El Principito llegó a mi vida como una semilla resplandeciente, de esas que entran profundo desde la infancia y florecen cada vez que vuelve uno a abrir ese fabuloso libro. Como ávida lectora, no hay historia que regrese con más fuerza a mi centro que esta pequeña grandiosa obra de Antoine de Saint-Exúpery. Vuelvo a ella cada vez que deseo recordar lo esencial y también al teatro cuando esa historia se transforma en escena, emociones y música en vivo.
Conocí a Jesús Escamilla hace poco más de dos años cuando un buen día caminando por las calles de Barrio Antiguo en la ciudad de Monterrey vi que se presentaría dicha representación en Dramático Mx - un teatro-galería-café- ubicado sobre la peatonal Morelos. Me detuve y me acerqué al vestíbulo a preguntar sobre dicha obra y al platicar brevemente con Jesús quien se encontraba atendiendo personalmente a quienes llegaban, me aceptó una entrevista y dadivosamente me invitó a disfrutar de la puesta en escena para después tener esa charla y conocer un poco más sobre su andar y experiencia,
Escamilla es un soñador originario de esta ciudad que desde hace 20 años ha llevado El Principito al corazón de cientos de familias. Su adaptación musical -profunda, sutil y entrañable- ha recorrido teatros de todo el país y en ese momento tuvo un hogar especial en este recinto, un espacio que él mismo creó con su familia en lo que fue la casa de sus abuelos en un rincón que se percibe a leguas el alma al sentir el crujir de las butacas rojas, el aroma a palomitas y esa atmósfera de teatro clásico donde todo es posible.
Allí Escamilla ha ido construyendo poco a poco y con paso firme un espacio para músicos, actores y cómplices escénicos que entienden el alma del Principito y muchas obras más.
“El Principito fue la primera obra que vi en teatro. Mi padre me llevó de niño y desde entonces marcó mi camino”, confiesa Escamilla con la emoción intacta. Ahora, con la misma emoción de aquel niño, la comparte con nuevas generaciones. Y quienes asistimos, volvemos a mirar el mundo con los ojos del alma.
Porque sí: "Lo esencial es invisible para los ojos", y esa frase cobra vida en cada escena porque no se trata de encontrar un truco ni artificio ya que se sustenta como arte y a la vez como un puente entre la niñez y el asombro de los adultos.
Este montaje es más que un espectáculo: es un recordatorio que todos fuimos niños alguna vez y de que el teatro -cuando se hace con verdad- nos conecta con nuestro propio centro y a rincones profundos que nos hacen esbozar una sonrisa hacia el pasado.
El Principito es esa brújula emocional que nos recuerda que la verdadera sabiduría se encuentra en la capacidad de asombro y en el amor sin condiciones. Este libro que ha sido leído por millones y amado por distintas generaciones nos sigue cuestionando sobre el significado de "domesticar" a alguien, cuidar una rosa o mirar el cielo buscando planetas perdidos y sabemos que sigue siendo una historia que permanece viva porque está escrita con el lenguaje del alma, donde no se envejece sino que nos enseña a observar distinto, a amar mejor y recordar lo que no se debe nunca de olvidar.

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