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Un venue rebasado, un público entregado y canciones eternas con Sixpence none the Richer en Monterrey

Monterrey nunca se queda quieto, y el sábado 21 de febrero fue prueba de ello. La ciudad de la furia estaba encendida: teatro, música, movimiento, arte. Mi travesía empezó en Río 70 con Todos somos Job, donde Miguel Pizarro entregó una actuación imponente, profunda, de esas que te dejan pensando incluso mientras caminas. Pero no había tiempo para quedarse en contemplaciones: tocaba correr —literal— rumbo a Barrio Antiguo.


Destino: Venue 867. Objetivo: llegar antes del primer acorde de Sixpence None The Richer, banda noventera y dosmilera que por primera vez pisaba Monterrey y que provocó un entusiasmo palpable desde antes de abrir puertas. El sitio estaba abarrotado. No cabía una sola alma más. La gente se acomodaba donde podía: escaleras, rincones diminutos, bordes improbables. A mí me tocó escuchar parte del concierto desde un montículo de tierra junto a material de construcción. Sí, así de lleno estaba.

Hubo algo de quejas, murmullos, incomodidad, pero entonces sonó la primera rola… y todo eso se evaporó.


Angeltread. Thread the Needle. La magia se hizo.

El público empezó a cantar, a gritarle a Leigh Nash cuánto la ama, y es que escuchar en vivo esa voz dulce, ligera y precisa tiene algo casi hipnótico. Cuando interpretó Don’t Dream It’s Over de Crowded House, el lugar entero se rindió. Fue uno de esos momentos donde el tiempo parece suspenderse.



Siguieron The Tide, A Million Parachutes, Don´t Let me Die in Dallas -tema que esencialmente me agrada- porque Leigh proviene de New Braunfels, esa ciudad texana coqueta y bellísima cerca de San Antonio y Austin, y en su interpretación se siente ese aire sureño delicado que siempre la ha distinguido.

Luego llegó There She Goes, canción de Lee Mavers que la banda convirtió en himno propio, seguida de Rosemary Hill y el instante que muchos esperaban: Kiss Me. Bastó el primer acorde para que el público explotara y las memorias cinematográficas de She’s All That y otras Chick Flick más aparecieran como flashes colectivos.


El calor dentro era intenso, aunque afuera ya refrescaba. Nadie parecía dispuesto a irse. Todos cantaban, sonreían, grababan, abrazaban recuerdos. Sin embargo, al final de casi dos horas de show, la emoción se mezcló con inquietud: demasiada gente, una sola salida y un flujo complicado para desalojar. Fue el único momento tenso de la noche.

Aun así, lo esencial permanece intacto: la experiencia con la banda fue mágica. Sixpence None The Richer confirmó que sus canciones no son nostalgia pasajera, sino refugios emocionales que siguen vivos. El venue 867 tiene encanto, vibra íntima y personalidad, pero definitivamente necesita mejor planeación logística para conciertos de esta magnitud, porque cuando la música logra lo que logró esa noche, lo único que debería preocuparnos… es cantar más fuerte.



Escucha una de sus rolas aquí


Imágenes por: Arqueles García


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