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Lenny Kravitz: una intempestuosa experiencia sonora en Monterrey

Un setlist nunca es solo una lista de canciones. Para algunos artistas es una narrativa. Para otros, una declaración de intenciones. En el caso de Lenny Kravitz, es casi una carta de amor dirigida a quienes están del otro lado del escenario.


Una forma de acercarse, de conectar, de recordarnos algo que su música ha repetido durante décadas: que todavía necesitamos amor en este mundo y eso quedó claro desde el primer momento en el Auditorio Banamex la noche del 11 de marzo.

Ver aparecer a Kravitz fue como encontrarse de frente con la historia del rock. Con todas esas imágenes que muchos crecimos viendo en fotografías, videos y portadas de discos: BB King, Ray Charles, Jimmy Hendrix, Led Zepelín, Aretha Franklin, artistas que construyeron los cimientos de una música capaz de abrazarte sin pedir permiso.


Porque Lenny es heredero de todo eso y al mismo tiempo, es completamente suyo. Su música mezcla rock psicodélico, funk, soul y espíritu sesentero, pero sobre todo tiene una energía que se siente viva.

El concierto empezó con los músicos emergiendo de las sombras y con un sobresalto técnico que detuvo “Bring It On” antes de cumplir un minuto. Los monitores fallaban y los músicos no podían escucharse. La tensión se sintió en todo el recinto. Los minutos transcurrieron y la inquietud del público acrecentaba al esperar por más de 45 minutos, pero cuando Kravitz regresó, lo hizo con la dignidad de alguien que respeta profundamente a su público. Se disculpó en español perfecto y retomó el camino.

Entonces todo empezó a fluir.


“Bring It On”, “Dig In”, “Always on the Run”… cada canción parecía empujar la energía un poco más arriba.

Lenny se movía con esa mezcla de elegancia y sensualidad que siempre lo ha definido: pantalones ceñidos, chaqueta roja, rastas perfectas, un pectoral increíble que lució con esa blusa de brillos, riffs contundentes y una presencia magnética.

Cuando cantó “I Belong to You” y agradeció a Dios por el momento, el concierto adquirió un tono casi espiritual.


Después vinieron “Stillness of Heart”, “Believe”, “Honey”, y el juego constante entre el artista y el público. Pero uno de los momentos más fascinantes llegó cuando un problema de audio lo obligó a bajar del escenario.

De pronto estaba ahí, entre la genteTan cerca que por un instante parecía posible tocar la historia y fue inevitable pensar en algo extraño: en ese deseo casi instintivo de acercarse más, como si todos quisiéramos capturar un poco de su esencia. Lo que sucedió ahí fue casi cinematográfico. 

Fans intentando tocarlo, fotografiarlo, acercarse lo más posible. Era imposible no recordar El perfume de Patrick Sunskind, esa obra literaria audaz que te cimbra porque toca esas fibras sensibles de los límites y hasta donde pudiese llegar un ser humano por eso que le es tan deseado, era como si todos por un instante, quienes estábamos abajo y cerca de Kravitz pudiéramos robar, capturar algo de su esencia magnética y quedarnos con algo más que un recuerdo. Pude inclusive imaginar su aroma: sándalo, cuero, pachulí, almizcle, madera…

Esa mezcla bohemia que encaja perfectamente con alguien que puede hablar con la misma pasión de su casa en París o de su granja en Brasil, donde convive con la naturaleza.

Minutos después volvió al escenario, se envolvió en una bandera de México y el auditorio explotó.

Luego vino el piano.

“I’ll Be Waiting”.


Y después, la canción que para muchos marcó una época: “It Ain’t Over ’til It’s Over”.

Escucharla en vivo fue como viajar de golpe a 1991, cuando apareció en la radio por primera vez. Una canción nacida del amor, del dolor y del intento desesperado de salvar un matrimonio.

Pero eso es lo que hace la música.

La escriben los artistas, sí.

Pero la terminamos de vivir nosotros.

Por eso canciones como esa se vuelven eternas.


La noche siguió con “Again”, “American Woman”, “Fly Away” y “Are You Gonna Go My Way”, desatando una energía casi salvaje en el auditorio y mientras todo terminaba, quedó clara una sensación:

Nada te prepara realmente para ver a Lenny Kravitz en vivo. Porque no se trata solo de un concierto. Es sentir que el soul, el funk y el rock están respirando frente a ti.



Es ver a un artista que nació para el escenario y salir de ahí sabiendo que, por un par de horas, la música volvió a ser exactamente lo que debía ser: libertad.

Comentarios

  1. Haces una descripción tan nítida y vivida que siento como si yo misma hibiera estado ahí ... Lenny, tan pocos artistas de esa magnitud y humildad.

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  2. ¡Muchísimas felicidades por tú descripción del concierto! Nadie pudo haberlo descrito mejor. LENNY ES UNA LEYENDA VIVIENTE!

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