La música no sólo acompaña la vida: la sostiene. Hay quienes aprendimos esto desde la cuna, entre guitarras familiares que se afinaban en la sala y voces capaces de llenar una casa entera de sentido. En mi caso, la infancia fue un mapa sonoro donde convivían los acordes densos de Led Zeppelin, la elegancia de Alan Parsons, el groove infinito de Earth, Wind & Fire, la poesía fascinante de Astrud Gilberto, la profundidad de Alberto Cortez, la melancolía radiante de The Cure, la vibra eléctrica de Depeche Mode, la finísima maquinaria emocional de Fleetwood Mac, la gracia eterna de Stevie Wonder y la pureza funk de Marvin Gaye y Al Green.
Crecí escuchando todo eso, aprendiendo a distinguir texturas, tiempos, armonías. Aprendiendo que lo bien hecho se siente en el cuerpo antes que en la cabeza.Y entre todo ese universo, hay una banda que siempre brilló con una luz particular: Toto.
Hablar de esta increíble agrupación es hablar de músicos que antes de ser estrellas ya eran leyenda. Eran los músicos detrás de todos los discos que amas, los que definieron el sonido del rock, del pop, del soul y del funk de los setenta y los ochenta desde los estudios de Los Ángeles.
Fueron la columna vertebral de obras de Steely Dan, Michael Jackson, Boz Scaggs, y medio firmamento más. Cuando escuchas “Africa”, “Rosanna” o “Hold the Line”, no sólo oyes canciones: escuchas la perfección de una banda que nació del virtuosismo, la sensibilidad y una urgencia absoluta de expresión.
Toto es ejecución milimétrica, sí, pero también corazón.
Esa mezcla exacta donde lo técnico se vuelve puro sentimiento.
Quizá por eso sus canciones no envejecen.
Porque fueron creadas desde un lugar donde la música era oficio, ritual y destino.
El próximo 19 de diciembre en el Auditorio Banamex, Toto regresa a Monterrey para recordarnos que hay bandas que no sólo formaron parte del soundtrack del mundo: lo escribieron.
Será una noche para quienes conocen la textura de una armonía bien colocada, para quienes se conmueven con un fill inesperado, para quienes saben que el sonido también puede ser memoria.
No es un concierto.
Es una reunión con algo que nunca nos ha abandonado. La música que sigue latiendo incluso cuando la vida se pone en silencio.
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