Hay personas que no llegan a un lugar a imponer conocimiento, sino a compartir vida. Fredric Roberts es una de ellas. Conocerlo de cerca es entender que su proyecto fotográfico no nace desde la técnica ni desde el reconocimiento internacional —que lo tiene de sobra—, sino desde una sensibilidad profunda por el otro.
Fred es un hombre que ha viajado por el mundo, que ha vivido aventuras en altamar, que disfruta cocinar como un acto de placer y de encuentro, y que entiende la vida como algo que debe vivirse intensamente. Esa forma de estar en el mundo se refleja en todo lo que hace. En cómo escucha. En cómo observa. En cómo habla de los jóvenes que participan en su taller como si fueran parte de su propia familia extendida.
Así es Fred. Un fotógrafo que entiende que antes de enseñar a encuadrar, hay que aprender a ver al ser humano. Conocerlo en persona es confirmar que su proyecto no nace desde el ego, sino desde la empatía. Fred habla de fotografía, pero en realidad habla de autoestima, de decisiones, de futuro. Para él, la cámara es una excusa: el verdadero objetivo es que los jóvenes descubran que son capaces.
En Monterrey, su workshop vuelve a demostrar que la fotografía es apenas la superficie de algo mucho más profundo. Veinte jóvenes —diez de Santiago, Nuevo León, y diez de la Prepa Pablo Olivas de Monterrey— viven durante una semana completa una experiencia de tiempo completo. Están hospedados, comen juntos, trabajan juntos y aprenden juntos. Es un retiro creativo, sí, pero también un espacio de formación emocional, ética y humana.
Fred lo explica con claridad: aquí se enseña fotografía desde lo más básico. Modo manual. Decisión absoluta. Nada automático. Porque decidir cómo entra la luz, cómo se construye una imagen, es aprender a confiar en uno mismo. Al inicio, los estudiantes se frustran. Al final, descubren que esa dificultad los fortalece, los separa del resto y les da una voz propia.
Escuchar a los alumnos hablar de su experiencia confirma que algo importante ocurre en este proceso. Hablan de la fotografía como forma de expresión, como herramienta para contar historias, como una manera de darle sentido a lo que viven. Hablan de texturas, de emociones, de personas. Hablan desde un lugar honesto.
Exalumnos como Marvin Flores son la prueba viva de que el impacto es real y duradero. Llegó siendo un adolescente sin claridad sobre su futuro profesional. Hoy está por terminar la carrera de Artes Visuales y regresa al taller como maestro, compartiendo lo aprendido con nuevas generaciones. El círculo se completa.
Fred insiste en algo fundamental: ellos no enseñan a los jóvenes qué fotografiar. Les dan las herramientas y la confianza para que descubran su propia mirada. La genialidad, dice, ya está dentro de ellos. El taller solo quita la tapa y cuando eso sucede, lo que emerge es poderoso, auténtico y profundamente humano.
Ver a Fred en acción —hablando con los chicos, escuchándolos, celebrando sus logros— deja claro que su mayor obra no cuelga en museos. Está viva. Camina. Aprende. Enseña y confirma que cuando alguien transmite lo aprendido a lo largo de una vida vivida intensamente, el arte se convierte en un acto de generosidad.
Este sábado 17 de enero en las instalaciones de MARCO se llevará a cabo la ceremonia de clausura y la inauguración de la exposicióna las 11 de la mañana para tener la oportunidad de asomarnos a ese proceso. Las fotografías, centradas en temas como el reciclaje, la economía circular y la vida comunitaria, no solo documentan: cuentan historias desde la intuición, la sensibilidad y la imaginación de quienes se atrevieron a creer.
Fred lo comparte sin prometer milagros, pero con certeza: si asisten a la exposición, algo va a cambiar. Porque cuando ves a jóvenes que nunca habían tocado una cámara crear imágenes tan potentes, empiezas a creer. En ellos… y en el arte como idioma universal.
Puedes consultar la rueda de prensa dando click aquí:
https://youtu.be/bc9gAGZrHA8?si=UM7udEI605FOrqNC
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