Aún es de noche en Caracas no se mira: se atraviesa. Desde el primer minuto, la película conmueve desde las entrañas por la veracidad con la que expone el infortunio y la miseria humana de quienes resisten en un entorno hostil, donde sobrevivir no es una metáfora, sino un acto cotidiano de lucha.
El filme no subraya ni adoctrina. Observa, acompaña y permite que el peso de la realidad hable por sí mismo. En ese paisaje marcado por la precariedad, el silencio impuesto y el colapso del orden social —donde ya no existe un sistema confiable— la censura se manifiesta como una fuerza corrosiva que desgasta los sueños de libertad, los obliga a mutar y los empuja hacia zonas impensables.
Basada en la novela La hija de la española, la historia no se anda con rodeos. Confronta, incomoda y mantiene al espectador cautivo al hacerlo partícipe de una trama donde el encierro no siempre es físico: es mental, emocional y colectivo. Cada personaje carga su propia cárcel, y es en esa percepción íntima donde la empatía aparece de inmediato. En condiciones “normales”, muchas de las decisiones de la protagonista podrían parecer extremas; aquí, se vuelven comprensibles, casi inevitables, dentro de un entorno putrefacto, sin ley ni contención.
El cáncer, la escasez y el gobierno se colocan al mismo nivel de tragedia y horror en la vida de los personajes. No como consignas, sino como presencias constantes que asfixian, erosionan y marcan el pulso de una sociedad rota. La narrativa fragmentada refuerza esa sensación de pérdida y desaliento: la historia avanza entre imágenes fugaces, momentos de poesía visual y una crudeza casi documental que le imprime una honestidad emocional demoledora.
Más que un retrato explícito, Aún es de noche en Caracas es una experiencia que duele, persiste y deja huella. Una película que aborda el duelo en sus múltiples manifestaciones y revela cómo, incluso en la oscuridad más profunda, la dignidad sigue buscando un resquicio para existir.
Altamente recomendable, aunque no para quienes desean evadir la realidad o mirar hacia otro lado frente a la barbarie. Funciona especialmente para quienes disfrutan del cine de autor, ese que incomoda, interpela y permanece mucho después de que la pantalla se apaga.
📍 La película llega a Cinépolis a partir del 5 de febrero.
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