La noche del miércoles 18 de febrero en el restaurante Camposanto fuimos convocados por nuestros amigos de Calavera Agency, para conocer el nuevo maeterial de este joven artista, Lalo Vazquez, así que nos acomodamos para presenciar algo más cercano a una revelación artística: el showcase del nuevo material de este cantautor regiomontano.
El lugar estaba listo como si se tratara de una premiere: alfombra roja, ambiente íntimo, detalles para consentir a los asistentes y un público compuesto por amigos, familia y gente cercana a su historia. Todo conspiraba para que el artista se sintiera en casa… y se notó.
Desde el escenario, Lalo dejó claro que esta etapa marca un cambio importante en su sonido. Su propuesta actual abraza grooves de funk, matices de jazz y tintes de soul, sin abandonar el rock que lo dio a conocer. Más que un giro, parece una expansión natural de identidad. Él mismo lo describe como una autobiografía musical: cada canción refleja un momento emocional distinto y cada género funciona como un lenguaje para contarlo.
Su relación con la música empezó desde niño, estudiando de forma clásica contrabajo y piano a los siete años. Luego vinieron el bajo eléctrico y la guitarra, y con ellos la exploración de estilos y posibilidades. Ese camino lo convirtió en multiinstrumentista y ahora en cantautor, rol que —confiesa— implica enfrentarse solo a sus emociones, algo muy distinto a compartirlas dentro de una banda.
Uno de los puntos más comentados de la noche fue “Castillos en la arena”, su nuevo sencillo. La canción es una metáfora sobre lo pasajero de la vida y la importancia de los recuerdos. Nació a partir de una frase que encontró en el título de un libro regiomontano y que lo hizo reflexionar sobre cómo todo puede desvanecerse, excepto lo que guardamos emocionalmente. El resultado es un tema sensible, honesto y profundamente humano.
Cuando le preguntamos qué le gustaría que descubriera alguien que escuche la canción en completo silencio, su respuesta fue tan directa como emotiva: que la paz que transmite costó lágrimas. Literalmente. Hubo momentos de grabación en los que tuvo que detenerse porque la voz se le rompía frente al piano. Ese aprendizaje emocional quedó impreso en la canción, y quizá por eso conecta tan fácil.
El cierre de la noche fue igual de cálido que el inicio. Lalo agradeció a su equipo —Calavera Agency, Sanfora Music, sus mentores y su productor Flip Tamez— recordando que ningún proyecto se construye solo.
Salimos del lugar con la sensación de haber visto a un artista en pleno proceso de transformación. No uno fabricado por tendencias, sino uno que está regresando a sus raíces para reinventarse. Y si algo quedó claro es que Lalo Vázquez no está buscando encajar en la escena: está construyendo la suya.
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