“El rosa también suena”: la Sinfonietta y Macy Schmidt transforman la Macroplaza en un sueño musical
La noche tenía un brillo distinto.
Mientras las luces encendían el rostro de niñas, mamás y familias que esperaban impacientes el inicio del concierto, pensé en cómo cambia todo cuando la orquesta está llena de mujeres. Cuando la batuta la sostiene Macy Schmidt, una directora que no solo marca el compás, sino que dirige como quien abraza: con certeza, sensibilidad y alegría.
La Sinfonietta, primer ensamble totalmente femenino en la historia del festival, nos envolvió en una atmósfera que mezclaba la elegancia del sinfónico con la emoción pop de una película que —más allá del plástico y los tacones— habló de identidad, libertad y amor propio.
A mi alrededor, la multitud era una ola de tonos pastel. Había niñas con tutús, madres con glitter, adolescentes en patines, mujeres que quizá de niñas soñaron con ser algo que no existía todavía. El sonido del rosa, pensé, tiene muchas formas: a veces es un violín, a veces una risa.
Pero hubo un instante que se quedó grabado en mi memoria.
Entre la multitud, vi a una mujer disfrazada de astronauta color rosa. A su lado, su hijo llevaba un traje de Spiderman. Sonreía nervioso, con las manos escondidas bajo el casco brillante. Me acerqué un poco, y antes de que cayera el confeti final, el niño me dijo bajito, como si confiara un secreto:
—Nadie sabrá que hay un Spiderman adentro.
Y en ese momento, todo tuvo sentido.
El rosa, el sinfónico, las luces, la voz de Macy diciendo que las mujeres podían dirigir el mundo, la música y los sueños. Todo era parte del mismo lenguaje. No se trataba solo de Barbie. Era la magia de reconocernos en el juego, en la infancia, en la posibilidad de ser cualquier cosa sin pedir permiso.
Mientras la Sinfonietta despedía los últimos acordes y los nombres de las músicas aparecían en pantalla, una lluvia de confeti rosa cayó sobre nosotros. Las niñas gritaban, las madres aplaudían, y yo solo pensaba que, tal vez, todos llevamos un pequeño Spiderman escondido dentro, esperando el momento de ponerse un traje de astronauta y volar.
Así son las noches que se quedan contigo: aquellas donde la música no solo se escucha, sino que te recuerda quién eras antes de crecer.












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