A veces se requieren de conciertos que nos ayuden a nivelar ese ruido que nos rodea y en otras tantas se requieren de abrazos que nos es difícil solicitarlos pero que se sienten profundo cuando somos capaces de escuchar lo que dicen las canciones más allá de la superficialidad que pudiera rodearles. El concierto de Javier Blake en Café Iguana fue como sentir ese apapacho que necesitábamos.
No sé si fue la luz tenue, la cercanía del escenario o esa voz que uno reconoce aunque hayan pasado años, pero la primera canción cayó como una revelación suave: ahí estábamos cantando lo mismo y disfrutando con intensidad cada canción.
Blake no habló de más, no necesitó adornos, no cargó el concierto de nada que no fuera real. Era él, su guitarra y nosotros sosteniendo la voz cuando hacía falta. Se sintió como esos momentos raros donde la vida se detiene y uno sabe que lo que está pasando importa.
Cuando sonaron esas canciones —esas que guardamos en el fondo del pecho porque nos recuerdan quiénes fuimos— hubo un silencio compartido que no se rompió ni aunque la banda siguiera tocando como una especie de pacto invisible.Se dice que los conciertos ayudan a crear catarsis. A veces no. A veces son solo ruido pero anoche no fue así porque pude salir del Café Iguana con el corazón latiendo, lento, lleno y feliz.
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