Entrevistar es un acto secreto. Una especie de rito íntimo donde dos desconocidos se sientan frente a frente y, si la conversación tiene alma, algo invisible empieza a ocurrir. Las preguntas dejan de ser preguntas y se vuelven llaves. Las respuestas dejan de ser respuestas y se vuelven ventanas.
Hablar con Miguel Pizarro se siente así, es como mirar por una rendija sensible, minúscula, transparente y a la vez extensa así como resplandeciente hacia el teatro desde adentro. No es sólo el encuentro con un primer actor de sólida trayectoria en teatro, cine y televisión; es el encuentro con un hombre atravesado por el teatro como vocación, refugio y forma de resistencia. Su voz no impone: invita. Su mirada no presume: observa. Y en cada frase hay algo que no se aprende en ninguna escuela —la conciencia de que el arte no se domina, se sirve.
La conversación giró alrededor de Todos somos Job, el monólogo que dirige e interpreta y que nace de uno de los textos más antiguos, complejos y filosóficamente provocadores de la humanidad: el Libro de Job. Pero pronto entendí que no estábamos hablando sólo de una obra. Estábamos hablando de un proceso vital.
“Ocho años”, dijo.
Ocho años de diálogo con el texto. Ocho años llevándolo bajo el brazo, abriéndolo, interrogándolo, dejándose interpelar por él. Ocho años permitiendo que el tiempo hiciera su trabajo secreto: transformar la lectura en experiencia y la experiencia en verdad escénica.
Miguel Pizarro ha caminado estos años con un libro bajo el brazo, dejándose elegir por el tema más que elegirlo, entendiendo el dolor no como castigo sino como una prueba de fuego creativa y humana; acompañado por amigos y actores entrañables como Patricio Castillo, David Ostrosky, Roberto Blandón, Roberto Mares, Leticia Perdigón y con la voz poderosa de César Évora, ha construido un relato donde el sufrimiento deja de ser un personaje bíblico para convertirse en espejo nuestro; para él, el dolor no siempre es rebeldía ni falta de fe —como en la esposa que dice “maldice a Dios y muere” desde el amor desesperado— sino ese límite donde uno, al perderlo todo, puede volverse peligroso o tremendamente sincero.
Existen artistas que estudian personajes. Miguel conversa con ellos. Me contó cómo había noches en las que se sentaba a escribir y mañanas en las que, listo para salir, volvía a abrir el texto… y ya no salía. Catorce días podían pasar así, suspendido en ese matrimonio creativo con una historia que no buscaba respuestas fáciles, sino preguntas imposibles de cerrar. Porque Job —ese hombre justo que lo pierde todo sin explicación— no representa un dogma: representa el misterio y el misterio, cuando se abraza, transforma.
En su versión escénica, Job deja de ser una figura bíblica distante para volverse contemporáneo. Es el actor. Es el espectador. Es la persona que hoy mismo se pregunta por qué duele lo que duele. La adaptación de Pizarro no domestica el texto: lo acerca. Lo vuelve humano. Lo vuelve respirable. Miguel defiende que el arte sana, que no hay respuestas prefabricadas sino preguntas que exfolian el alma, y que cuando el escenario logra reunir, sin distinción, a la señora del tianguis y a la periodista reconocida en un mismo silencio conmovido, entonces la obra ha cumplido su propósito: recordarnos que el dolor compartido también puede ser revelación y encuentro.
Mientras hablaba, sus palabras no sonaban a teoría sino a vivencia. Recordó investigaciones exhaustivas, hallazgos escénicos inesperados, soluciones creativas para resolver escenas imposibles, y el placer casi infantil de descubrir algo nuevo en cada ensayo. Habló del mar como metáfora dramática —ese horizonte que no termina nunca— y entendí que para él el escenario también es océano: profundo, impredecible, vivo.
Miguel tiene algo raro en el mundo artístico contemporáneo: integridad sin aspavientos. Dice que el teatro debe abrir preguntas, no imponer respuestas, que la sinceridad absoluta es peligrosa, pero también necesaria y que el arte verdadero ocurre cuando el público se reconoce dentro de lo que ve.
Después lo comprobé.
La función en el Auditorio Río 70 estaba llena. No llena de ruido: llena de atención. El monólogo avanzaba sostenido por imágenes visuales y recursos cinematográficos que expandían la escena sin distraerla. Las voces de los otros actores aparecían como presencias que acompañaban el viaje y en el público sucedía algo hermoso: silencio activo. Ese silencio que no es ausencia, sino pensamiento.
Al final, los aplausos no sonaron sólo a celebración. Sonaron a comprensión, porque cuando el teatro toca una fibra verdadera, el espectador no sale entretenido: sale movido.
Antes de despedirnos, pensé en algo: hay artistas que se dedican a actuar y hay otros que se dedican a escuchar lo que el arte quiere decir a través de ellos. Miguel Pizarro pertenece a esos pocos.
El mar —me dijo en algún momento— también es personaje. Acecha, abraza, conmueve, permanece.
Como el teatro.
Como la fe.
Como el misterio.
Y como esos encuentros fortuitos en los que el periodismo deja de ser oficio… y se vuelve privilegio como el que tuve la noche del 21 de febrero al poder platicar con Miguel y citarle un versículo maravilloso del salmo 118 versículo 17 que dice: No voy a morir. Más bien, voy a vivir para dar a conocer las obras del Señor. Objetivo que indudablemente está cumpliendo este sensible y talentoso actor que sigue teniendo la habilidad de seguirse asombrando por la vida e invitando a cada espectador a reflejarse desde los escenarios usando al mar como esa pieza visual que nos envuelve, deleita y asombra compartiéndonos la inconmesurable eternidad de su proceder a través de esa sabiduría que se encarna en las periferias de cada corazón que percibe, escucha y vibra desde una impecable y fabulosa historia que vuelve a ser actual en Todos Somos Job.
Consulta la entrevista completa aquí!
Imágenes por: Arqueles García
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