Entre los ecos de Iztapalapa y los recuerdos sonoros de Zacatecas e Hidalgo, emerge una voz que parece venir del tiempo y del alma. Gabriela Berumen no solo canta: interpreta, siente, cuenta. Su historia es la de una mujer que decidió ser cantadora, no solo cantante, porque entiende que la música mexicana no se estudia: se vive, se llora y se celebra.
Pero su camino no ha sido sencillo. Gabriela atravesó meses de silencio tras el COVID, terapias vocales, miedo a no poder cantar. Sin embargo, cuando regresó al escenario, lo hizo con un mantra que también se volvió título de su nuevo EP: Pido Ser Feliz, “Aprendí que la felicidad no se trata de alcanzar algo, sino de decidir serlo mientras cantas”, confiesa.
Su entrega ha sido reconocida con la Medalla Aida Cuevas, un galardón que la hizo llorar. “Los artistas se pelean por los Grammy, pero yo ya gané todos al saber que Aida me escuchó”, cuenta emocionada. Ese reconocimiento la llevó también a representar a México en Italia, acompañada por ballet folklórico y mariachi, recordando que el orgullo nacional se lleva en la piel y se suda en el escenario.
Gabriela se asume como parte de una generación de mujeres que están sosteniendo el género ranchero: Majo Aguilar, Natalia Jiménez, Camila Fernández. “Somos más las mujeres que interpretamos el género. Ya no solo cantamos canciones: las contamos, las vivimos”, explica emocionada y nos transmite esa emoción y mientras habla, es imposible no notar la convicción en sus palabras. Ella no busca fama, busca sentido. “Despacio se llega lejos”, dice con serenidad. “No hay prisa cuando se anda con el corazón limpio.”
Gabriela Berumen es una artista que no teme la vulnerabilidad, que llora con Amor Eterno porque le recuerda ese momento tan difícil junto a su padre, que canta para sanar y se sana cantando, que sabe que ser mexicana, como dijo Chavela Vargas, es una decisión y ella ya decidió: seguirá cantando para que el mariachi nunca deje de latir.
Orgullo de identidad
Gabriela lleva su orgullo por Iztapalapa con la cabeza en alto. Lejos del estigma, la artista reivindica su origen como un motor de fuerza.
“Soy de Iztapalapa, y lo digo con todo el amor. Aquí está la gente más trabajadora, la que se levanta de madrugada para mover a la ciudad. Esa energía se siente, se vive. Me alimenta saber que vengo de un lugar que no se rinde.”
En sus conciertos, suele dedicar unas palabras a la comunidad que la vio crecer. Para ella, cantar música mexicana no es solo un acto artístico: es una declaración de identidad.
“La música mexicana no está muerta. Está viva en nosotras, las mujeres que decidimos interpretarla desde la entraña. Yo no canto solo para entretener; canto para recordarle a la gente que nuestras raíces siguen firmes, que tenemos historia y corazón.”
“A la gente joven que quiere dedicarse a la música, les digo: trabajen, estudien, pero sobre todo, no se olviden de quiénes son. No hay atajos. El escenario te prueba, y solo te sostiene la verdad.”
Un legado con alma femenina
No hay que tenerle miedo al cambio. Podemos ser tradicionales y modernas a la vez. La música mexicana tiene que evolucionar, pero sin olvidar su raíz.”
Con esa convicción, Gabriela sigue avanzando. Sin prisa, pero sin pausa. Su voz es cálida, su presencia humilde, su mensaje claro: “No se necesita fama para dejar huella. Solo hay que tener un propósito y mantenerlo vivo.”
Gabriela sigue cantando con el alma por delante. Porque como ella misma dice: “Un cantante puede, pero un cantador tiene con qué y yo canto porque ahí, en medio de la música mexicana, encontré quién soy.”



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