Hay algo profundamente esperanzador en ver una sala llena antes de que empiece una película. No es solo expectativa: es comunidad.
La edición 18 del Festival de Cine Latinoamericano no arrancó con alfombra roja, sino con algo más poderoso: convicción. Convicción de que el cine sigue siendo un puente en tiempos donde lo digital nos fragmenta.
Escuchamos hablar de cifras —200 películas en 18 años, más de 100 mil asistentes— pero lo que más resonó fue la palabra diálogo. Una palabra que volvió una y otra vez como si fuera la verdadera protagonista de esta edición.
El año pasado el festival tuvo un hilo conductor claro: visibilizar a personas con sordera, no solo desde la representación, sino desde la conciencia social. Fue un gesto poderoso, necesario, por eso al preguntar si el año pasado hubo un eje tan claro,¿cuál es el eje temático que articula esta edición y qué conversaciones urgentes busca abrir ahora el festival?
La respuesta no fue una etiqueta ni un slogan. Fue algo más honesto: este año no hay un hilo único. Hay múltiples líneas que se cruzan. Hay migración en una historia de amor atravesada por la deportación.
Hay discapacidad narrada desde la humanidad y el humor.
Hay juventud buscando reflejarse en la pantalla.
Hay lengua originaria intentando sobrevivir doblando al quechua una película icónica.
Hay mujeres protagonistas contando historias desde el norte del país.
Más que un eje temático, esta edición parece tener un pulso: acercarse.
Acercarse a los jóvenes.
Acercarse a otras sedes.
Acercarse a quienes no siempre pisan una sala “docta”.
Desacralizar el festival sin perder calidad.
Damián Cano habló de “escuchar la cosecha” del cine latinoamericano cada año. Me gustó esa imagen: como si cada película fuera fruto de una tierra distinta y el festival fuera la mesa donde se comparten.
José Javier Villarreal dijo algo que se quedó flotando en el aire: entre más vidas vivamos a través del arte, mejores profesionistas —y personas— podemos ser.
Tal vez ese sea el verdadero eje invisible de esta edición: vivir otras vidas para entender mejor la propia.
En tiempos donde todo se consume en soledad y en pantallas pequeñas, el festival insiste en algo casi revolucionario: sentarnos juntos, apagar la luz y mirarnos en una historia.
Porque quizá el cine latinoamericano no necesita defenderse de las críticas. Solo necesita que lo veamos y que tengamos la posibilidad de conversar después y eso, aquí, en esta maravillosa y bien provista cuidad, sigue ocurriendo.
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