Hay artistas que buscan la belleza y hay otros —que enfrentan la oscuridad sin apartar la mirada— que buscan la verdad.
Teresa Margolles pertenece a los segundos.
En el recorrido, uno no contempla: resiste. Cada obra parece contener una historia que no pudo contarse de otro modo. Los vidrios vibran, el lodo respira, los hilos sangran. En ellos habitan los ecos de quienes ya no están, de las mujeres, los migrantes, los cuerpos anónimos que alguna vez tuvieron nombre y voz.
A simple vista, no son piezas bellas. No en el sentido tradicional. Son obras que confrontan, que descolocan, que duelen, pero en esa crudeza se encuentra una forma más profunda de belleza: la de dar forma al vacío, la de permitir que la materia hable por los ausentes.
Teresa Margolles, con su historia marcada por el oficio forense y la cercanía con la violencia, ha hecho del arte un acto de resistencia. Sus manos transforman el polvo en memoria, el agua en testimonio, la joya en ironía, el muro en sepulcro.
No hay ficción aquí, solo fragmentos de realidad que todavía sangran.
Margolles no busca respuestas. Solo deja constancia. Anota con sus materiales los tiempos que vivimos, esos en los que el dolor colectivo se disfraza de costumbre y en medio de esa oscuridad, su obra se vuelve un acto de compasión: un intento por darle voz a los muertos, rostro a los invisibles, cuerpo al vacío.
Salir de esta exposición es sentir un temblor interno, una pregunta que no cesa ¿Cómo seguimos? ¿Cómo salimos? Tal vez el arte no pueda resolverlo, pero en la mirada y manos de Teresa Margolles, al menos puede recordárnoslo.











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