Duncan Dhu y el eco eterno de sus canciones

La noche del viernes 27 de marzo en el Tecate Pa’l Norte guardaba todavía ecos de entrevistas, flashes y grabadoras encendidas. Había sido una jornada larga, marcada por ruedas de prensa con distintos artistas que desfilarían por el festival. Entre ellas, una conversación particularmente especial con Mikel Erentxun, quien con cercanía y honestidad compartió su visión sobre la esencia de Duncan Dhu: una historia que, a cuatro décadas de haber comenzado, encontraba en este escenario una de sus celebraciones más significativas… y también una despedida anunciada.



Con esa idea resonando —la de un viaje de 40 años que no continuará como antes debido a los caminos personales de sus integrantes—, el concierto se volvió imprescindible. Desde que el cartel del festival fue revelado, la expectativa ya estaba sembrada; pero tras escuchar a Erentxun, la cita adquirió un peso emocional distinto.

No importaron la distancia ni el cansancio acumulado cuando finalmente el reloj rebasó la medianoche y el Escenario Fusión Telcel comenzó a llenarse de nostalgia. Miles de asistentes se congregaron para presenciar algo más que un concierto: una evocación colectiva.

Desde los primeros acordes de “Cien gaviotas”, el tiempo pareció plegarse. La voz de Erentxun, intacta, firme, cargada de ese tono melancólico que ha definido generaciones, se elevó sobre el público como si los años no hubieran pasado. La banda ejecutaba con precisión, pero también con una sensibilidad que transformaba cada canción en una postal viva.


Llegaron momentos memorables como “Esta luz nunca se apagará”, reinterpretada con ese sello tan característico que dialoga con la influencia de Morrissey, y “Cartas de amor”, donde la nostalgia se volvió casi tangible. El sonido, con guiños a los años 50, envolvía cada nota de una melancolía elegante, convirtiendo el repertorio en una colección de verdaderas joyas musicales.

Sobre el escenario, Erentxun —delgado, vestido con un traje negro y coronado por un sombrero beige— se movía con sobriedad, dejando que la música hablara. “Mundo de cristal” adquirió matices bluseros que sorprendieron y renovaron su esencia, demostrando que incluso los clásicos pueden seguir respirando de nuevas formas.



El cierre no podía ser otro. “En algún lugar” llegó como un suspiro colectivo, una especie de pacto emocional entre banda y público. La versión, intensa e impecable, provocó que miles de voces se unieran en un coro que trascendía generaciones. Fue un viaje directo al pasado, pero también una reafirmación del presente: entender por qué Duncan Dhu sigue siendo referencia obligada del rock en español.

Al final, entre aplausos y miradas cómplices, quedó claro que no se trató solo de un concierto, sino de un cierre simbólico, de esos que no se olvidan. Porque hay noches —como esta en Pa’l Norte— que no solo se viven: se quedan habitando para siempre en la memoria.

Imágenes por: Arqueles García

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