La tarde del 14 de marzo, en la sala Café Literario del Colegio Civil, ocurrió lo segundo.
Ahí estaba Graciela Ramos, escritora, pintora, maestra de generaciones enteras de narradores, presentando su libro de cuentos Azahares al oscurecer. Pero para mí no era solo una autora presentando una obra nueva. Era también un pequeño viaje hacia el pasado.
Conocí a Graciela en Reynosa a mediados de los años noventa. Recuerdo una casa donde el arte parecía respirarse en el ambiente: música, literatura, un pequeño cineclub de la colonia Rodríguez y muchas conversaciones e ideas flotando como polvo de luz en el aire.
Desde entonces me impresionó su capacidad de contar historias.
No solo en los libros. También en la vida.
Con los años me convertí en su alumna en talleres de escritura. De ella aprendí algo esencial: que escribir no es solo ordenar palabras, sino aprender a observar el mundo con una sensibilidad distinta.
Por eso escuchar hablar de su libro esa tarde fue también escuchar ecos de la frontera.
Durante la presentación, Gabriela Eugenia Gutiérrez y Enrique Marcadillo compartieron lecturas y reflexiones sobre los cuentos del libro. Hablaban de abandono, de pérdida, de violencia, de memoria. De esas pequeñas y grandes muertes que atraviesan la vida humana.
Pero también hablaban de algo más profundo: la capacidad de la literatura para recuperar aquello que parecía olvidado.
Hubo un momento particularmente hermoso cuando Marcadillo pidió al público cerrar los ojos y recordar olores: el algodón en los campos, las tortillas de harina sobre el comal, la tierra mojada.
Por un instante, la sala se llenó de recuerdos invisibles.
Y entendí entonces algo que siempre ha estado en la escritura de Graciela: sus cuentos no solo cuentan historias; reconstruyen atmósferas.
En sus páginas vive la frontera.
Una frontera que no es únicamente geografía.
Es infancia.
Es nostalgia.
Es violencia.
Es ternura.
Es ese lugar donde el pasado todavía respira.
Graciela ha dedicado décadas a escribir, traducir, enseñar, corregir textos, formar nuevos autores. Pero también ha hecho algo más difícil: seguir creyendo en la literatura como un acto de comunidad.
En un país donde muchas veces la violencia parece robarle espacio a la belleza, sus historias siguen insistiendo en mirar lo humano.
Incluso cuando duele.
Quizá por eso sus cuentos incomodan y abrazan al mismo tiempo.
Porque, como los azahares que dan nombre al libro, algunas historias solo liberan su perfume cuando cae la noche.
¡Presentación en video aquí!
Hermoso texto. Gracias, qurida Gris.
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