los místicos, a los grandes poetas de la tradición, no olvida el frío de su tierra ni el silencio de Ávila, ciudad amurallada que forjó su carácter.
“La infancia es siempre nuestro paraíso. Si no tienes a dónde ir… vete a la infancia. Ahí está el origen.”
La palabra como acto de resistencia
Cuando le pregunté cómo evitar “malgastar las palabras”, su respuesta fue tan certera como poética:
“Darlas a quien no puede entenderlas… eso es malgastarlas. Pero los poetas estamos para purificar el lenguaje. Para regresar la palabra a su estado esencial. En medio del ruido del mundo, nosotros escuchamos lo que importa.”
Y mientras lo decía, en su voz se intuía la urgencia por una poesía más humana, más verdadera, más comprometida con el alma que con el ego.
Un lenguaje que no se repita ni se copie, que se viva con intensidad. Que cure.
El arte que salva
Contó la historia de Carmen, una mujer privada de su libertad y marcada por la adicción, que encontró esperanza en sus lecturas poéticas dentro de la cárcel.
“Cada vez que vienes, me siento más feliz”, le dijo una vez.
Y después le contaron que había cambiado. Que algo en ella se había curado.
“Porque el arte sana”, dijo José María.
“Sana a quien lo escribe. Y también a quien se atreve a leerlo.”


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