Hay cintas cinematográficas que te atraviesan sin pedir permiso. “Amores Perros” fue eso para mí: una herida abierta, un espejo incómodo y, a la vez, una clase magistral sobre lo que somos cuando el amor se desborda, cuando el deseo se pudre y la esperanza sangra. La vi en el año 2000 —todavía con esa inocencia de quien cree que el cine solo está para entretener— y salí completamente impactada.
Recuerdo perfectamente el vértigo que me provocó la película. Las escenas eran tan potentes que el cuerpo se tensaba solo. Pero hubo una en particular que me rompió: la del perrito. Ese pequeño ser devorado por ratas me dolió más que cualquier diálogo o disparo. Fue una metáfora del abandono, del descuido, del amor mal entendido. No tuve estómago para verla completa, y al mismo tiempo supe que eso era justo lo que la película quería provocar: que miraras el dolor, aunque te incomodara.
“Amores Perros” nos mostró que la miseria no se mide en dinero, sino en la pérdida de valores, en el vacío emocional, en esa corrupción interna que muchas veces se disfraza de amor. Y es ahí donde la película te toma por sorpresa, porque no hay héroes ni villanos: solo seres humanos intentando sobrevivir a sus propios errores.
Por eso me emocionó tanto leer sobre el reencuentro de Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga en el Palacio de Bellas Artes, celebrando los 25 años de la cinta. Dos genios que por años estuvieron distanciados y que ahora se dieron un abrazo público, simbólico, lleno de redención. En un mundo donde el ego suele pesar más que la gratitud, ese gesto fue casi tan poderoso como la película misma.
El perdón también es una forma de arte. Requiere valentía, humildad y memoria. Requiere mirar hacia atrás sin miedo, y reconocer que incluso las diferencias pueden transformarse en legado.
Ver a Iñárritu y Arriaga reconciliados, frente a una audiencia que los aplaudía de pie, fue como cerrar un círculo narrativo: la vida imitando al cine. Porque, al final, “Amores Perros” siempre fue eso: la colisión entre lo que fuimos y lo que todavía intentamos entender.
Y pienso en esa última escena —cuando el personaje de Gael García Bernal se encuentra con el hombre en el camión y duda si subirse o no—. Ese hombre, que resulta ser su padre en la vida real, representa exactamente lo que significa crecer: decidir si sigues huyendo o te atreves a mirar el pasado de frente.
Esa escena me sigue doliendo, igual que la primera vez pero ahora la entiendo distinto: no hay redención sin reconciliación. Y hoy, 25 años después, Amores Perros vuelve a recordarnos que el cine también puede sanar, que el arte puede tender puentes y que incluso los amores rotos —los humanos o los creativos— merecen una segunda oportunidad.
Porque sí, la vida es un accidente… pero también es el milagro de volver a encontrarse.





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