La conversación con Daniel Vargas Escareño no ocurrió como una entrevista formal, sino como esos encuentros que se sienten más bien como reencuentros del alma. Nos sentamos a hablar como dos viejos conocidos que, aunque se han visto pocas veces, se reconocen desde la memoria artística: él recordando mi paso por La Casa de Bernarda Alba y yo siguiendo de cerca, desde hace tiempo, su trayectoria y esa entrega casi quijotesca con la que sostiene el estandarte del arte en la frontera.
Hay algo profundamente conmovedor en descubrir que una ciudad marcada por la dureza de la realidad —como lo es nuestra Reynosa natal— también sea cuna de sensibilidades profundas. Tal vez por eso los artistas que nacen aquí tienen una mirada distinta: honesta, crítica y valiente. Una mirada que no se conforma, que cuestiona, que incomoda si es necesario. Porque cuando alguien posee voz —en todos los sentidos de la palabra— callar no es una opción.
Mientras hablábamos, comprendí detalles invisibles para muchos sobre el universo operístico: lo que ocurre detrás del telón, la disciplina silenciosa, las dudas, la exigencia física y emocional que implica habitar personajes, partituras y escenarios. Daniel no sólo es un contratenor; es un intérprete que vive cada nota con intensidad y elegancia, alguien que parece entender que cantar no es producir sonido, sino abrir un portal.
Y así, entre risas, reflexiones y confesiones de camerino, confirmé algo que ya intuía: hay artistas que ejecutan música… y hay otros que la encarnan. Daniel pertenece, sin duda, a los segundos. Lo digo no como periodista, sino como artista nacida también en la misma ciudad, donde aprender a escuchar es casi un acto de supervivencia: escuchas el viento del norte, las historias del otro lado del río, los ritmos que cruzan fronteras invisibles. Tal vez por eso, cuando platiqué con Daniel, sentí que hablaba con alguien que entiende esa misma sensibilidad fronteriza: la de quien sabe que el arte no nace en el silencio, sino en el contraste.
Su historia me conmovió desde el inicio. No comenzó en un teatro ni en un conservatorio prestigioso, sino en algo profundamente humano: un coro de iglesia, la intuición y el oído heredado de su familia. Descubrió su voz tarde —a los 24 años— y aun así logró abrirse camino hasta escenarios nacionales e internacionales. Eso ya dice mucho: la vocación verdadera no llega temprano o tarde, llega cuando tiene que llegar.
Mientras conversábamos, Daniel hablaba de técnica vocal, de escuelas operísticas y de tesituras con la precisión de un científico. Pero entre cada explicación aparecía algo más importante: su verdad emocional. Me dijo algo que se me quedó grabado como eco: que la disciplina se aprende, pero la fortaleza emocional se construye todos los días y lo comparte alguien que ha salido a cantar incluso después de recibir noticias difíciles, usando el dolor como combustible interpretativo.
Me fascinó escucharlo describir cómo cambia su voz según el compositor. Para el barroco, una colocación redonda y ágil; para Mozart o Schubert, una línea más horizontal, casi hablada. Ahí entendí que cantar ópera no es solo proyectar sonido: es traducir siglos de historia a través del cuerpo.
También me hizo sonreír descubrir sus “placeres insensatos”: Britney Spears, Whitney Houston, Lady Gaga. Porque detrás del rigor del contratenor existe el melómano total, el que sabe que la música no tiene jerarquías emocionales, solo vibraciones distintas.
Cuando le pregunté por el futuro de la ópera, no respondió con fantasía romántica. Habló de presupuestos, de políticas culturales, de falta de oportunidades y de la necesidad urgente de nuevos libretos y nuevas voces. No idealiza el sistema: lo observa. Y aun así, sigue creyendo.
Tal vez eso es lo que más admiro de Daniel: su capacidad de sostener la esperanza sin negar la realidad.
Hace poco fue ovacionado en el Festival Alfonso Ortiz Tirado en Sonora. Lo escuchaba contarlo y pensaba en esa frase de Fito Páez que tanto amo: ¿Quién dijo que todo está perdido? Porque cuando un artista se planta frente al público y canta con honestidad, algo vuelve a nacer.
Daniel no solo interpreta música. La vive con intensidad, la piensa, la cuestiona, la promueve y mientras existan voces así —disciplinadas, sensibles, críticas y vivas— el arte no se extingue. Solo cambia de escenario.
Consulta la entrevista completa aquí
Comentarios
Publicar un comentario