El viernes no empezó bien.
El día pesaba. Había una ausencia reciente, una herida abierta, un vacío que no encontraba forma. Perder a un ser amado —aunque tenga patas y ojos llenos de amor incondicional— deja un silencio difícil de explicar. No sabía si iba a poder disfrutarlo, si la música alcanzaría a tocar algo dentro de mí que no doliera, pero a veces uno va a los conciertos no solo a escuchar… sino a salvarse un poco y decidí caerle a lo que sabía sería un gran concierto.
Llegué con esa sensación de estar habitando el cuerpo a medias. Afuera, la gente comenzaba a reunirse como si se tratara de un antiguo ritual. No era solo un concierto: era una espera compartida, una energía contenida durante años.
Veinte años desde la última vez que Santa Sabina había pisado esta ciudad y algo en el ambiente lo sabía.
Cuando las luces cedieron y el escenario comenzó a respirar en penumbra, el tiempo dejó de ser lineal. Los primeros sonidos no irrumpieron: se deslizaron, como si siempre hubieran estado ahí, esperando ser escuchados de nuevo.
Entonces apareció Patricio Iglesias. Su batería no marcaba el ritmo: lo invocaba. Cada golpe parecía abrir una grieta más profunda en la noche. Poco después, Poncho Figueroa tomó su lugar, y el bajo rojizo de madera comenzó a arrastrarse por el aire como una criatura viva, densa, hipnótica. La llegada de Pablo Valero terminó de construir ese paisaje sonoro que no pertenece del todo a este mundo: oscuro, elegante, visceral y entonces… todo comenzó.
“Ajusco Nevado” no fue solo la primera canción. Fue una puerta.
A partir de ahí, cada tema se convirtió en una especie de tránsito emocional: “Gasto de saliva”, “Yo te ando buscando”, “Estando aquí no estoy”… títulos que ya de por sí pesan, pero que en vivo adquieren otra dimensión, otra temperatura.
Yo ya no estaba pensando en el día.
La música empezó a hacer algo extraño dentro de mí. No era consuelo. No era distracción. Era otra cosa… más cercana a una especie de reconocimiento. Como si cada nota entendiera exactamente dónde dolía, y en lugar de evitarlo, decidiera quedarse ahí, habitando la herida.
Claro… faltaba ella.
Rita Guerrero no estaba físicamente, pero su presencia era innegable. No como recuerdo, sino como energía persistente. Como eco vivo. Había momentos en los que parecía que su voz iba a atravesar el aire en cualquier instante.
No ocurrió y no era necesario.
Tania Melo asumió el escenario con respeto, con una entrega honesta, sin intentar ocupar un lugar que no puede repetirse y en esa decisión, en esa conciencia, encontró su propia forma de sostener el momento. No reemplazó: acompañó. Y eso fue suficiente.
“Vacío” llegó como un golpe preciso. Se instaló en el pecho sin pedir permiso, como si conociera el lugar exacto donde todo había estado doliendo desde temprano. No hubo forma de esquivarla. Cada palabra parecía abrir una memoria, cada nota tensaba ese hilo invisible entre la pérdida y lo que aún permanece. Saber que esta canción fue escrita por Rita Guerrero para Alfonso André le da una dimensión aún más íntima, casi confidencial, como si estuviéramos presenciando algo que no fue hecho para todos, sino para alguien en particular… y aun así nos alcanza. Y más aún, pensar que él mismo la interpretó apenas el pasado 15 de marzo en el Vive Latino, crea una especie de puente invisible entre momentos, escenarios y emociones que siguen respirando en el tiempo. Por un instante, todo se detuvo. No era tristeza en bruto, era algo más profundo… una especie de verdad desnuda que no buscaba consolar, sino simplemente existir. No hubo defensa posible. La canción se abrió paso directo, sin filtros y por un instante, todo lo que había estado conteniendo durante el día encontró un canal. No fue tristeza exactamente. Fue algo más limpio. Más real.
Después vino “Una canción para Louis”, con esa atmósfera gótica que parece suspender el tiempo, como si la vida y la muerte no fueran opuestos, sino estados que conviven en un mismo espacio. Cerré los ojos y me transporté a esa historia maravillosa de Louis de Pointe du Las de la increíble novela de Anne Rice. Dejé de estar en el lugar físico. Dejé de estar en el presente.
La voz de Poncho Figueroa tomó otro papel, no desde la música sino desde la memoria compartida. Contó cómo el amor llevó a Adriana Díaz Enciso al hospital, y cómo ese suceso, en manos de Rita Guerrero, se transformó en “Siente la claridad”: un estallido de funk luminoso que parece abrazar incluso en medio del caos, pero la historia no termina ahí. Como un eco inevitable, Adriana respondió a Rita con “A la orilla del sol”, cerrando un círculo íntimo y poderoso donde la creación no solo nace del dolor, sino del vínculo profundo entre dos almas que supieron traducirse en música. Escuchar esas canciones después de conocer su origen no fue lo mismo: fue entrar en una conversación viva, cargada de emoción, donde el arte deja de ser interpretación y se vuelve confesión.
Hubo momentos imperfectos —fallas técnicas, pequeños desajustes— pero lejos de romper la experiencia, la hicieron más humana. Más viva. Más verdadera. Porque lo que estaba ocurriendo ahí no dependía de la perfección, sino de la conexión. Un titubeo en la batería, un vacío en el pulso del bajo… como si el hechizo estuviera a punto de romperse. Pero Patricio y Poncho hicieron lo que solo los que habitan profundamente el escenario saben hacer: habitar el error, transformarlo, volverlo lenguaje.
Desde esa raíz teatral, casi ritual, la improvisación no fue accidente sino destino. Cada golpe reconfigurado, cada nota recuperada, se convirtió en un acto de presencia absoluta. No corrigieron la falla… la incorporaron al misterio y así, lo imperfecto dejó de ser ruptura para volverse verdad.
El concierto avanzó entre claroscuros: “La garra”, “Nos queremos morir”, “Azul casi morado”… cada una dejando una marca distinta y en algún punto, sin darme cuenta exactamente cuándo, dejé de medir el tiempo.
Ya no importaba la hora.
Ya no importaba el inicio del día.
Ya no importaba la tristeza como había llegado.
Todo se había movido de lugar.
Entre lo gótico y lo perverso, con tintes jazzeros y pulsiones de funk sostenidas en una base de darkwave, se desplegó ese universo sonoro que no pertenece del todo a este tiempo. Ahí estaban, tres de sus miembros originales, sosteniendo ese acto casi teatral, oscuro y delirante, acompañados por la voz entregada de Tania Melo y la atmósfera precisa de Ernesto Aguilar en los teclados, tejiendo juntos una experiencia que no se explica… se atraviesa.
En medio de esa vorágine emocional, lo supe. Lo esperé. Lo deseé con una intensidad casi irracional: “Mirrota”. Pero también entendí su ausencia. Hay canciones que no pueden desprenderse de quien las encarnó y esa permanece, de alguna forma, resguardada en la voz antigua y eterna de Rita Guerrero, en su capacidad de ser soprano y médium, de habitar lo teatral con una potencia que no solo interpretaba… invocaba. Ella navegaba entre sueños y sombras, en lo oculto, en lo profundamente humano, con letras cargadas de una poesía oscura, a veces retorcida, pero siempre honesta.
Porque Santa Sabina nunca fue complaciente. Nunca nos llevó a lugares fáciles. Nunca fue un refugio superficial. Lo suyo siempre fue confrontar, sumergir, llevarnos a ese punto donde la emoción deja de ser cómoda para volverse verdadera.
Verlos una vez más, en una alineación distinta pero fiel a su esencia, con nuevas energías que abren la puerta a otras generaciones, no se sintió como nostalgia… se sintió como permanencia. Como la certeza de que hay proyectos que no se apagan, que no se diluyen, que evolucionan sin traicionarse. Deseo profundamente que sigan llevándonos por ese túnel donde conviven la voz, la claridad, la oscuridad… y todo lo que somos cuando nos atrevemos a sentir sin reservas.
Al finalizar el show, Poncho Figueroa bajó del escenario.
Se acercó a la gente como si el ritual continuara, pero en otra forma. Cuando finalmente estuve frente a él, todavía con la emoción latiendo en un lugar que no alcanzo a describir del todo, le recordé nuestra conversación días antes.
Sonrió y me dijo que había sido de las mejores entrevistas.
No fue solo la frase.
Fue el momento.
Fue todo lo que venía cargando desde la mañana encontrando, de pronto, una especie de descanso inesperado. Como si algo —la música, la memoria, la coincidencia— hubiera decidido cerrar el círculo de una forma suave.
Salí distinta.
No completamente sanada. No intacta.
Pero sí… acompañada de otra manera.
Santa Sabina sigue siendo exactamente eso: un lugar al que uno no va a entretenerse… sino a sentir hasta lo más hondo.
¡Gracias, Santa Sabina!
Necesitábamos este regreso.
Imágenes por: Arqueles García
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